Actualidad

Tiempos de Dictadura: la magia de la memoria colectiva; por Willy Mckey

Por Willy McKey | 5 de Septiembre, 2012
8

a la memoria de José Agustín Catalá

“Por momentos parece que Venezuela se había convertido en un enorme desfile”

1. Uno recuerda a solas. Hacer memoria es un ejercicio imposible en comunión. Recordar es, quizás, de los procesos más individuales e íntimos del asunto humano. Cada quien recuerda el mundo desde su esquina.

Cometeré el exceso de decir que lo que llamamos Historia, con mayúscula, no es sino la unión de los puntos de intersección de todos esos retazos menores que cada uno aporta. Le damos un orden común y político a nuestra memoria y obtenemos un relato cuyos andamiajes están hechos de recuerdos individuales y un montón de documentos que siempre van a depender de esos mismos fragmentos de memoria.

Me gusta imaginar la Historia como una ficción común. Todos somos personajes, síntomas y testimonios que han decidido encontrarse en algunas partes del argumento. Eludirla nunca ha sido un acierto. Y es posible que eso sea parte de lo que nos advierte Tiempos de Dictadura, de Carlos Oteyza (o al menos ésa puede ser una de las secciones más magras de lo que logra).

2. Callarse o callarse. Visto así, la única manera de salirse de la Historia es callarse la vida. Quizás por eso el testimonial sea uno de los discursos en los cuales creemos más los seres humanos. Lo ha usado la publicidad como todo lo que ha funcionado en la propaganda: si varios coinciden en un recuerdo, ese recuerdo debe ser verdad.

En Tiempos de Dictadura se mezclan ambos discursos. Testimonios de personajes tan disímiles entre sí (disímiles en la década de los cincuenta, quiero decir) como el impresor José Agustín Catalá, la bailadora Yolanda Moreno y el periodista Simón Alberto Consalvi son interpelados por el hilo conductor de la historia acordada por todos, desconocida por muchos y olvidada a conveniencia por otros.

Visto así, la única manera de entrar en la Historia es callarse la vida: sacarle callo a la biografía, atento a cuanto se ha vivido para poder recordarlo. Pero también es necesario confiar en la memoria del otro, sobre todo de quienes estén en la otra acera ideológica. Sus callos memoriosos serán necesarios para contar lo que nosotros no vimos. Y así es como Oteyza cruza las voces de Pompeyo Márquez y Enrique Aristiguieta Gramcko; o las de Américo Martín y Mario Suárez; más aún: las del Mayor (Ej.) Víctor Maldonado e Isabel Carmona.

En medio de tanto, el espectador contrasta con lo que lleva puesto a la sala, que no es más que su propia historia menor. Y cruza lo aprendido en el colegio con lo escuchado en casa. Y se pregunta por qué ha olvidado eso que sabía. Y duda sobre los apellidos de un personaje que el estrés del día a día dejó enterrado en la memoria. Y se reprocha por darse cuenta de que alguna vez se ha callado la vida. O se felicita.

3. La película.Tiempos de Dictadura le resulta oportuna esta fecha de estreno. Lo digo mucho más allá de las obvias asociaciones con la coyuntura política. Que Oteyza haya hecho esta película justo ahora permite que el espectador aprecie justamente unas animaciones muy bien logradas y la calidad en el tratamiento de los documentos audiovisuales de la época, con esa temperatura “colorizada” tan cercana al popular Instagram.

Estos insumos, mezclados con los testimonios, componen una pieza que logra mantener el interés en condiciones muy difíciles: se trata de unos hechos cuyo desenlace ya conocemos y el elemento que enlaza testimonio, documento y animaciones es la locución conscientemente objetiva de Laureano Márquez. Y, aun así, el interés se mantiene.

No sabría enunciar las razones exactas que logran mantener el interés.

Quizás se deba a la buena musicalización o la narración por contraste lograda en los testimonios. Quizás sea la mezcla entre el uso de la animación digital y el documental nostálgico. Quizás sea verse retratado ahí y sentir el país tan crudo. Quizás sea lo inesperado de sentirse tan cerca de la Historia, así… con mayúscula.

4. Los papelitos. El final de este documental no es concluyente. No va a obligarlo a decantarse por la opinión del director ni por la de algún testimoniante. Es imposible hacerlo.

Salir de ver Tiempos de Dictadura obliga a un testimonio particular. El apetito que despierta es el de la inteligencia: se vuelve menester articular la conclusión individual.

Recordando a solas, una señora le pone rostro a Pedro Estrada, quitándole el de Gustavo Rodríguez en la ficción de aquella telenovela llamada Estefanía. Un joven se queja de no verse en una ciudad distinta a la de 1956, salvo por la Cota Mil, Parque Central y tres o cuatro olvidos más. Un caballero baja una escalera recordando los cuentos de su papá. Una pareja comenta, incrédula aún, los simulacros de ataques aéreos, los desfiles, la censura….

Todos están recordando. Todos consiguen algo de lo que le falta a la película dentro de sí.

A mí me quedó resonando una reflexión de Isabel Carmona, algo mezclada con la tristeza de oír a José Agustín Catalá narrando las torturas.

Carmona recuerda con una fiereza casi cándida que lo que le permitió al pueblo levantarse en 1958 fueron “los papelitos”. Los párrafos clandestinos, el poderío del volante, la consigna impresa en rojo y negro demostrando que puede conseguirse impulso en el combustible escrito.

La Historia como una confirmación de que es necesario hundirse en el eslogan y sacarle la fuerza necesaria a cada frase.

Fue conmovedor oír que la palabra puede ser estrategia en vez de arma.

Pero eso es sólo lo que decidí recordar yo. Le toca ir a verla y traernos algo suyo. Al juntarnos, vamos a saber qué es lo que debemos hacer.

Aquí lo espero para juntos hacer Historia. Y gracias por leer este papelito.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (8)

fernando
5 de Septiembre, 2012

Conmovedora reflexión. Además, oportuna. Veremos las consecuencias del ejecicio que propone Otayza.

Alfredo Ascanio
5 de Septiembre, 2012

Si los Hijos de José Agustín Catalá, el Catire Catalá y los otros hermanos colocaban los papelitos encima de un autobus, pues al arrancar el bus los papelitos salían en estampida y la gente de la Seguridad Nacional, de Pedro Estrada, no sabía quienes tiraban esas hojas anti dictadura. Imaginación,innovación de los jóvenes de la época.

Salvador Fleján
5 de Septiembre, 2012

Magnifique, Master

Marina Wecksler
5 de Septiembre, 2012

Totalmente de acuerdo. Gracias por compartir esa magnífica y lúcida reflexión. Me quedo rumiando mis recuerdos desde esta esquina…

Eduardo Gómez
6 de Septiembre, 2012

Leer el texto y tener presente en la mente la imagen de unas cuidadosas pinzas fue toda una experiencia.

juan vallejo
7 de Septiembre, 2012

Sincera reflexión. Me uno al ánimo de descubrirnos frente a la historia.

Antonieta Vásquez
8 de Septiembre, 2012

Excelente reflexión….. La comparto… El documental me pareció maravilloso…..

Luis Barragan
4 de Octubre, 2012

Excelente reflexión y ahora esperando ver el documental pronto. Lamentablemente pasará un buen rato para que el DVD llegue por esta esquina (Estonia).

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.