Artes

Literatura que nace de la guerra

Por Prodavinci | 9 de agosto, 2012

Artículo de Domingo Marchena, publicado en La Vanguardia. A continuación un extracto:

De Troya a Damasco, la historia de la literatura es también la historia de la guerra. Desde La Ilíada o La Odisea, los escritores han explicado que el hombre es un lobo para el hombre. Las batallas han sido y son una fuente inagotable de inspiración. Y para muchos autores, algo más.

Un oficio o una obligación.

Jenofonte (428-354 a.C.) fue uno de los primeros en cambiar la espada por la pluma. Y en descubrir que la verdad es la primera víctima de todas las guerras. Como relató en Anábasis, los mercenarios griegos que cruzaron el Helesponto con él creían que iban a enfrentarse a unas pocas tribus hostiles, y no a las tropas del todopoderoso rey Artajerjes.

Diego Hurtado de Mendoza, Francisco de Xerez, Lope de Vega, Cervantes, Calderón de la Barca… España tiene una rica tradición en soldados escritores. Para Quevedo eso era lo más natural en un país con una palabra como saeta, que tanto puede significar “mortífero dardo como lamento de poeta”. Pero, incluso en el país de las saetas, pequeñas grandes joyas del género pueden permanecer ignoradas años y años.

Eso ha ocurrido con Sagapò, del italiano Renzo Biasion (1914- 1996), que vio la luz en 1953 y que acaba de ser traducida al castellano por Juan Díaz de Atauri para la editorial Acantilado. Al igual que el estadounidense Kurt Vonnegut y el alemán Ernst Jünger (para cuyo currículum militar no hay espacio en estas páginas), el subteniente Biasion participó en la Segunda Guerra Mundial. Acabó asqueado de las trincheras y de la brutalidad, como Jünger, quien confesó: “El uniforme que tanto he amado me causa repulsión”. Y como Vonnegut, gracias al cual sabemos que los aliados ocasionaron en Dresde con bombas convencionales una hecatombe digna de Hiroshima, Renzo Biasion cuenta cosas terribles sin renunciar a la ternura y a una sonrisa. El autor formó parte, muy a su pesar, de la alocada invasión de Grecia y Albania ordenada por Mussolini, y que estuvo a punto de acabar fatal para los italianos -mal dirigidos y peor equipados-, si el Führer no hubiera auxiliado al Duce.

Sagapò o s’agapò era la forma que tenían los soldados italianos de decirles “te quiero” a las griegas, en griego macarrónico. Y de eso tratan los trece cuentos de su libro, del amor en los tiempos de la cólera, en los tiempos de las “tempestades de acero” de Jünger. Pero al contrario que otros italianos marcados por la devastación, como Curzio Malaparte o Primo Levi, Biasion no se refugió en la literatura. Sólo escribió dos libros, y uno de ellos, Tempi bruciati (Tiempo quemado), aún no ha sido editado en nuestro país.

El autor, soldado a la fuerza, preso sin culpa, acabó entre rejas en Alemania cuando Italia dejó de ser su aliada y firmó el armisticio. En la prisión comenzó a escribir, pero en realidad él era pintor y a los pinceles volvió al recuperar la libertad, con esos dos únicos paréntesis. Los críticos valorarán los cuadros que ganó la posteridad, pero nunca conoceremos al narrador que perdimos.

O sí. Sagapò da sobradas pruebas de un brillante talento. La pasión por la pintura se trasluce en frases como “la garza blanca era como una gran vela en el cielo, desplegada e hinchada por el viento”. O como esta otra: “Las rocas, lavadas por la lluvia, se veían blancas y limpias, con cercos de humedad, como paños tendidos al sol”. Las descripciones de la luz y el mar, los otros protagonistas de sus textos, son el mejor resumen de un lienzo de Sorolla: “El agua era de un color azul tan intenso que parecía una gema encastrada entre las rocas”.

Dice Biasion que los italianos, “sudados, sucios, cansadísimos”, se dedicaron a las únicas conquistas que les importaban, las griegas, “a las que consolaban sin dejar de hacer uso de sus manos”. Eran pobres que mataban a otros pobres y que “lo soportaban todo con el fatalismo de los simples”, aunque a veces “se sintieran presos de una nostalgia desesperada” o “abrumados por una sensación de espanto, como el presentimiento de una desgracia”. Marionetas en manos de la fatalidad.

“Los combatientes -escribe este autor tan interesante como parco en títulos publicados- son como las hormigas; se los traslada a miles de millas y enseguida reemprenden sus actividades como si nada”. La frase recuerda a otras de esa catedral que es Guerra y paz. Tolstói afirma que los pobres de uno y otro bando eran “instrumentos inconscientes de la historia” y se transformaban en “soldados que corrían como hormigas a las que hubieran destruido sus hormigueros”.

Entre la barbarie, entre tantas muertes, había tiempo para el amor y para el humor. Un teniente destinado en un desértico risco de Creta escribe apesadumbrado a sus jefes y les pregunta qué puede hacer con los doce hombres de su puesto. “Puede interpretar De Profundis”, le responden. Uno de los relatos también habla de una bizca, uno de cuyos ojos “hacía la guerra por su cuenta”. O de un soldado que era el blanco de las bromas de todo el batallón por su gran conocimiento sobre las mulas; más adelante se descubre que era un conocimiento en sentido bíblico.

Biasion se permite bromas, pero no comprende la indiferencia ante el dolor y se lamenta de que en los lugares no afectados por los bombardeos “todo estuviera como antes”, con mujeres que iban del brazo de sus amantes, niños que jugaban en las calles y viejos que fumaban lentamente.

El primer editor italiano añadió al libro el subtítulo de Crónicas de la guerra de Grecia, una frase que nunca agradó al autor, que estaría mucho más de acuerdo con la aclaración de la edición de Acantilado: Sagapò (Te quiero). En sus páginas hay destrucción, sí, pero sobre todo hay seres humanos “con ganas de desahogarse y llorar”, más preocupados por amar que por odiar.

El escritor Albert Camus explicó que tras la primera guerra púnica, Cartago seguía teniendo poder; tras la segunda, seguía siendo habitable; y tras la tercera, desapareció del mapa. Mucho más contundente fue Albert Einstein, cuando dijo que no podía imaginarse con qué armas se combatiría en la Tercera Guerra Mundial, “pero sí con qué se luchará en la cuarta: con palos y mazas”. De eso trata este libro.

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Prodavinci 

Comentarios (1)

Luis Aníbal
9 de agosto, 2012

¿Y qué otra cosa es la Historia sino la crónica de la guerra y la violencia in extremis? Pero hya también una historia de las artes y otra de la ciencia ¿Adónde están las plazas y las calles o avenidas dedicadas a ellos? El héroe de guerra mata a los de las artes y las ciencias.

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