Artes

Sobre la más reciente película de Robert Redford

Por Prodavinci | 8 de septiembre, 2012

Artículo publicado en El País, (España), escrito por Toni García. A continuación un extracto:

La firma Robert Redford, pero hubiera podido ser un Clint Eastwood o una de esas películas de Alan J.Pakula, Sidney Lumet o el propio Pollack: un tipo (Redford) que ejerce de abogado ve como toda su vida se va al garete cuando un periodista (LaBeouf) destapa que la verdadera identidad de éste es la de un activista medioambiental acusado de un robo a un banco con una víctima mortal. Así que abandonando su coartada de 30 años el hombre deja a su hija a cargo de su hermano y se larga a buscar la solución a sus problemas: una antigua militante de su mismo movimiento con más secretos que él mismo.

Arranca Redford con una conversación esta película de diálogos y confesiones, donde hasta las persecuciones son a paso de tortuga. Una obra entretenida que no aspira a nada más que eso, quizás –es cierto- con un retazo de discurso político-social donde predomina el desencanto, la idea de que la edad es el perfecto depredador para la conciencia. No hay nada innovador, nada radical en The company you keep, quizás porque le basta con el armazón de thriller clásico y unas gotas de drama. Al fin y al cabo el Redford actor coincidió con todos esos realizadores que en los ’70 sembraron las pantallas de cine protesta, ya se llamaran Frankenheimer , Schlesinger o Altman. No es que Redford proteste demasiado pero su discurso sobre todo lo que pudo ser y no fue es bastante obvio en la gran pantalla.

Así, y dejando de lado al personaje de Shia LaBeouf (a este actor aún le faltan un par de papeles con salsa para confirmar que tiene talento pero en The company you keep consigue por lo menos resultar interesante) Redford se rodea de lo mejor de Hollywood, colegas con galones que podrían dirigir un país a poco que se lo propusieran: Nick Nolte (la segunda juventud de este señor es maravillosa), Richard Jenkins, Stanley Tucci, Julie Christie, Chris Cooper y Brendan Gleeson. Probablemente ninguno de ellos atraería demasiada gente a los cines y ese es precisamente el problema, porque a pesar de sus momentos de flojera (que los tiene) es un placer apoyar la espalda en el respaldo y ver trabajar a tipos cuyas voces y miradas podrían convencerte de meter las manos en agua hirviendo: actores de una pieza, hijos de una estirpe interpretativa basada en algo más que la belleza o las modas.

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Prodavinci 

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