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Tratantes en odio, por Jagdish Bhagwati

Por Prodavinci | 23 de Agosto, 2012

La matanza perpetrada en julio de 2011 en Noruega y el reciente ataque a un templo sij en Oak Creek (Wisconsin) fueron obra de extremistas de extrema derecha que pretendían rehacer el mundo a su imagen neonazi. De forma semejante, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron obra de terroristas islámicos que consideran una amenaza las demás regiones y culturas, pero sería simplista creer que nuestros dirigentes no echan combustible al fuego del odio, aunque su patrioterismo adopte una forma “civilizada”.

Pregúntese simplemente a los japoneses, que fueron denunciados continuamente en el decenio de 1980 como comerciantes perversos, o piénsese en cómo la incesante cantinela actual sobre la externalización ha demonizado a la India.

No es algo nuevo. La pesada carga de las atrocidades cometidas por el Japón durante la segunda guerra mundial borró en realidad de la memoria popular de los Estados Unidos la Ley de Inmigración de 1924 y otros instrumentos legislativos federales encaminados a excluir a los japoneses y a los chinos de los Estados Unidos, además de la legislación estatal racista, como, por ejemplo, la Ley de posesión de tierras por extranjeros, de 1913 y de California. Con el estallido de la guerra, los americanos de origen japonés fueron expropiados y recluidos en campos de concentración. El Fiscal General de California, Earl Warren, abanderó aquellas medidas, el mismo Earl Warren que, un decenio después, como Presidente del Tribunal Supremo, supervisaría el rechazo de la doctrina de “separados pero iguales” en plena segregación por los Estados Unidos de sus ciudadanos negros.

La histeria antijaponesa del decenio de 1980 cayó en terreno fértil. Muchos en los EE.UU. temieron que, así como el siglo XIX había sido británico y el siglo XX americano, el siglo XXI fuera japonés, pero, a diferencia de los británicos o los americanos, los japoneses estaban ganando terreno de formas infames, exportando agresivamente a los EE.UU. y excluyendo injustamente las exportaciones de este país de su mercado interior.

Se interpretaron prácticamente todas las políticas japonesas de la forma más desfavorable. Esa propaganda fue bipartidista en los EE.UU. y, con pocas excepciones dignas de mención, se difundió por los acríticos y seudopatrióticos medios de comunicación del país. Recuerdo la observación del premio Nobel Paul Samuelson –junto con John Maynard Keynes, probablemente el mayor economista de su tiempo– de que la propaganda antijaponesa había llegado tan lejos, que los críticos del Japón sostenían que los japoneses saludaban con una inclinación a los occidentales para que les resultara más fácil cortarles las piernas.

El efecto, en particular dada una larga historia de sentimiento antijaponés, fue una predecible ola de violencia racista, incluida la destrucción de coches japoneses. La muerte a consecuencia de una paliza de Vincent Chin, un chinoamericano que fue confundido con un japonés, también resonó históricamente y recordó el seudocientífico artículo sobre cómo distinguir a los chinos de los japoneses que la revista Life publicó en diciembre de 1941.

La situación actual de los indios en los EE.UU. es diferente; no hay un bagaje de recuerdos desagradables en los que basar el prejuicio y la violencia. Sin embargo, como un cactus del desierto, el odio puede prosperar con muy poco.

Lamentablemente, el gobierno del presidente de los EE.UU., Barack Obama, no ha cesado de insistir en la externalización a la India como una causa de la pérdida de puestos de trabajo americanos. De forma semejante, el senador Charles Schumer de Nueva York ha llegado a despotricar contra el Japón, China y la India, singular ejecutoria de agresividad y analfabetismo económico, mientras que la senadora Barbara Boxer de California atacó a su más reciente oponente electoral, Carly Fiorina, por eliminar 30.000 puestos de trabajo en Hewlett-Packard durante su gestión de la empresa. En realidad, en un mundo muy competitivo, Hewlett-Packard logró salvar 150.000 puestos de trabajo sacrificando esos 30.000.

En la actual campaña para la elección del Presidente, el Partido Demócrata está atacando al aspirante republicano, Mitt Romney, con los mismos argumentos engañosos, con la aquiescencia de unos medios de comunicación complacientes con el acoso de facto de los demócratas a la India.

El resultado ha sido el de alimentar un resentimiento contra la India que a veces llega hasta la violencia. Grupos antiindios llamados dot-busters han atacado a mujeres indias. Cuando yo he me he manifestado a favor de una mayor libertad de comercio y de inmigración, se me ha tildado de “negrata de curry”.

Tampoco el gobierno de Obama acabó de arreglarlo al transferir la culpa por el fracaso de la Ronda de Doha de negociaciones comerciales multilaterales a la India. Fuera de los EE.UU., se sabe de sobra que el propio Obama dio la puntilla a dicha ronda. La idea de que “nosotros somos abiertos y los otros no”, creencia favorita de los políticos y los medios de comunicación de los EE.UU y artículo de fe para el gobierno actual, alimenta también la de que países como la India son comerciantes perversos, muy parecidos a los japoneses en el decenio de 1980.

Gran parte del mundo esperaba un comportamiento más elevado por parte de Obama. Lamentablemente, ha estado a una altura mucho más baja de lo que se preveía.

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Project Syndicate

Prodavinci 

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