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Artes

Cortázar y la metaliteratura

Por Prodavinci | 1 de Septiembre, 2012
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Artículo escrito por Albert Lladó, publicado en El País (España). Un extracto a continuación:

El Cortázar mágico, el Cortázar fantástico, el Cortázar surrealista sin manifiestos ni ortodoxias. El Cortázar comprometido, el Cortázar solidario, el Cortázar que levanta su máquina de escribir para disparar contra los tiranos y los déspotas. ¿Son, ciertamente, dos escritores diferentes y diferenciados? ¿El argentino renuncia a la ficción cuando quiere hablar de la injusticia y la realidad?

1972, Saignon. Julio Cortázar recibe las galeradas de Libro de Manuel, una novela que el escritor sabe que podría defraudar a muchos de sus lectores, no por su experimentación estética, a la que están costumbrados, sino porque quiere incidir en el estado de las cosas. La denuncia, claro, no será nunca un panfleto en manos del argentino, pero los interrogantes acechan, incluso, a un creador con un discurso propio y un talento admirado y admirable. Por ello, armado con latas de conserva, cigarrillos y vino tinto, se refugia en una camioneta Volkswagen, a la que llamará Fafner, como el dragón de Wagner, para corregir potenciales erratas e imprecisiones y, al mismo tiempo, armar un texto paralelo donde reflexiona sobre su literatura y su responsabilidad social como autor.

Así nace Corrección de pruebas en Alta Provenza, que publica la Editorial RM, con prólogo de Juan Villoro. Precisamente el mexicano, que titula su texto con un elocuente Robinson deliberado, apunta que Cortázar “entra en tensión con la novela que acaba de terminar” y “aunque defiende su vigencia y la necesidad de publicarla, crea un seductor entramado de dudas”. Cortázar, pues, escribe mientras corrige, apunta mientras relee. No es una justificación, o una defensa contra el futuro lector desilusionado, sino una suerte de crítica literaria en el sentido más amplio del término. El escritor que vigila la evolución del escritor mismo.

Para Villoro, “la idea de traslado es una clave”. Se mueve con su “dragón rojo” como, años más tarde, se moverá, junto a Carol Dunlop, en Los autonautas de la cosmopista. ¿Qué es, sino movimiento, la obra de un escritor que juega y, a la vez, no es ajeno al sufrimiento ajeno? Por lo tanto, estamos ante unas notas al margen, un diario de un viaje que, claro, no es únicamente sobre ruedas. Va, nos dice el propio autor, “bastante más allá de acentos, gazapos,… tachaduras”.

Julio Cortázar ha cambiado su forma de trabajo (y la palabra trabajo no le gustaría nada para referirnos a su escritura, posiblemente). Su reclusión ya no es “la penumbra del escritor” de los primeros años, una habitación cerrada y sin ruido (esto tampoco es cierto, ya que no pocas veces escribía mientras viajaba o, incluso, mientras hacía de traductor). Pero ahora no le molesta ni un fondo de música ni, siquiera, “una radio que me da noticias cada cuarto de hora”. Lo que los otros llaman realidad entra y se mezcla con la literatura.

Son interesantes estos apuntes, también, porque leemos, en boca del propio escritor, “la negación de lo literario como proyecto humanista, arquitectónico”. Y es que el autor de Los premios no tira de esquemas preconcebidos, no sigue una estrategia previa, sino que hace de “médium”, la novela o el cuento le escribe a él, que está convencido de que la intuición es la mejor de las brújulas. Cortázar explica, a modo de ejemplo de su metodología (o de la ausencia de ella), cómo Rayuela fue “saliendo poco a poco de una especie de caos en el que el capítulo del tablón fue precedido por otro” que luego no usaría, pero que le sirvió “como una clave de bóveda que se retira al completar el arco”.

Si Corrección de pruebas en Alta Provenza, entonces, es un documento de gran valor para aquellos a los que les interesa la metaliteratura, también lo es para los amantes de la literatura en sí y para sí. Mientras el argentino va preguntándose por la necesidad urgente del libro que va a publicar, la radio va informando de lo que luego se conocería como la “masacre de Munich”, cuando, durante los Juegos Olímpicos, un grupo terrorista tomó como rehenes a once integrantes del equipo de Israel, que acabaron muertos, junto a cinco de los terroristas y un policía alemán. Y Cortázar va escuchando la matanza mientras comprueba cómo, de alguna manera, los lejanos acontecimientos, terribles, entran en la lógica del propio texto que tiene delante de sus narices: “me ha tocado de nuevo vivir un juego de coincidencias que sólo los hipócritas encontrarán casuales, corregir las pruebas de un libro donde a cada página venían a pegarse, falenas monstruosas, las noticias que lo confirmaban”. Las dos orillas, la realidad y la ficción, observadas por alguien que vive en el puente (que, tan sólo aparentemente, las separa).

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Prodavinci 

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