Por Prodavinci | 21 de Agosto, 2012
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Artículo de Alberto Ojeda, publicado en El Cultural. A continuación un extracto:

De Venecia conmueve la fijación por la belleza que tenían quienes la construyeron (en condiciones muy complejas, por cierto, ganándole palmo a palmo terreno al mar). Es una obsesión muy presente en toda Italia, pero que en Venecia alcanza niveles entre los sublime y lo irreal. Su peculiar fisonomía, trazada por calles de agua, ensalza esa concentración de hallazgos estéticos, presente en cada esquina, en cada fachada, en cada puente, en la manera en que los venecianos colocan las plantas en sus patios… En fin, en todo. Saber, además, que esa belleza es frágil, que se cae a pedazos, te apega emocionalmente más a la ciudad. Es difícil quitarse del pensamiento la idea de que sería bonito vivir allí, a pesar de todas las incomodidades prácticas que deben afrontar sus habitantes. En Venecia el tiempo se ha coagulado en el barroco y en el renacimiento. Y no parece que tenga muchas ganas de invitar a la modernidad en el interior de las islas que la conforman. Pero la modernidad, salivante, busca colarse en la fiesta por diversas vías.

Dejando a un lado puente de Calatrava (cuarto sobre el Gran Canal), que ya en su día despertó una fuerte oposición, en los últimas semanas son cuatro asuntos -en todos ellos late de fondo la tensión entre modernidad y tradición- los que han abierto el enfrentamiento entre dos concepciones diversas a la hora conservar el patrimonio arquitectónico y cultural de la ciudad. Por un lado, están dos proyectos arquitectónicos: la torre Palais Lumière que Pierre Cardin pretende levantar en Marghera (zona industrial de la capital veneta) y los grandes almacenes que Benetton quiere construir en el Fondaco dei Tedeschi (edificio del cinquecento a los pies del Puente Rialto), para lo que cuenta con el arquitecto Rem Koolhaas (premio Pritzker en el 2000) como ideólogo. Por otro, está el tráfico y atraque en la Laguna Veneta de cruceros mastodónticos y la venta de algunos de sus palacios históricos de titularidad pública a compradores privados, iniciativa impulsada por el gobierno italiano para equilibrar sus descuadrados balances.

El Palais Lumiere comprende tres torres (intercomunicadas por una espiral) que alcanzarían una altura de 255 metros. Es decir, 145 más que el campanile de San Marcos. El diseñador francés Pierre Cardin, de origen véneto, quiere dejar su huella en la tierra de sus orígenes. Una huella de dudosa proporción con el entorno en que se asentaría. Sería imposible no ver la mole desde la Plaza de San Marcos. En realidad, se aparecería en el horizonte desde cualquier punto de la ciudad. La idea es que sea una especie de ciudad vertical que albergue una universidad de la moda, hoteles, restaurantes, instalaciones deportivas… De entrada, las entidades administrativas territoriales (estatal, regional y municipal) competentes han dado su beneplácito a la construcción. Aunque todavía no está dicha la última palabra.

Hay voces de peso que bendicen la incursión de la modernidad en la Serenissima. El presidente de la patronal veneciana es un buen ejemplo: “¿Por qué dejamos perder siempre toda oportunidad de relanzar nuestra economía? Hay tantas ciudades que han crecido gracias a la recuperación de áreas industriales en desuso, que se han convertido en polos de innovación y atracción de capital e inteligencia. Hoy necesitamos estos nuevos impulsos”.

Frente a esta interpretación se sitúa Italia Nostra, asociación clave en la protección del patrimonio artístico y cultural italiano en las últimas décadas , que ha tenido como máximos responsables a figuras como Pier Paolo Pasolini y Giorgio Bassani. La entidad está ejerciendo toda su influencia contra ambas iniciativas. Su presidenta actual, Alessandra Mottolo Molfino, ha escrito directamente a Giorgio Napolitano, jefe del Estado italiano, para que las frene cuanto antes: “Una vez realizadas estas intervenciones, cambiará para siempre la percepción de la ciudad, arruinando su skyline. Será visible sobre cualquier otra construcción y llevará a Venecia a la exclusión de los lugares catalogados por la Unesco como patrimonio de la humanidad”.

“Es lo que le ocurrió a Dresde en 2009, a causa de la construcción de un puente visible desde la ciudad barroca”, advierte Salvatore Settis, uno de los historiadores del arte más prestigioso de Italia y defensor incansable de su integridad paisajística (ganó el premio Viareggio con Italia S.A. El asalto al patrimonio cultural) . Este académico y activista denuncia también otra amenaza contra la belleza de Venecia: “Los cruceros de más de 40.000 toneladas que cada día pasan rozando el Palacio Ducal [en la Plaza de San Marcos] y contaminan las aguas de la laguna”. De nuevo estamos ante un problema de desproporción: algunas de estas descomunales embarcaciones poseen una altura de 60 metros sobre el nivel del agua. Una dimensión “irrespetuosa” para muchos venecianos. Settis se queja sobre todo que el endurecimiento de la normativa sobre cruceros en la costa italiana a raíz del naufragio del Costa Concordia no rige en Venecia. “Y no porque está más protegida, sino por todo lo contrario”. La excepción está fundada en su fuerte atracción turística, que no quiere ser disuadida de ningún modo por sus gestores políticos.

Por si fuera poco preocupante todo lo anterior, todavía hay un motivo más que ha suscitado el resquemor de los amantes de la ciudad. El gobierno de Monti ha puesto a la venta por todo el país alrededor de 350 edificios públicos. Es una de las múltiples medidas puestas en marcha para sanear las cuentas del Estado y que comprende -aquí está la fuente de discordia- varios palacios históricos. En Venecia, el Palacio Diedo, por ejemplo, ya tiene precio: 19 millones de euros. Afortunado el que lo pueda comprar: es del siglo XVIII, está asomado al Gran Canal y fue en su día un tribunal penal. Las opiniones aquí también chocan. Algunos lo interpretan como la mercantilización del patrimonio artístico de todos los italianos. Y otro creen que esos palacios en desuso serán mejor conservados por sus nuevos propietarios.

El caso es que Venecia vive días convulsos a cuento de la gestión de su patrimonio. Cuando uno va dejando atrás la ciudad no puede reprimir la necesidad de girar la cabeza siempre una vez más para poder contemplarla. Cuando te has convencido de que esa es ya la última, de que ya vale, el impulso te traiciona otra vez, y vuelves a girarla. Así de fuerte es la atracción que ejerce la ciudad. Esperemos que no la diluyan con intervenciones agresivas e irrespetuosas y sigamos girando la cabeza con deseo, hasta tener tortícolis. Que no nos toquen Venecia.

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Prodavinci 

Comentarios (1)

Lucho
22 de Agosto, 2012

Creo que se podrían negociar soluciones intermedias. Por ejemplo, con lo que dice al final sobre ese palacio del siglo XVIII: no importa que ahora se le use como Banco o discoteca, con tal que se conserve la fisonomía arquitectónica suficientemente, y según el rasero de los especialistas. Así, por un lado, se conserva el patrimonio cultural, pero también se le pone a producir, que no deja de ser tan serio y necesario como lo otro. Desde luego, hay ciertas cosas que serían, como dicen algunos estúpidos radicales, “innegociables”, como eso de poner un rascacielos en Venecia: absurdo. Es mucho más comercial y productivo mantener el aspecto presente. Eso se podría frenar o inclusive prohibir, pero hay muchas otras zonas en que se puede transar. Sobre todo, hay que recordar: “prius vivere, deinde philosophare”.

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