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A propósito de “la función debe continuar”, por Willy Mckey

Por Willy McKey | 28 de agosto, 2012

“9. En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”
Guy Debord

Desde hace varios años somos la sociedad del espectáculo.

En poco más de doscientos párrafos que dejan ver el hurto flagrante de frases de figuras como Nietzsche, Marx o Walter Benjamin, el imprescindible Guy Debord hace un retrato hablado del futuro. Antes del Mayo Francés y del Chicago de Abbie Hoffman, los nueve capítulos de La sociedad del espectáculo (1967) eran una bola de cristal a la mano de todos. Y, como todo método adivinatorio que se respete, allí dentro se podía ver el porvenir… no evitarlo.

A veces basta con prestar atención a algunos síntomas para ver las cosas venir.

Si algo tiene el futuro es su particular semiótica.

Uno de los dos axiomas que más rápido se colocaron en los referentes comunes de los lectores de Debord fue aquel que explicaba que todo aquello que antes era vivido de manera [permítanme redundar] vital empezaba a ser transformado en apenas representaciones, simulacros, calcos… el otro axioma era que habíamos renunciado a “ser” por el apetito de “tener”, que luego fue insuficiente y devino en la necesidad de “parecer”.

Cada uno de nosotros sustituido por una fotografía.

Cada verdad convertida en una transmisión en vivo y directo.

Cada hecho rotundo desapareciendo con el simple ejercicio de no mencionarlo.

Cada trueque de la verdad vuelto un raro equilibrio, una tensión, una amnesia acordada.

Es así como la sociedad del espectáculo que nos engulló, según lectores de Debord más adelantados que uno, germinó a partir de preferir la representación que la verdad, sumada a la urgencia de poseer cuanto fuera posible, sumada a la necesidad imperiosa de parecer que somos lo que tenemos.

Esto nos condujo a nuestro inverso, a creernos el reflejo, a la legitimación de lo televisado.

Así la realidad debía ser separada en partes y sus fragmentos barajados al azar encima de una grilla de programación que ya se encargará del resto. Incluso, es así como está construido el libro de Debord: son fragmentos, pedacitos, naipes descompletados con sustitutos que pertenecen a otra baraja, bastos y corazones mezclados. Fragmentos como:

7. La separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad y en imagen. La práctica social, a la que se enfrenta el espectáculo autónomo, es también la totalidad real que contiene el espectáculo. Pero la escisión en esta totalidad la mutila hasta el punto de hacer aparecer el espectáculo como su objeto. El lenguaje espectacular está constituido por signos de la producción reinante, que son al mismo tiempo la finalidad última de esta producción.

Quizás alguna vez, uno de estos días, usted se ha sentido como un aventajado espectador de un reality show feroz, cruel, impredecible. Imágenes compartidas que son capaces de espeluznarnos colectivamente, noticias que se actualizan a muy alta velocidad, cosas que se intentan ocultar al no ser nombradas. Pero eso simplemente no es el espectáculo. Eso es una colección de imágenes y ya: el espectáculo, el show, la función es [según Debord, siempre según Debord] la relación que se establece entre quienes tenemos contacto con esas imágenes:

10. El concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de esta apariencia organizada socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible.

Entonces, parece que la única manera de salvarse de la tentadora trampa de “parecer ser lo que se tiene” es quedarse a una distancia crítica de la verdad. Si el espectáculo es la afirmación de una apariencia y, al mismo tiempo, una negación visible de la vida, entonces la verdad no está en las representaciones sino en los testimonios.

El espectáculo le cree más a las representaciones, es decir: a los mapas.

El espectáculo le cree más a los recuerdos que a los testimonios.

El espectáculo puede inferir, suponer, deducir. Usted no.

El espectáculo y su sartén por el mango.

Es la afirmación de la apariencia lo que le conviene al espectáculo, al show, a la función. Y así los mapas que muestra el espectáculo parecen el territorio. Y sus recuerdos los testimonios. Y sus deducciones verdades irrebatibles.

12. El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. La actitud que exige por principio es esta aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho por su forma de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.

Guy Debord llevó del alemán a su libro el término Weltanschauung, que siempre me ha costado mucho interpretar a cabalidad pero que se me parece mucho a la noción de ideología. Lo recuerdo ahora porque leo “monopolio de la apariencia” y aparece la idea de alguien puesto en la tarea de convencernos de que la representación es la realidad.

¿Podríamos mudarnos de nuestras casas a un mapa sólo porque en el mapa parece que todo está bien? ¿Cabemos en esa representación, en ese calco de una apariencia? ¿El monopolio de la apariencia puede volverse nuestra única cartografía?

