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Artes

Disney de “Spring break”

Por Prodavinci | 6 de Septiembre, 2012
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Artículo de Luis Martínez, publicado en El Mundo (España). Un extracto a continuación:

Vanessa Hudgens (si no saben quién es acudan a sus hijas) dibuja un enorme pene (del latín ‘penis’) sobre su cuaderno de tareas escolares y, acto seguido, escribe sobre él: ‘Spring break, bitch’. Si tampoco saben lo que significa, déjenlo estar y no discutan con su hija.

Hablamos de uno de los iconos adolescentes (la chica, no el pene) nacido al calor de la factoría Disney. Hasta no hace mucho, esta joven entonaba canciones de amor mientras animaba al equipo de baloncesto de su instituto en ‘High School Musical’. Tan tierna.

Pues bien, desde ‘Spring breakers’, la película de Harmony Korine recién presentada en Venecia, ya no volverá a ver con los mismos ojos a la cándida Gabriella Montez, así se llama su personaje en el musical de marras. Si además le contáramos (cosa que no vamos a hacer porque no sabemos de que término del latín procede) dónde se mete el dibujo, probablemente esconda los DVDs que con tanto cariño regaló a su hija.

Y junto a Hudgens, Selena Gomez, otra chica Disney, entregada como la primera a literalemente arrojar ácido sobre su reputación de chica modelo. Para situarnos, la película cuenta unas vacaciones de adolescentes. Y claro está, se ve todo lo que nunca ha hecho ni hará su propio hijo o hija. Si se cree la frase que acaba de leer, tiene un problema. Y lo tiene en casa.

‘Bella addormentata’

Pero hay días en los que lo único claro es la confusión. Cuando aún no nos habíamos repuesto del susto de ver cómo los ídolos de la muchachada muerden el polvo (y otras cosas), el italiano Marco Belocchio presentó a continuación ‘Bella addormentata’ (algo así como ‘Bella durmiente’), que no es sino una analítica, cerebral y algo imprecisa aproximación a la eutanasia.

Si además contamos que la jornada se completó con la última película de Manoel de Oliveira, a un paso de cumplir los 104 años, y que la cinta es prácticamente un único plano fijo de hora y media a vueltas con el absurdo de vivir (tal cual), definitivamente no se extrañen si mañana leen en el periódico que Cristiano Ronaldo, por ejemplo, es pobre. Todo es demasiado raro.

Como decíamos, el ‘shock’ llegó con ‘Spring breakers’. El guionista de la totémica ‘Kids’ y director de lo menos reverenciada ‘Gummo’ andaba desaparecido desde que en 2009 presentará la violenta rareza ‘Trash humpers’. Pues bien, vuelve y lo hace a pleno pulmón. Olvídense de las idealizaciones torpes y pedestres de la adolescencia tipo ‘Tengo ganas de ti’ o ‘El club Disney’.

De repente, esa edad incierta entre el vacío y la desesperación, entre la infancia y la edad adulta, se antoja el terreno perfecto para construir una brutal y muy divertida invitación al caos.

No hay moralismos, ni mensajes. Todo es carne cruda. La idea es construir una simple comedia alrededor de todas las mentiras que alimentan el universo de los 15 años. Hasta que en un momento dado, el disparate es tan olímpico que acaba por parecerse demasiado a la realidad. Y no es que duela, simplemente desconcierta, que es más suave que el dolor, pero dura más.

Korine lleva una vida entera jugando a desconcertar al espectador y, quién sabe, si a él mismo. En sus manos, los jóvenes protagonistas no son unos seres musculados que recitan ripios como en las novelas pedestres de Federico Moccia. No, la muchachada se agita por la pantalla como el resultado perfecto de toda la basura acumulada, incluidas las novelas de ‘Crepúsculo’.

Se trata, si se quiere, de una película menor, “un poema pop” (como lo llamó el propio director), un cuento de hadas sin moraleja, arrojado a la pantalla con la única intención del entretenimiento, la risa y el alboroto. Y ahí su acierto. Todo lo que se ve es tan perfectamente irreal, tan desquiciadamente divertido, que acaba por ser la única realidad posible. Tan triste.

Profundo Bellocchio

Y ahora, Bellocchio. De ‘shock’ a ‘shock’. El director de ‘I pugni in tasca’, siempre tan comprometido con su tiempo y su cine (de hecho, acaban siendo lo mismo); siempre explorador de la frontera inestable entre sí mismo, su trabajo y la historia (de hecho, más allá de la realidad visible, su filmografía siempre encuentra la posibilidad del inconsciente); siempre, definitivamente, ahí (de hecho, el año pasado recibió el León de Oro a toda la carrera), presentaba su particular aproximación al caso de Eluana Englaro. De otro modo, la eutanasia. Palabras mayores.

Hablamos de la mujer que, tras 17 años en estado vegetativo, provocó un debate nacional en Italia y desencadenó una grave crisis política en el invierno de 2009. Bellocchio, con pulso firme, vuelve a aquel tiempo con la idea clara de no ceder a ninguna de las tentaciones evidentes; con el convencimiento de que la historia se construye desde el momento exacto en el que se cuestiona.

La estrategia del director, fiel a toda su obra, consiste en convertir la cámara en bisturí con el que diseccionar cada uno de los argumentos, cada una de las posturas, cada una de las motivaciones. Y así hasta alcanzar el punto exacto en el que es posible volver a pensarlo todo de nuevo.

“La película desvela, creo, mi posición al respecto, pero de una manera compleja. No de una manera ecuménica en la que todos tienen razón, sino que he tratado a todos los personajes sin desprecio ni odio. Pero aunque miro con respeto y con curiosidad a quien tiene fe, no, no me he convertido”, razonaba el director para explicar su ejercicio.

La brillantez y complejidad del planteamiento avanza a la vez (y aquí el problema) que se detienen las ideas. Bellocchio, siempre a prudente distancia, termina por no encontrar el argumento del drama, la clave de bóveda, que hace que la historia deje de ser algo ajeno que discurre por la pantalla para transformarse en parte de la retina del espectador. El tema es demasiado importante, demasiado doloroso, demasiado demasiado para que deje indiferente. Y esa amenaza no la termina de exorcizar el director.

Se diría que, tan preocupado de no caer en la trampa del melodrama, al final acaba por mantenerse demasiado lejos. Las razones sin pasión acaban por ser menos razones. El resultado, de cualquier forma, es una gran película que hubiese necesitado algo más de riesgo para hacer daño de verdad, para doler, para importar.

Dos horas después de que acabaran las proyecciones, los había que aún respiraban con dificultad, veían visiones y eran incapaces de recordar en qué extra del DVD de ‘High School Musical’ se cantaba ‘Paquito el chocolatero’.

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