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Contrólennos, vigílennos, chequéennos, por Martín Caparrós

Por Martín Caparrós | 25 de agosto, 2012

Acabo de leer el último artículo de Fareed Zakaria, un señor muy raro. En ese artículo, Zakaria insiste en que los Estados Unidos limiten la posesión de armas; cuenta que el único delito que no bajó en su país en las últimas décadas es el homicidio por arma de fuego, y que 88 de cada 100 americanos tienen una, y que después viene Yemen, donde 54 de cada 100 la tienen, y después Suiza y Finlandia con 45, y que todos los demás países no llegan a 40 armados cada 100 personas: que no hay lugar del mundo con tanto olor a pólvora como ese modelo de convivencia que solemos llamar USA. Y que la cantidad de armas es la mejor medida del delirio armamentista individual americano, y la de crímenes su argumento para limitarlas.

Hasta acá todo parece razonable, pero insisto: Zakaria es un señor muy raro. Nació en la India hace 49 años, y a sus 18, joven brilloso, se consiguió una beca y se fue a Yale, y de ahí a Harvard y de ahí a todo lo más radiante del establishment USA: columnista de las revistas y diarios más deseados, profesor de las universidades más cotizadas, autor de los libros de análisis político más vendidos: el triunfo del sueño americano, un éxito perfecto, tres hijos una mujer un perro. Hasta que, hace unos días, se sentó a escribir su columna semanal -sobre las armas y los americanos- y no se le ocurrió mejor idea que copiar un par de cosas que ya había escrito, en abril y en el New Yorker, una colega suya. Dos días después, Time y CNN, que lo tenían como columnista principal, lo habían suspendido, y Fareed Zakaria era otro periodista trucho descubierto.

Algo se le cruzó, y nunca lo sabremos. Quizá fue una sequía repentina, quizá una distracción, quizás aquello que solían llamar hubris: la impunidad que se suponen los que ganan a menudo, la sensación idiota de que pueden hacer cualquier cosa –incluso copiar en una de las revistas más leídas del mundo a otra de ellas, robar a plena luz de millones de computadoras. Zakaria, digo, era un tipo raro. Por lo menos, cuando lo agarraron, le quedó la dignidad suficiente para no decir que era víctima de una campaña montada por el lobby del rifle o los suprematistas blancos antiindios. En cambio, publicó una declaración confusa que decía que “reporteros han señalado que hay párrafos en mi columna de Time de esta semana que tienen semejanzas cercanas con párrafos del ensayo de Jill Lepore en la edición del 23 de abril del New Yorker. Tienen razón. Cometí un error terrible y es mi culpa. Pido todo tipo de disculpas a ella, a mis editores en Time, y a mis lectores”.

La historia es amena y aleccionadora pero no nos llevaría muy lejos si no fuera porque me sugirió una idea para la señora presidenta y, como estoy en mi cuarto de hora generoso, se la regalo gratis –cosa que nunca le sucede. Ella quería, dijo, una especie de “comisión de ética” para el periodismo, pero creo que no sabía cómo hacerla –y hablaba de buscar billetes negros dentro de sobres blancos. Después no lo dijo más, quizá porque esa búsqueda amenaza a sus socios capitalistas, comilitones y correveidiles: los sobres vienen de algún lado. Y además, como ya se ha dicho, se parece a aquella escena en que el muerto se asustaba por el degollado. En cambio, la idea que le propongo es simple y eficaz, bonita: ya que quiere sacudir al periodismo y a los periodistas –son dos cosas distintas–, hágalo bien, hágalo en serio, señora presidenta: aplique el Yugo Zakaria.

Digo: que en vez de usar el poder de policía del Estado –amenazas, escraches en cadena, afips en bandolera–, juegue el juego con alguna altura: periodistas le dicen que usted miente, le muestran cómo y dónde; haga lo propio. La acompaña una ventaja decisiva: parece que por aquí nadie espera que un presidente no mienta, y lo siguen usando; en cambio, cuando se sabe que un periodista miente queda muy tocado.

Así que, señora presidenta, no se reprima: vigílenos, contrólenos, chequéenos. O, mejor dicho, hágalo hacer; usted tiene –¿tiene?– cosas más importantes que atender. Es fácil: consígase seis docenas de graduados de alguna facultad de Comunicación y póngalos a examinar todo lo que escribimos, decimos, mostramos. Cada palabra, cada cifra, cada idea: meticulosamente –sí, meticulosamente– revisen cada cosa, a ver quién miente y quién no miente, quién plagia y quién no plagia. Y publiquen cada día los resultados en una página web creada para eso –le sugiero Mentiras Argentinas o Truchiplumas Patrias o Te Enganché Naboverde o, mejor, Ética para Todos– que será un éxito seguro: el morbo nunca duerme. Así, los mentirosos quedarán tan dañados que no podrán seguir debitando sus quimeras, y nadie los escuchará, y pagarán el precio del engaño. Y los ciudadanos estarán a salvo de esas trapizondas, protegidos por su infinito celo. Y éste nuestro país será más limpio y bello y sano.

(Una amiga me dice que usted ya tiene un pelotón bien pago que se dedica a monitorear la prensa y que son buenos muchachos camporistas y que los maneja el licenciado Abal Medina hijo. Pero esos son como espías, otra cosa, y no deben ser muy buenos, porque suelen confundirla. Y, de todos modos, lo que importa es la página web, la difusión; ahí se juega todo, usted lo sabe.)

Sólo un par de detalles. Para empezar, tiene que haber derecho a réplica: que el periodista pescado pueda hacer su descargo, dar sus argumentos; es justo y hasta más divertido, más lucha en el barro. Para seguir, es obvio que sus muchachos deberán revisar todos los medios, qué remedio: también esos que le cuestan tan caros, los amigos transitorios pagos. Y, para terminar, sería mejor que la comisión dependiera del congreso o, incluso, de una universidad. No por nada, no se ofenda, pero como usted la otra semana pronunció desde su pulpito aquella frase inmortal, ese dechado, ese lema que sin duda coronará su busto –“Ya que vamos a truchar, truchemos todos”–, una Comisión de la Verdad bajo su control quedaría un poco rara. En cambio, si la arma legal –mal que le pese–, si le da cierto prestigio haciéndola con independientes –¿independientes?–, otro gallo va a cantar por las mañanas.

Aunque debo advertirle de un problema posible: si la comisión funciona, usted corre el riesgo de que los que superen su escrutinio queden legitimados, y se le haga más difícil atacarlos con gestos y pullas y caritas. Pero a usted los riesgos le gustan, señora presidenta, así que atrévase y podrá cumplir sus objetivos.

Que son, sin duda, mejorar este oficio que tanto la saca, esta patria que tanto le da. Limpiarlos de ponzoña, volverlos decentes, creíbles, serios –aún cuando eso, quién sabe, pueda perjudicarla. Pero usted se la banca. Y todo con la verdad como única herramienta, señora presidenta.

¿Qué? ¿No le parece suficiente?

Martín Caparrós 

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