Artes

The XX, nostalgia electrónica

Por Prodavinci | 6 de Septiembre, 2012
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Artículo de Iñigo López Palacios, publicado en El País (España). A continuación un extracto:

Al abrirse la puerta del ascensor aparecen The XX con sus mejores galas. Visten de negro de la cabeza a los pies y su ropa es claramente demasiado invernal para esta calurosa tarde de Madrid. Oliver Sim, el vocalista y bajista, de tez morena y perfecto corte de pelo estilo años cincuenta, se acerca al representante de su discográfica. “¿Hay más fotos?”, pregunta. No, no las hay. Liberado, se deja caer sobre un sillón del hall del hotel a lo Homer Simpson. Romy Madley Croft, la guitarrista y también cantante, se quita la americana y la deposita cuidadosamente en el respaldo de un sillón, de donde se escurre inmediatamente hasta caer al suelo. Ahí se queda. Jamie Smith, el genio de las maquinitas, pide una cerveza, le da un trago y se limpia la espuma de los labios pasándose la manga de su camisa negra, del puño al codo, por la boca.

Resulta curioso. Su música parece estar hecha por personas con mucha vida detrás, pero en realidad tienen 22 años y aparentan menos. Son unos críos. “A veces resulta un poco incómodo oír ciertas cosas. Gente que te dobla la edad comentando que tu disco le recuerda a su primer amor, por ejemplo”, reconoce Oliver Sim.

El día 10 de septiembre editan su segundo álbum; se llamará Coexist. Es parecido al primero: pop nocturno, elegante y espartano: “Para mí es tan importante lo que no suena como lo que suena”, reconoce Jamie Smith, más conocido como Jamie XX, que ejerce de productor y es el artífice de los esqueletos sonoros, las bases electrónicas sobre las que crecen las canciones. Jamie, tímido hasta resultar inaudible cuando habla, ha desarrollado en los tres años que han pasado desde el debut de The XX una labor en paralelo al grupo. Es un cotizado dj y remezclador de estrellas como Adele. Ha grabado en solitario música de baile, y hasta se permitió el lujo de reconstruir entero, y por encargo, el último disco del mito del soul Gil Scott-Heron, poniéndole nuevas músicas. Tan intensa era su actividad que se especulaba que The XX nunca volverían. “Jamás me lo he planteado. Empecé a pinchar y me gustó. Nunca había prestado demasiada atención a la música electrónica y fue un descubrimiento. Pero todo lo que he hecho ha sido para aprender y luego volver con mis mejores amigos a grabar juntos”, explica. “Mientras, yo ejercía de groupie, siguiéndole allí donde iba”, remata Oliver. “Soy su fan, además de su amigo. Y disfruto mucho de lo que hace en solitario, porque no soy parte de ello. Fue un buen verano, muy divertido, de festival en festival”.

A estas alturas, muchos de ustedes se estarán preguntando quiénes son estos chicos. Y han de saber que hay más posibilidades de que les hayan escuchado de las que creen. Quizá en anuncios, donde su sonido nocturno y sobrio hace que cualquier producto parezca mejor. O tal vez en el cine; por ejemplo, en los títulos de crédito de la comedia Project X. Puede que conozcan Drunk on love, una canción de Talk that talk, el último disco de Rihanna, que ha tomado prestado (con permiso de sus autores) el ritmo de uno de sus temas. Es probable que les suene la versión de Islands, que Shakira incluyó en Sale el sol, de 2010.

Su colegio, el Elliot School, una escuela de Londres, ha sido un vergel para individualistas de la música inglesa. De ahí han salido Hot Chip, líderes del baile británico. O Burial, curioso personaje que es posiblemente el músico electrónico más influyente del momento y que mantuvo su identidad oculta hasta que un tabloide ofreció una recompensa a quien la desvelara. Cosas de Reino Unido, donde se toman esto del pop casi como una cuestión de Estado. “Es un colegio como cualquier otro. Tal y como hablan de él, parece una escuela de arte, pero realmente hay más gente interesada en el fútbol que en la música, como en todas partes”, dice Oliver. “Estábamos muy solos”.

Posiblemente esa sea la clave, la soledad. “Intentamos abstraernos. Nuestra música es una forma de escapar de la realidad. No queremos implicarnos demasiado en las cosas diarias. Para eso tenemos el grupo, para vivir en nuestro mundo”. Por eso se quejaron públicamente cuando el Partido Conservador británico usó uno de sus temas en un congreso. “No tenemos ninguna declaración política que hacer. No queremos estar vinculados a ningún partido”. El problema es que la política está en todas partes. Eso complica permanecer en una burbuja. “Lo sé. Desafortunadamente”, responde Oliver, visiblemente incómodo.

Vivir en una burbuja fue lo que hizo que, con 15 años, Oliver y Romy decidieran montar un grupo. “Nos aburríamos y hacíamos versiones. Empezó como una broma”. Reclutaron a otra compañera de clase (a la que echaron de la banda poco después de editar su debut, en lo que es hasta ahora el único punto negro de su trayectoria pública; “fue un triste divorcio”, explica Romy). Más tarde entró Jamie. Algo de lo que hacían llamó la atención del sello Young Turks, que vio tanto potencial en esos adolescentes que les cedió gratuitamente un lugar para ensayar. “Así pasó un año. Fue muy bonito tener a alguien tan entusiasta con lo que hacíamos. No firmamos nada hasta cuatro meses después de publicar el álbum”.

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