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Artes

El garzón de Providencia, por Arturo Almandoz

Por Arturo Almandoz Marte | 7 de Agosto, 2012
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1. De muchacho conoció las privaciones en los turbulentos años de la Unidad Popular. Recordaba por ejemplo a su mamá haciendo largas filas en las calles bajas del barrio Bellavista, para poder comprar las raciones autorizadas de carne y aceite, leche y pan; cuando le tocaba a él acompañarla, mientras se quejaban con otros vecinos de la inflación que frisaba 500 por ciento, su mamá siempre le señalaba la mansión que se divisaba en la parte alta, donde vivía Neruda con la Chascona. Si bien admiraba el joven estudiante al entonces embajador en París, cuyos versos casi se rezaban en los colegios y liceos por aquellos años comunistas, no entendía Marcelo cómo había colocado el poeta sobrenombre tan prosaico a doña Matilde Urrutia, su tercera esposa.

Recordaba asimismo a su papá llegado de la fábrica y quejoso de la fortuna que había tenido que pagar en el mercado negro para comprar unos dólares, remesa para el hermano mayor de éste, emigrado a Caracas poco después de que ganara Allende en el 70. Técnico dedicado a la agroindustria desde la reforma agraria que iniciara Frei, en el marco de la Alianza para el Progreso impulsada por Kennedy, el tío de Marcelo había sido de los primeros en rebelarse, durante los modestos pero prolongados almuerzos dominicales en la casita de Bellavista, ante la sediciente reforma agraria de la Unidad Popular, que era según él invasión de tierras y propiedad privada, perpetrada sin la debida asistencia técnica a campesinos y distribuidores. Por su parte, el papá de Marcelo argüía que había que dar una oportunidad al primer presidente comunista electo democráticamente en el mundo, pero el tío, avezado en economía, ripostaba que ese honor tan flaco no duraría mucho con 3.500 millones de dólares en reservas internacionales, y una nacionalización de empresas que había probado ser insostenible en Latinoamérica después de la Segunda Guerra Mundial.

Un domingo llegó con la decisión tomada de irse a Caracas, que a comienzos de aquella década epitomaba, todavía y desde lejos, la riqueza petrolera y la modernidad urbana que los chilenos contemplaban con asombro desde su austral país de loca geografía, como lo llamara Benjamín Subercaseaux en su ensayo homónimo. Desde aquella partida del tío respetado y entrañable, quedó Marcelo marcado no sólo por el espejismo de una Caracas moderna, sino también por el despropósito de aquel ensayo comunista que, de hecho, acabaría el 11 de septiembre del 73 con la inmolación de Allende.

2. Un poco como la utopía socialista de su culto país, los proyectos adultos de Marcelo se fueron amagando en la austeridad dictatorial impuesta por Pinochet y su junta, quienes habían sido recibidos con alivio en los almuerzos dominicales de Bellavista, a pesar de los trágicos sucesos de La Moneda. A punto de graduarse del bachillerato, recordaba con tristeza cuando sus padres le comunicaron que no podrían sufragar sus estudios universitarios, ahora que el régimen militar había retirado el subsidio a la educación superior; formaba esta privatización parte de las modernizaciones recomendadas por los Chicago Boys, que ministraban el único gobierno latinoamericano en atreverse al liberalismo a finales de los setenta, cuando comenzaba éste a ser pregonado por la Nueva Derecha de Reagan y Thatcher. Aunque era profusamente comentado en la prensa sumisa, Marcelo y sus padres oían de estos beneficios, para ellos tan dudosos, en las llamadas telefónicas del tío, así como durante sus ocasionales visitas a Santiago, después de montar una agencia de viajes en Caracas.

Quizás por ser más bien tardo en los estudios, no guardó Marcelo mayor resentimiento o frustración por no poder registrarse, como en algún momento soñaron sus padres para él, en la Universidad de Chile o la Católica, que eran las principales entre las no muchas existentes en Santiago a la sazón. Tampoco prestó mucha atención, a diferencia de sus compañeros cabeza caliente, a las atrocidades cometidas por la dictadura desde la ominosa represión en el Estadio Nacional al calor del golpe, continuada por la DINA con más discreción en Villa Grimaldi y otros soterrados escenarios de tortura y vejación. Quizás por su temperamento farandulero, de las impresiones que más conservó Marcelo de aquellos años sombríos estuvo la aparición que Pinochet hiciera, acompañado por doña Lucía, en el festival de Viña del Mar en el 78; al inaugurarse la televisión a color con aquella transmisión histórica, se realzaba asimismo la imagen de un régimen que exageraba los modestos logros del temprano milagro chileno.

