Artes

Cenicienta S&M, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 8 de agosto, 2012

-Tienes que leerlo -le dice la chica en la fila del cine a su amiga-. Hay cosas que nunca imaginé.

-Tienes que leerlo -le dice la joven madre a su marido mientras atraviesan el Adriático-. Es súper sexy.

-Tienen que leerlo -le dice la abuela a sus amigas en su círculo de lectura de los miércoles.

Cada cierto tiempo, por razones que escapan a cualquier previsión -y a los gurús de la mercadotecnia-, un libro consigue abrirse paso entre los lectores, de mano en mano y de boca en boca, hasta convertirse en una epidemia que llega a infectar millones de cerebros a la vez. El fenómeno sigue el mismo patrón: una obra atrapa a unos cuantos aficionados, los cuales la recomiendan a sus conocidos, y éstos a otros, hasta alcanzar una masa crítica que por fin despereza a sus editores. Cuando éstos constatan el crecimiento canceroso de su criatura, una repentina inyección de publicidad puede transformar un éxito local en un best-seller global. Así ocurrió con Harry Potter, con El código Da Vinci, con La sombra del viento, con la trilogía de Stieg Larsson y ahora con Cincuenta sombras de Gray y sus secuelas, de E. L. James, el pseudónimo de una antigua ejecutiva de la televisión británica que en las últimas semanas ha vendido más de 15 millones de ejemplares. Con una diferencia: el libro primero fue autoeditado en versión electrónica y sólo después apareció en papel.

En esta ocasión no nos hallamos frente a una epopeya juvenil, ni un thriller eclesiástico, ni una aventura libresca, sino una novela porno-romántica (o romántica-porno). En una era en que las escenas de sexo se encuentran por doquier, nadie anticipaba que una historia de amor y sadomasoquismo (o de sadomasoquismo y amor) pudiese interesar a nadie, y menos a las desprejuiciadas mujeres burguesas de Gran Bretaña y Estados Unidos. Ante la magnitud del torbellino -eriza la piel que 15 millones de personas estén leyendo las mismas frases-, los analistas no han tardado en pronunciarse. Para numerosas feministas, el éxito de las Sombras sugiere un retroceso: mujeres liberales que necesitan fantasear con la dominación. Para los críticos literarios, se trata de una engañifa debido a su estilo descuidado, sus personajes estereotípicos y sus diálogos risibles (aunque hace mucho que nadie hace caso a los críticos literarios). Y para los lectores comunes, o al menos para quienes califican los libros en Amazon, hay una clara división de opiniones: 3900 reseñas le otorgan cinco estrellas, frente a 3100 que le conceden apenas una.

La trama central de la trilogía no sorprende, en efecto, por su audacia: una joven y guapa estudiante de literatura (virgen) se topa con un joven y guapo multimillonario (S&M) que no duda en iniciarla en las prácticas de la sumisión sexual: un relato repetido en cientos de novelas románticas y libertinas. ¿Dónde se halla la originalidad? Acaso en la mezcla de los dos géneros, como si las Cincuenta sombras buscasen ser un híbrido entre la Juliette del Marqués de Sade y una novela de Danielle Steel. Mientras Gray se esfuerza en “educar” a su pupila en las delicias del látigo y su “cuarto rojo del dolor” (y le regala coches último modelo, primeras ediciones de clásicos literarios e incluso una editorial), Anastasia nunca pierde su naturaleza romántica: aunque Gray la azote y la amarre, ella no descansará hasta “domarlo” a él y convertirlo, muy a su pesar, en un enamorado común.

La mezcla de géneros parece garantía de éxito: si Harry Potter oscila entre la novela gótica y la novela de formación, El código Da Vinci, entre el thriller y la historia sacra o La sombra del viento entre la erudición y la aventura, las Cincuenta sombras se balancean entre el romance y la pornografía. Y acaso lo peor sea que, al final, triunfa el primero: por más que Gray abuse de Anastasia, obligándola a firmar un contrato -procedimiento robado a La venus de las pieles de Sacher-Masoch-, será ésta quien al final dulcifique a su Barbazul o su Bestia, como si las 1500 páginas de la trilogía fuesen un maratón de foreplay que termina con un matrimonio en el que, más allá de sus gustos “excéntricos”, sus protagonistas “vivieron felices y comieron perdices”.

Quien busque una obra más ambiciosa y arriesgada sobre el tema, podría desempolvar la Historia de O, de Pauline Réage (pseudónimo de Anne Desclos), pensada como un regalo para su amante, el editor Jean Paulhan, el cual escribiría el prólogo para la edición de 1954. Desclos también era una mujer moderna y liberada que soñaba con escenas de sumisión sólo que, a diferencia de su desvaída émula británica, llevó su fantasía hasta las últimas consecuencias, trastocando los roles sexuales de su tiempo y atreviéndose a exhibir, sin tapujos, su vocación de esclava. Por desgracia, nuestra infantilizada sociedad contemporánea continúa decantándose por inocuas historias de amor romántico… aunque sus páginas estén llenas de latigazos, fisting y bondage.

Jorge Volpi 

Comentarios (2)

Angela Oraa
8 de agosto, 2012

Después de leer esta crítica de Volpi, desempolvaré la Historia de O.

Michelle Roche R.
14 de agosto, 2012

¿Y no es de eso que se trata la imagen de la mujer en toda la historia de la literatura? De su capacidad para “civilizar” al hombre, de convertirlo en un individuo apto para la vida en sociedad. Desde que la mujer aparece como tema literario en los cantares de gesta del medioevo, no se la vio sino como instrumento de “dulcificación” –¿será el nombre Dulcinea otro chiste de Cervantes?– del macho guerrero. Por eso la contraparte de la hermosa doncella, la bruja untosa y sucia -en el plano mental, sucia de lujuria, en el mundano, de fango- es la mejor representación de la visión de la mujer que existía en aquella época constreñida en la cosmovisión católica, según la cual estaba torcida, como la costilla de Adán de la cual nació. La Cenicienta a la que te refieres acá, tiene para mí una “virtud” adicional a todas las que señalas (denuncias) acá: trae al siglo XXI, en el que las mujeres son dueñas de sus fantasías sexuales, la convicción de que aunque el hombre quiera dominarla sexualmente (y justamente por eso) son todos posmo, porque el discurso posmoderno les otorga la falsa sensación de que están rompiendo las normas.

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