Artes

Jonathan Ames: “Quiero ser mortal para siempre”

Por Prodavinci | 24 de agosto, 2012

Entrevista realizada por Lluís Amiguet, publicada en La Vanguardia. A continuación un extracto:

El humor en nuestras latitudes suele ser una elaboración apenas disimulada del mal humor, el que se hace a costa de los demás individuos, familias, barrios, países, razas enteras. Es perverso, porque ignora que entre un chino y otro chino –como entre un catalán y otro catalán– hay más diferencias que entre el conjunto de los catalanes y el de los chinos, tan graciosos. Jonathan Ames, en cambio, encarna la mejor tradición del humor generoso e inteligente: la de reírse de uno mismo. “Siempre he buscado cosas que me avergonzaran y siempre he encontrado un público dispuesto a reírse de ellas”. Y tras una deliciosa tarde de charla con él estoy convencido de que seguirá encontrándolas.

Muchos creen que la gran pregunta es: ¿quién soy?

¿Y quién es?

Pero lo de verdad importante no es quién eres, sino quién crees ser. Se trata de encontrar una piel dentro de la que sentirse a gusto.

¿Cuál ha encontrado usted?

Yo soy payaso. El payaso es un tipo con licencia para exhibir lo confundido que está. Todos lo están, pero nadie se permite confesarlo como él con la excusa de hacer reír.

Por ahora sólo me hace sonreír.

Los humanos leemos o vemos películas o arte o payasos, esperamos consolarnos viendo que hay otro tipo, el escritor, artista, o el payaso, que está tan perdido como nosotros.

¿Cómo demuestra usted su confusión?

El humor tiene que ser cruel, pero sólo con uno mismo. Siempre he buscado cosas que me avergonzaran y siempre he encontrado un público dispuestos a reírse de ellas.

Por ejemplo.

Mis problemas de erección o mi penerexia. Si la anorexia hace que te veas siempre en el espejo más delgado de lo que eres, la penerexia… No querrá que se lo explique.

Hasta ahí llego… Espero.

Ya ve. Los hombres siempre estamos tan inseguros: se espera tanto de nosotros…

Por eso gastamos tantas bromitas.

Ellas, en cambio, ninguna, porque ya saben que no tienen nada que esperar.

¿Alguna otra inseguridad?

Mire, yo nunca seré corresponsal de guerra ni me jugaré el tipo por ayudar a nadie. No soy Hemingway, pero me horroriza tener halitosis. Ese horror también me ha dado la oportunidad de ser un valiente. Y lo demostraré aquí en Barcelona de nuevo.

¿…?

¡Pienso comerme un arenque con ajo en el escenario y después iré a una fiesta!

Será su muerte social.

¿Verdad? ¡Dios! No me acobarde. El otro temor de mi infancia; de cuando me obligaban mis amigos machotes a jugar a fútbol americano, es ser pateado en una melé.

Ese es más comprensible.

Trataré de superarlo en el escenario: me tumbaré en el suelo y me iré colocando billetes de veinte euros sobre el cuerpo y algunos de cincuenta en sitios clave… Incluso tal vez hasta uno de cien o doscientos en los puntos que requieren más incentivos.

¡Van a masacrarlo! ¡No lo haga!

Si hay público, incluso algunas señoras dispuestas, me sacrificaré todo yo a la audiencia por un puñado de euros. Es catártico.

¿Cómo lo sabe?

Una vez, durante un monólogo en Nueva York, coloqué billetes de los grandes sobre mi pantalón y chicas estupendas se abalanzaron sobre mí; quiero decir, sobre ellos, sobre los billetes. La ilusión es tan buena como la verdad si te la crees bastante. Así pude descubrir qué sentían los Beatles o Mick Jagger ante sus groupies. Y al acabar aquel espectáculo no quería volver a ser mortal.

¿Quienes llegan tarde al escenario y se quedan sin billetes también se ríen?

Mucho. Así disimulan su disgusto. Todo el mundo parece feliz, pero el auténtico artista, en este caso yo, no me complazco en ver como todos lo celebran, sino que me fijo en que hay un tipo al final de la tercera fila, al lado del de la barba, que no se ríe. Y entonces vuelvo a deprimirme.

Igual no se ríe porque es un tipo triste.

Tiene todo el derecho a no reírse, pero la verdad es que yo, en vez de meterme con él hasta que se ría o se vaya, me deprimo.

¿Por qué?

Por la misma razón por la que tuve que abandonar el boxeo. Porque no sé pasar de la rabia a la agresividad. Cuando me sacuden, en vez de cabrearme, me deprimo.

Mejor tirar la toalla.

Mis compañeros me chillaban: “¡Cabréate Johnny! ¡Cabréate ya!”. Pero yo me quedaba rabioso y hecho polvo en el rincón hasta que al final me levantaba lentamente para que acabara aquello de una vez y entonces el contrincante me rompía la nariz y yo me iba a casa a sangrar y a seguir deprimido.

Parece que el escenario le dé energías.

Demasiadas. Y ese es el peligro. Toda esa mala literatura que sale de las buenas intenciones. Y de la euforia del escenario. He sido guionista de alguna película con grandes actores. Realmente famosos. Y es muy triste cuando la película acaba siendo un bodrio, porque nadie se atreve a decir a los superegos presentes que es un rollo.

Ya pasa.

En el fondo, el actor es un tipo que se enfunda muchas pieles para no tener que saber quién es realmente. Y le cuesta mucho quitárselas. Se niega a ser mortal.

¿Y quién no?

Por eso, mi personaje favorito cuando se enfrenta a su propio final, acaba diciendo: “¡No quiero que me apaguen!”. Y cuando le recuerdan que es mortal, responde: “Es que yo quiero ser mortal para siempre”.

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Lea la entrevista completa aquí.

 

Prodavinci 

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