Más allá de la televisión y la prensa, a través de una sofisticada operación ideológica, se comenzó a fabricar y difundir la tesis de que los logros militares eran la concreción heredada del liberalismo económico y el conservadurismo político, personificados en el albor republicano chileno por el pragmático Diego Portales, acaso el más influyente ministro de la historia latinoamericana decimonónica. Por ello la dictadura volvió inicialmente a la constitución portaliana de 1833 que redactara Manuel Egaña, tomada como ejemplo incluso por Alberdi cuando le tocara proponer una carta para la Argentina liberada de Rosas; por ello se invocó asimismo el código civil que Andrés Bello redactara para aquella temprana república oligárquica que, después de la breve anarquía que siguiera a la Independencia, probó ser de las más estables y disciplinadas del turbulento siglo XIX latinoamericano. Y todo ese pragmatismo dictatorial era presidido, a modo de primer ancestro chileno, por Pedro de Valdivia, retratado por historiadores como Eyzaguirre en tanto secularizado hombre de su tiempo renacentista, a diferencia de las medievalizadas estampas de conquistadores de naciones vecinas, como Diego de Almagro y Francisco Pizarro.

Por aquellos años eufóricos en que se inauguraba la carretera Austral y Santiago alardeaba de un metro y de la torre Entel, decidió Marcelo formar un grupo roquero llamado Los Garzones, como se apelaban entre ellos algunos muchachos de Bellavista, para tocar en cafés y bares, pero sobre todo en las “fiestas de toque a toque”. Llamadas así porque tenían lugar en las casas pudientes, desde el inicio nocturno hasta el final matutino del toque de queda dictatorial, los repertorios heterodoxos incluían desde el contestatario Canto Nuevo, de dejos siempre tristes y revolucionarios, hasta la ya de por sí eclética música disco. Marcelo prefería interpretar versiones de esta última, desde ABBA hasta KC and the Sunshine Band, aunque siempre pedía algún asistente que le tocaran clásicos de Violeta Parra o la Nueva Trova Cubana. Tal como Marcelo recordaría al disolverse la banda a finales de los ochenta, por aquellos agitados meses en que Pinochet convocaba al plebiscito, los repertorios de Los Garzones en las fiestas de toque a toque compendiaban aquella sociedad que se debatía entre la añoranza comunista y el regodeo consumista, en medio de los crecientes beneficios de un milagro económico cada vez más fehaciente.

3. Desde los noventa, casi que con la vuelta de Chile a la democracia al amparo de la Concertación liderada por Aylwin, Marcelo comenzó a trabajar como camarero en Los españoles, un pequeño hotel de negocios en la comuna de Providencia. En su diario recorrido desde la estación Moneda, al sur de la Alameda, adonde se mudara después de casado, el mozo contempla con asombro los rascacielos corporativos que han despuntado en las arboladas avenidas Andrés Bello y Santa María, 11 de Septiembre y Suecia, coronadas contra la sierra por el Costanera Center y la rutilante city de Vitacura. No obstante la profusión de torres y hoteles frecuentados por ejecutivos del Primer Mundo y la OCDE – a la que ahora pertenece Chile – todavía quedan en la zona muchos chalets y mansiones de los veinte y treinta, muestras de aquella expansión residencial burguesa hacia el barrio El Golf y otros suburbios ajardinados; piensa Marcelo que seguramente, si bien más sofisticados que los de la casita de Bellavista en su juventud, allí se escenifican cada domingo los profusos almuerzos de las novelas de Donoso, cuya lectura ha comenzado el mozo a degustar en la adultez.

Tan pronto los empleados del hotel supieron de su pasado como cantante roquero de una banda, comenzaron a llamarlo “El garzón de Providencia”, quizás por hacerle sentir identificado con la comuna que lo acoge ahora como trabajador, siendo al mismo tiempo un nombre resonante del Santiago dinámico y moderno; pero también podrían haberlo llamado el garzón de Bellavista, donde creciera, o de la Alameda, en cuyo tramo céntrico vive Marcelo con su mujer y sus dos hijos. Aquí se observa un relativo rezago al sur de la avenida, cuyos barrios no son tan elegantes y dinámicos como los de Providencia y Vitacura, aunque el suyo está poblado de las primeras mansiones art nouveau que la élite de la Bella Época estableciera al migrar del centro, guiada por los Errázuriz y los Subercaseaux, los Ariztía y los Irarrázaval, entre otros apellidos vinosos. Lástima que sus palacios están todavía deslucidos, le han hecho notar los vecinos a Marcelo, porque la conservación patrimonial no era rentable en tiempos dictatoriales, aunque ahora la renovación está comenzando, como en otros céntricos distritos santiaguinos.

