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Un millón, o mil millones de insultos fragmentarios, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 5 de septiembre, 2012

“Los comentarios anónimos en blogs, los vídeos de bromas insustanciales y los popurrís intrascendentes pueden parecer triviales e inofensivos, pero, en conjunto, esa forma de comunicación fragmentaria e impersonal ha degradado la interacción personal”. La frase anterior no pertenece a ningún ludita y, por supuesto, tampoco a alguien que desconozca el funcionamiento de la Red; su autor es Jaron Lanier, experto en informática y el inventor de la expresión “realidad virtual”, además de una de las cien personalidades más influyentes del mundo según la revista Time.

Para Lanier “algo empezó a salir mal en la revolución digital” en torno a 2000; eso que salió mal no fue sino la multiplicación de los “diseños intrascendentes” de lo que llamamos web 2.0, en un giro en el cual (a pesar de que los comienzos de la informática parecen haber sido esencialmente humanistas) la tecnología fue liberada de la obligación de servir a sus usuarios al tiempo que estos reducían sus expectativas para adecuarse a lo que las máquinas les daban. El resultado fue el surgimiento de una cierta “mente colmena” (Lanier la llama también “totalitarismo cibernético”, 115) que defraudó las expectativas depositadas en la Red como ámbito de intercambio intelectual favoreciendo el anonimato y el linchamiento y un punto de vista según el cual “una masa arbitraria de humanos es un organismo con un punto de vista legítimo” (17).

Contra el rebaño digital es un manifiesto dirigido principalmente contra este tipo de mentalidad, cuyo resultado ha sido la aparición de proyectos de escritura colectiva como Wikipedia (independientemente de lo que se piense de ella), pero también la sumisión de los usuarios de la Red a los proyectos no solamente económicos de los agregadores más populares y las empresas comercializadoras de tecnología. Como sostiene el autor, “es imposible trabajar con tecnología de la información sin involucrarse al mismo tiempo con la ingeniería social” (16), y el tipo de ingeniería social que alienta tras buena parte de las redes sociales y de los emprendimientos digitales más populares del momento entraña la supresión del individuo, que es reducido a cientos o miles de fragmentos de información principalmente anónima acumulada en la Red con la finalidad de que algún día permita comercializar algún producto

“La remezcla y la uniformización están haciendo perder la extrañeza -advierte Lanier-. Las páginas web personales que aparecieron a principios de los noventa tenían un sabor humano. MySpace conservó parte de aquel sabor, aunque ya se había iniciado un proceso de formateo regular. Facebook llegó más lejos, organizando a las personas en identidades de tipo multiple-choice, mientras que, por su parte, Wikipedia trata de borrar por completo el punto de vista. […] Algunos de mis colegas creen que un millón, o mil millones de insultos fragmentarios, constituirán con el tiempo una sabiduría superior a la de cualquier ensayo bien meditado, siempre que haya algoritmos estadísticos secretos y sofisticados que recombinen los fragmentos. Yo no de estoy de acuerdo” (70).

Al tiempo que sostiene que no hay nada inmanente en Internet tal como fue concebida inicialmente que condujera indefectiblemente a este totalitarismo sin rostro (“Si vences a alguien de forma anónima, nadie lo sabe, y si pierdes, solo tienes que cambiar de seudónimo y empezar otra vez, sin haber modificado en lo más mínimo tu punto de vista”, 85), Lanier recuerda una vez más que “la red no se diseña a sí misma. Nosotros la diseñamos” (78); consecuentemente, también propone una especie de acuerdo de mínimos para el uso de la Red [el jueves aquí] y sugiere algunas alternativas a las formas dominantes de relación en ella, en particular en lo que concierne a aquellas personas que producen para la Red y que, a diferencia de “los contribuyentes esporádicos que prácticamente no requieren compromiso” son los “perdedores” del actual estado de cosas (119). Desafortunadamente, también, Lanier no oculta el hecho de que tanto la noción de sujeto como la creatividad y el entendimiento mutuo son considerados “inútiles” por quienes toman decisiones en la Red, de manera que el individuo apenas tiene alguna posibilidad de ofrecer resistencia al totalitarismo cibernético. Al parecer (pero esta es una impresión personal, que no se corresponde por completo con lo que Lanier afirma aquí), las personas que no desean integrarse a la “mente colmena”, pero tampoco quieren ser sus víctimas (o, siéndolo, prefieren no enterarse), están comenzando a limitar su uso de la Red, expulsados de ella por la mentalidad de la turba y por la estandarización de la expresión individual en ella y su reemplazo por el fingimiento de la individualidad y la creatividad. Aunque se insiste mucho en el servicio que las redes sociales y otras plataformas de Internet han prestado a las revoluciones árabes, lo cierto es que sus promotores tuvieron que abandonar sus ordenadores para salir a la calle y establecer un nuevo pacto entre ellos. De ese “salir a la calle” trata este libro de Jaron Lanier. Un imprescindible.

Patricio Pron 

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