Migrar a un mapa garabateado y corregido a conveniencia de una particular Weltanschauung que se encarga de administrarnos las apariencias a través de la verdad convertida en un paisaje que nos muestran por televisión. Un show que parece haber terminado y, entonces, aplaudimos y aplaudimos sin importar cómo llegamos a esta historia… ni qué pasará después con los personajes… todo producto de un espectáculo que nos ha entretenido durante un rato de butaca alienante.

Correr el riesgo de parecer ser lo que tenemos: consecuencias de un espectáculo que no sabe detenerse, que no para, que cree que debe continuar.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (5)

R Vivas
28 de agosto, 2012

Borges una vez escribio acerca del mapa de un pais que era del tamaño exacto de ese paiz , que replicaba punto por punto todos los detalles de su geografia , las replicas creian los egipcios tenian el poder de usurpar el lugar de aquello que replicaban , asi para evitar que los jeroglificos que incluian una serpiente quedaran incompletos al escaparse estas del jeroglifico que las contenia seccionaban la serpiente en tres trozo para impedirle cualquier movimiento. Es una supersticion antigua la que supone la capacidad de lo representado de asumir los rasgos vivos de la realidad que representan . Octavio Paz nos narra de un pintor oriental cuya reproduccion de unos peces eran tan perfecta que una mañana aparecieron mojados y palpitantes en el piso de la habitacion en la que estaba el lienzo con su imagen . No entiendo sin embargo por que Debord de algun modo asociaba esta supersticion con el afan de posesiones de la sociedad moderna , el gusto humano por convertir lo vivo en espectaculo o sea en algo espectable que seduce nuestra atencion al tiempo que la fascina y cautiva me luce un fenomeno animico muy diferente al que cita Debord. Mas reciente sabemos del libro de Vargas LLosa sobre la civilizacion del espectaculo que quizas tenga algo que ver con la nocion que nos propone Debord.

Rolando Peña
28 de agosto, 2012

Estupenda interpretacion especulativa de Willy Mckey, muy acertado sus comentarios, me permito aclararle, donde el cita a Abbie Hoffman,no nombra a Jerry Rubin, ellos fueron los organizadores de la Gran Marcha de Chicago contra la Guerra del Vietnan, finales de 1967, estuve presente con ellos y compartimos celda, tambien estuvo con nosotros Jean Genet, existe un texto maravillos de Allen Ginsberg,”Testimonio de Chicago”,se los recomiendo. Guy Debord, rondaba por la Zona, esto por supuesto fue antes del Mayo Frances, saludos Rolando Peña

S.F. Sotillo
28 de agosto, 2012

Muy interesante. Sin embargo, a título personal, lo que siempre me ha maravillado no es tanto que el espectáculo así entendido necesite de o se sustente en la apariencia o, al decir de Deborg, de/en la vida pasiva e irreflexiva del poseer (lo que nos recuerda a Benjamin y su famosa reflexión sobre el arte en la era industrial), sino por qué nosotros necesitamos del espectáculo, de la apariencia y de esa pasividad.

Por otro lado, de nuevo en mi opinión, creo que hay una diferencia importante entre las tesis de Vargas Llosa y la de Deborg. Como ciego creyente del mercado, en el fondo Vargas Llosa acepta el sistema que produce la banalidad resultante pero se niega a aceptar el resultado inevitable; es decir, confunde eficiencia con eficacia. Deborg cuestiona el mecanismo mismo. Yo, por mi parte, me pregunto por qué nosotros pareciéramos necesitar el mecanismo en primer lugar.

S.F. Sotillo
28 de agosto, 2012

Corrección… quise decir Debord, mil disculpas…

Nasly
30 de agosto, 2012

Disfruté mucho este texto, poeta. Me gustó, sobre todo, que a pesar de lo sugerente (y descarnadamente “actual” del título) no concluye con ningún final moralizante, o ¿moralejizante? si me disculpan la adjetivación, no resuena la explosíón tan cercana, tan presente, pero late viva en el fondo del texto. Como Verdadero Hecho Rotundo (“Cada hecho rotundo desapareciendo con el simple ejercicio de no mencionarlo”), se niega a desaparecer, y entonces, de ahí, surge su propia contundencia. Tal vez, cuando el volumen de tanta función continuada, como las viejas matinées (ahora me está atormentando el volumen cada vez más alto que va adquiriendo esa noticia sobre los 80 yanomamis muertos! ¿Más espectáculo?), se acalle, podamos entender un poco quiénes éramos en este período de nuestras vidas. Gracias!

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