Si bien se siente tranquilo con ser mesonero y barman, además de ganar un sueldo aceptable completado con propinas, no quiere cometer con sus hijos el mismo error que ocurriera con su propia educación universitaria, debido a la liberalización del modelo económico; por ello ha decidido Marcelo adquirir el préstamo para financiar los estudios de los muchachos en alguna de las tantas universidades que han proliferado en Chile durante las últimas décadas. Tal como me ha comentado cuando me atiende en el bar o en el comedor de Los españoles, adonde comencé a ir desde 2006, no lamenta la privatización educativa ni el liberalismo brutal que le costara su profesión universitaria; pero para sus hijos quiere una buena educación, que es la mejor manera de superar el conservadurismo social tan inveterado todavía en Chile.

Parece repetir Marcelo la lección secularizada de Sarmiento, exiliado en Chile durante la dictadura de Rosas, pero sobre todo la de Bello, “el gran maestro venezolano que nos une”, como me repite siempre, aunque los más de sus compatriotas vean al venezolano como chileno. No sólo por ese vínculo histórico me trata el garzón de Providencia con especial amabilidad: siempre me menciona también lo moderna que debía haber sido Caracas, en la que nunca ha estado, pero que así recuerda desde que el tío se marchó allí, huyendo del comunismo; pero ya éste ha regresado desde hace años, me añade con tristeza, porque comenzó a observar mucho de lo que le había hecho dejar al Chile de la Unidad Popular.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (4)

Lucho
7 de Agosto, 2012

Conmovedor texto, y bastante realista (aunque un poco cargado a lo “antijunta”, como decíamos en esa época). La verdad, es difícil juzgar el éxito chileno. Tengo familiares allá, y dicen que los servicios son carísimos. Ya sabemos que en Venezuela llenar un tanque de auto común y corriente puede costar menos que algún periódico y ciertamente menos que una caja de cigarrillos, pero lo que es impresionante es comparar cuentas de luz, gas, aseo, etc. en uno y otro país. Cuando vemos eso, nos sentimos bien de estar en Venezuela,… hasta que nos hablan de la seguridad… Ahí sí salimos raspados. Y no solo con Chile, sino con la mayor parte del mundo…

Arturo Almandoz
8 de Agosto, 2012

Gracias, Lucho, por los insumos comparativos y la puesta en perspectiva.

Alexandre Daniel Buvat
10 de Agosto, 2012

Valdría la pena explorar (seguramente habrá algunos ensayos) porqué a partir de tantas seculares desigualdades y abusos y falsedades de las élites chilenas el pueblo se rebeló y quizo tomar para sí en pocos meses lo que no les había pertenecido ni sabido administrar por siglos y porqué basado en la amenaza y la publicidad oficial y en apoyo de la fuerza armada y del norte Chile inicia un despegue económico con mejoría general de sus cuentas, inflación y empleo aunque con altas desigualdades que de nuevo asoman quiebras abusos y protestas Los chilenos , los Marcelos, los Jairos de Colombia, los Juanes de Venezuela y tantos otros tienen pasividad y servidumbre por años para luego una breve ola de alzamientos o la violencia cotidiana que parece servir de escape a la gran confrontación. Masas que son atrapadas con dádivas y discursos heróicos, o al contrario, con control social para ejercer políticas neo liberales. LatinoAmérica tiene tantas y dolorosas similitudes y tantos ciclos semejantes, aunque parecería, como en el caso chileno que una élite con mezclas alemanas, inglesas y vascas y otos paisee con viejas élites dominantes como Máxico o Colombia o Brasil generan cambios y contrastes y nuevas formas de “surgimiento” de los Marcelos, distintas a alas que observamos en Venezuela.. Perdona la larga disquisicón y recibe mi felicitación por el como siempre bien escrito y sustancial artículo

Arturo Almandoz
12 de Agosto, 2012

Nada que perdonar, Alexandre, al contrario: gracias por plantear factores recurrentes y contrastantes de los casos latinoamericanos. Muy apreciado comentario, como siempre.

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