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El profeta y el sombrerero loco, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 6 de Septiembre, 2012
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Mientras la densa cortina de lluvia se aleja de las costas de Tampa tras aguar los inicios de la Convención Nacional Republicana, Mitt Romney y Paul Ryan, recientemente ungidos como candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia de Estados Unidos intentan demostrar frente a su público conservador -y sobre todo ante las cámaras- que son simpáticos, buenos padres de familia, seres comunes y corrientes (aunque uno sea un millonario mormón y el otro católico libertario); en una palabra, que ambos son, como dicta el sistema hollywoodense, humanos.

El tinglado es una prueba más de la severa esquizofrenia que afecta al Partido Republicano con especial fuerza a partir del auge del Tea Party. Durante los últimos meses Romney no ha hecho sino tratar de borrar la vena moderada que lo distinguió como gobernador, pero una vez asegurada la nominación quiere volver a acercarse a ese 10 por ciento de votantes independientes que decidirá la elección. Con un hándicap: a fin de asegurarse la fidelidad de los sectores más a la derecha de su partido decidió compartir fórmula con el joven y apuesto -en la línea Peña Nieto- ex congresista Ryan.

Se ha cuestionado a Romney por elegir una figura tan radical cuando, en teoría, los republicanos necesitaban a alguien menos polémico para ganarse el centro. Aunque en términos de estrategia estas voces puedan tener razón, lo cierto es que Romney se decantó por uno de los políticos que mejor encarnan los valores actuales de la derecha estadounidense. Porque, si bien en el interior del G.O.P conviven muchas corrientes -desde los fanáticos evangélicos hasta los liberales clásicos-, el pegamento que los une es su brutal desconfianza hacia el Estado, a quienes ven como fuente de todas las calamidades.

Pese a sus esfuerzos, Romney continúa sin despertar entusiasmo entre los suyos: por más que lo niegue, durante su etapa en Massachussets aplicó medidas estatistas, como la aprobación de un sistema de salud idéntico al de Obama. Ryan, en cambio, posee espléndidas credenciales: no sólo es un feroz adversario de la intervención del Estado en la economía, principio bajo el cual redactó la propuesta presupuestal republicana, sino que durante sus años de formación fue un enfebrecido seguidor de Ayn Rand, la novelista y filósofa de origen ruso que, desde la publicación de La rebelión de Atlas en 1957, se convirtió en una de las voces esenciales de la derecha estadounidense.

En esta ficción futurista, convertida hace poco en una torpe superproducción, Rand imagina unos Estados Unidos sumidos en una terrible crisis. En este escenario, un grupo de destacados empresarios y creadores, encabezados por el misterioso John Galt, desaparece de la vida pública, dominada por una pandilla de políticos colectivistas (es decir, demócratas) que han aniquilado toda iniciativa individual, y se refugian en una colonia oculta en las montañas de Colorado en la cual no rige otro principio que el laissez-faire.

El aparente paralelismo entre la situación actual de Estados Unidos debió encandilar a Ryan y a sus pares del Tea Party. Para ellos, la única forma de devolverle la prosperidad a América es anulando las medidas socialistas de Obama. Por desgracia, la trama de Rand, donde se enfrentan superhombres capitalistas convencidos de la bondad del egoísmo contra torpes rémoras altruistas es, además de una fábula maniquea, un anacronismo. Al imaginar el futuro, Rand en realidad veía el pasado: la Rusia de su juventud donde sus padres fueros desposeídos por los soviéticos.

Ryan y los suyos no comprenden -o lo enmascaran para proteger los intereses de unos cuantos- que la crisis actual deriva justo de lo contrario: la desregulación aprobada durante las presidencias de Clinton y Bush Jr. (no es casual que Alan Greenspan, todopoderoso presidente de la Reserva Federal en este periodo, fuese otro destacado discípulo de Rand). El Estado no fue, en este caso, la causa de la debacle, sino más bien esos capitalistas ambiciosos que lograron eliminar la vigilancia sobre los bancos de inversión, los derivados financieros y el mercado de hipotecas, lo cual precipitó el hundimiento de Lehman Brother o AIG -y, a la larga, de toda la economía mundial.

Poco después de ser nominado, Ryan declaró que su admiración por Rand había sido un pecado de juventud. Esta abjuración no se debió a que el ex congresista dejase de comulgar con el modelo social de la escritora, sino a su ateísmo o su defensa del aborto. Porque el segundo punto que une a la derecha estadounidense desde los años cincuenta -otro anacronismo de la Guerra Fría- es su carácter forzosamente religioso. Católico archi-mocho, como lo llamó Jorge Castañeda, Ryan ya no podía darse el lujo de ser asociado con una descreída. Se le podrá reprochar a Romney ser un hipócrita y un dos caras, pero al escoger a Ryan hizo algo más que lavar sus culpas progresistas: dejó en claro donde se encuentra hoy el verdadero corazón del Partido Republicano.

Jorge Volpi 

Comentarios (1)

Corbu
7 de Septiembre, 2012

Lamentablemente, dentro del, en general, buen análisis del artículo, se cae en un “anacronismo”: culpar a la desregulación (?) del sistema bancario por la crisis. Siendo la FED (Reserva Federal -Banco Central de los EEUU) la única que puede fijar arbitrariamente las tasas de interés de toda la banca, ella es la única culpable de la burbuja y su posterior estallido. Lo ocurrido después con los impagos y los “defaults” bancarios no son más que las consecuencias de la decisión tomada por políticos de rebajar los intereses en 2001 (sí, la fecha exacta del comienzo de la futura crisis es de 2001).

Seguir con la versión “oficial” de culpar a supuestas desregulaciones no hace más que seguirle el juego a esos políticos que piden cada vez más poderes para… seguir metiendo la pata.

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