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Artes

Cortázar en el buzón, por Juan Gabriel Vásquez

Por Prodavinci | 26 de Agosto, 2012
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Hace dos años, como acaso recordarán los memoriosos, escribí una columna sobre mi encuentro en Barcelona con un hombre y una medallita. La medallita llevaba una fecha: mayo de 1915. Llevaba también las iniciales JFC, correspondientes a un tal Julio Florencio Cortázar. El hombre que me llevó la medallita —para que yo la viera y la tocara y le tomara fotos ridículas como si fuera una reliquia, lo cual, para ser sinceros, quizás era— se llamaba Carles Álvarez Garriga, que en ese momento era el arqueólogo de los Papeles inesperados y pronto sería el de las Cartas a los Jonquières, dos libros que han servido maravillosamente para saciar el síndrome de abstinencia de los lectores cortazarianos. En la columna contaba de mi fascinación, un poco fetichista y más bien irracional, por el hecho de que esa medallita que yo tenía en mis manos hubiera pertenecido a quien atravesó casi un siglo y dos océanos sin perderse.

Lo que no creo haber contado, en cambio, es lo que pasó después del encuentro con la medallita, y fue el encuentro con la persona que la había heredado y conservado: Aurora Bernárdez, primera mujer de Cortázar, que llegó al café con sus noventa años, su formidable memoria y su sentido del humor, y durante media hora de conversación deliciosa estuvo recordando a Julio, recordándonos por qué queremos tanto a Julio. Hablamos del arte de la traducción, que ella practicó con mano experta; hablamos de la transformación de Cortázar a finales de los sesenta, su súbita deriva política. Después nos despedimos, porque ellos dos tenían que irse a trabajar. Estaban reuniendo, ordenando, transcribiendo y editando más de mil cartas con las cuales ampliarían la correspondencia de Cortázar que Alfaguara había publicado en tres tomos a comienzos de siglo. “Hay mucho material nuevo”, me dijo Álvarez. “Dará para unos seis tomos”.

Ahora sabemos que no son seis, sino cinco, y que se publicaron hace pocos meses en Argentina. Pues bien, yo acabo de pasar ocho días de felicidad absoluta leyendo el primero de ellos. Sus 590 páginas se leen, y perdonarán ustedes el cliché, como una novela; para ser exactos, se leen como una novela de formación cuyo héroe, un veinteañero introvertido e hipersensible, va saliendo al mundo poco a poco, tímidamente, como quien pide permiso, y acaba tomándoselo por asalto. El espectáculo es formidable: Cortázar escribiendo novelas que nadie quiere publicar, soñando con viajar a México, sufriendo agresiones y fracasos; Cortázar dándose cuenta de que su destino no está en Argentina; Cortázar llegando con dificultades sin cuento a París, trabajando de locutor o de lo que se tercie, pidiendo plata prestada para poder, en ratos robados, escribir algunos cuentos con los que luego pasó lo que pasó.

En la primera de las cartas, Cortázar, que aún no había cumplido los 24 años, dice a alguien: “Te escribo directamente, ya que no me preocupa el temor de tanta gente que está a la espera de que se publiquen, en la edición de las Obras completas, las correspondientes colecciones epistolares”. La belleza de estas cartas está en esa ausencia de ego, en la frescura del hombre que no se está mirando al espejo mientras escribe. Pensar que me quedan cuatro tomos con esta voz, con esta conciencia, es demasiado bueno para ser verdad.

Prodavinci 

Comentarios (1)

Celeste
27 de Agosto, 2012

Cortázar es por mucho uno de los mejores escritores no solo de latinoamérica,si no del planeta entero. Un alma joven con una pluma vieja. Y pensar que todavía hay material de él para los lectores fieles de sus obras… es una bendición.

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