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El regreso de los muertos vivientes, por Santiago Gamboa

Por Santiago Gamboa | 16 de agosto, 2012

El tema de esta columna no es, por desgracia, la película de Dan O’Bannon de 1958, una pieza de colección en la moda “retro-kitsch”, sino de otra manifestación menos divertida y algo patética: el regreso de políticos que cumplieron ya su ciclo pero que intentan volver al poder, aferrándose a la idea como terneros a la ubre. Esto pasa hoy en dos países importantes para mí: Colombia e Italia.

Los “muertos vivientes” que regresan son personajes muy distintos, claro, pero iguales en lo esencial: ambos salieron por la puerta y ahora se quieren devolver por la ventana. ¿Y cómo? Pues del modo clásico: moviendo a sus huestes, agitando en la prensa, desplegando aquí y allá sus ejércitos de chupamedias e idiotas útiles para hacer proliferar la idea de que el país está al borde del abismo y es imprescindible su regreso. Como esos músicos que, obstinadamente, quieren seguir tocando cuando ya acabó el concierto y la gente abandona la sala. Simplemente patético. Pero es que ambos gozaron del poder absoluto, lo que parece conducir al ridículo absoluto.

Los motivos de Berlusconi son muy diferentes a los de Uribe, por supuesto. Como buen empresario ultraliberal, aquel tiene como fin último proteger y agrandar su emporio económico, echando mano de lo que haga falta. Italia recordará cómo su bancada defendía en el Congreso los cambios constitucionales que los abogados de Berlusconi necesitaban para lograr la preclusión de sus procesos penales. O lo de Ruby, la reina del Bunga-Bunga, esa lolita marroquí que era menor de edad en la primera de las fiesticholas y que Berlusconi y su bancada, en el Congreso y ante la mirada atónita de la oposición, transformaron en “sobrina de Hosni Mubarak”. Momentos estelares, con niveles de comicidad dignos de Totó o Roberto Benigni, que hoy parecen increíbles. El gobierno de Monti, austero y formal, dejó atrás todo eso, que ya parecía sepultado. Pero no, señores. El cadáver exquisito pide pista, regresa, quiere más.

Lo de Uribe es parecido. La Colombia de hoy, en la que, a pesar de los problemas de siempre, se respira una tranquilidad insólita, nos hace pensar lo increíble que fue haber vivido ocho años con ese nivel de crispamiento e histeria, y además creyendo que era lo normal. Semejante tempestad de odio y grosería, hoy nos da vértigo. Pero ahí está de nuevo. Uribe quiere volver como si nada hubiera pasado, acusando al gobierno de Santos —el más razonable que ha tenido el país desde que tengo memoria—, contaminándolo todo, exagerando, haciendo algo que podríamos denominar “terrorismo psicológico” vía Twitter, como si él, por lo demás, no tuviera nada que ver con esa misma realidad que critica.

Pero, ¿podremos olvidar, por ejemplo, el libro de Olga Behar sobre la relación de los Uribe Vélez con el grupo paramilitar Los Doce Apóstoles, de Yarumal? ¿Olvidar que decenas de congresistas de su bancada fueron encarcelados por paramilitarismo? Afortunadamente para Uribe es más difícil que para Berlusconi, pues debe cambiar primero la Constitución mediante referéndum (y no creo que seamos tan inconscientes) o conseguirse un candidato “marioneta”. Ah, la vanidad, el poder y sus macabras deudas. “Mala cosa cuando los muertos deciden regresar”, dice Balzac en El coronel Chabert, y cuánta razón tiene.

Santiago Gamboa 

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