Artes

En la mente del asesino, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 15 de agosto, 2012

Mientras preside la larga mesa, frente a su estado mayor, el rais se muestra ausente, extraviado; su mirada sobrevuela la sala y apenas se posa sobre los diagramas y los planos que le presentan sus subordinados. Todos saben que su carácter siempre ha sido distante -desde que su padre lo llamó a Damasco tuvo que realizar esfuerzos inauditos para vencer su timidez y atreverse a hablar en público-, pero en las últimas semanas se ha vuelto aún más frío, como si los escasos rasgos de humanidad que le quedaban hubiesen acabado por desvanecerse. Su temple nunca se decantó por los exabruptos o las descargas de violencia -privilegios reservados a su hermano mayor-, sino por la suavidad y la conciliación, y sin embargo ahora el mundo lo ve como un monstruo que no alberga la menor piedad hacia sus súbditos rebeldes.

Lo cierto es que él nunca quiso este papel, que jamás soñó con el poder. Si lo obtuvo fue contra su voluntad, impulsado por un destino aciago -y la voz inquebrantable de su padre-, y desde entonces tuvo que transmutarse en otro y suplantar a su hermano en contra de su voluntad. El fiero Hafez jamás pensó en él como su sucesor: le parecía demasiado dulce, demasiado reservado, demasiado bueno como para dedicarse a la política. Basil reunía, en cambio, todas las virtudes de un buen gobernante, al menos a ojos de su padre: firme, apuesto, implacable. Pero también era soberbio e irrefrenable, dispuesto a todo con tal de demostrar su valor, hasta que su soberbia lo llevó a estrellarse contra un arcén cuando se dirigía, una mañana de bruma, hacia el aeropuerto.

¡Imbécil! Si Basil no se hubiese empeñado en doblegar todas las normas -incluso las de velocidad-, Bachar no tendría que estar hoy aquí, frente a esos generales y funcionarios que cada día le resultan menos confiables, escuchando sus insulsas alabanzas y discutiendo los distintas opciones de lucha contra los terroristas de Alepo. Mientras su hermano siempre supo que seguiría la carrera militar -aunque hubiese hecho la farsa de estudiar ingeniería-, él en cambio se consagró con pasión a sus estudios de medicina en la Universidad de Damasco y se empeñó en convertirse en un célebre oftalmólogo mientras estudiaba el posgrado en Inglaterra.

En un parpadeo, Bachar casi es capaz de contemplar la vida que podría haber tenido si Basil no hubiese desbarrado rumbo al aeropuerto: su consulta en Kensington u otro barrio posh, su vida al lado de Asma -la hermosísima Asma que lo enloqueció en sus devaneos londinenses y en la cual ahora tampoco confía-, los paseos a lo largo del Támesis con sus hijos, su apacibles vacaciones por Europa, las esporádicas visitas a Siria, cada vez menos frecuentes desde el ascenso de Basil, la normalidad de un profesional rico y exitoso en un país civilizado. ¿Por qué no podría estar hoy en Londres, disfrutando de los juegos olímpicos como cualquier otro aficionado, en vez de tener que sofocar una revuelta a sangre y fuego?

No, el maldito Basil tenía que matarse y a su padre no le quedó otro remedio que usarlo como recambio. ¡Qué tristeza y qué decepción para el viejo! Bachar nunca fue para él más que un segundón y ahora se veía obligado a recurrir a él para conservar su dominio sobre el país. Increíble: el imbécil de su hermano se mató -y casi mató a su primo- por culpa de su imprudencia y su padre lo convirtió en “mártir de la nación y ejemplo de la juventud siria”. ¡Como si imponiendo su nombre a calles, plazas, conjuntos deportivos y edificios, y multiplicando su fotografía en cada rincón del país, pudiese mantenerlo con vida!

Ocultando su rabia, Bachar acudió junto a Hafez cuando éste lo hizo llamar. Para ponerlo a prueba, su padre lo puso al cargo del “expediente libanés”, y él no dudó en resolverlo con una crueldad que él mismo no imaginaba. Tal vez el poder no estuviese entre sus prioridades, pero la naturaleza guerrera de sus ancestros se encontraba allí, almacenada en sus genes, y sólo necesitaba resucitarla. Entonces cambió su vida para siempre: en vez de curar y aliviar a la gente, en vez de darle luz a los ciegos, en vez de ser un padre de familia normal y apreciar las Olimpíadas por televisión, le tocó administrar la pesada herencia de su padre.

Si alguien se lo preguntara, preferiría aquella otra vida. Pero ya no hay remedio. Luego de atravesar estos largos meses de acoso por parte de los terroristas, de padecer las traiciones de sus generales y ministros, de convertirse en el villano favorito de la prensa internacional -incapaz de comprender que él es la última barrera contra los islamistas-, Bachar sabe que no le queda otra salida excepto confiar en el juego geopolítico y esperar que rusos, chinos e iraníes continúen apoyándolo. Comportarse como lo habrían hecho su padre o su hermano muerto. Y esperar que, en el peor de los casos, su astucia le permita tener la suerte de Ben Ali, y no la de Mubarak o Gadafi.

-Acaben con ellos -musita por fin, en voz baja-. Aplástenlos.

Jorge Volpi 

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