Artes

Ya no sería lo mismo, por Francisco Massiani

Cuento perteneciente a su libro El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes (Caracas: Monte Ávila. 1975)

Por Prodavinci | 5 de Agosto, 2012
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Para Baica Dávalos

 

–Aquí jugué yo cuando estaba chiquito –dijo el hombre–. Cuando teníamos como siete años.

–¿Te gustaba mucho?

–Sí, muchísimo. No hubo otra cosa en mi vida hasta que apareció el amor.

–¿Qué amor?

–Hasta que apareció eso que llaman enamorarse y amar y dejar de enamorarse y dejar de amar y así.

–Lo que hacemos tú yo? –preguntó la mujer, divertida.

El hombre por primera vez, desde que habían dejado la fiesta, había sonreído. Había sonreído al decir amor y ella confiada, lo imitaba. Pero el hombre no respondió a la pregunta. El hombre miraba fijamente a uno de los arcos.

–¿Qué te pasa? ¿Estás triste?

–No, no estoy triste.

–Estás tristísimo.

–No, no lo estoy.

–Hablas de fútbol… no sé, ¿por qué no sigues jugando?

–No puedo, ya no. Claro que puedo, ¿ves? Pero no es lo mismo. Las piernas ¿me entiendes? No me dan, no soy el mismo.

–Pero tienes otras cosas, ¿no?

–No, claro que tengo otras cosas. Pero, claro que sí. No es eso. Sólo quería traerte, tenía ganas de ver un campo de fútbol.

–¿Tú jugabas muy bien?

–Jugaba adelante –dijo él–. Jugaba de centro delantero o de ínter.

–¿De qué?

–Adelante. Jugaba con la gente que se encarga de meter goles. No hay nada más maravilloso que meter un gol.

–¿Y yo?

–No hay nada, te juro que no hay nada más maravilloso que eso. Lo único parecido es un gran amor en el momento en que el amor une al hombre y a la mujer en una mirada repleta de todo el amor que no pudieron dar durante muchos años. Es lo único.

–¿Qué es un gol? Quiero decir, ¿cómo se mete un gol? –ahora la mujer no sonreía.

–¿Un gol?

El hombre pareció sentirse por primera vez confiado a la mujer y por primera vez pareció mirarla y no hablarle por responderle o por hacerla sentir que la recordaba. Ahora el hombre la miró a los ojos y entusiasmado le respondió que un gol era adivinar a una mujer en una multitud, adivinarla como una vieja amante sin haberla conocido todavía, saber que ya la amabas sin haberle preguntado el nombre ni nada. O era más, depende, o no era nada, como el último gol de un equipo que fuera derrotado a pesar del último gol, del gran esfuerzo, derrotado injustamente por el árbitro o porque simplemente lo derrotaron porque la pelota se empeñó en pegar en el travesaño como a veces las palabras se empeñan en traicionar el buen deseo de llegar a esa mujer que adivinas en una fiesta, o cuando algún maricón que nunca falta se encarga de calumniarte por envidia antes de que tú entres en la mujer y ella te reciba con el agradecimiento viejo y maduro de haberte esperado toda una vida.

–Hablas lindo– dijo ella.

–No, no hablo lindo ni nada. En realidad –dijo el hombre– un gol se mete por suerte, por pura suerte como casi todo en la vida. Claro que hay que dar todo lo que tienes de bueno sin reservas para que la suerte sea para ti y no para otro jugador mejor y que haya dado más que tú, porque entonces seguramente la suerte irá a sus pies y no a los tuyos y no habrá gol ni habrá otra oportunidad igual, sino distinta, o no la habrá simplemente. Pero basta que tú no entregues todas tus ganas, basta que te quedes con un poco de duda o de temor, basta que te reserves un poco de la energía que consideras que no debes gastar del todo, para que ese gol no se dé, para que algo que parecía imposible ocurra: la pelota que pega apenas en el palo de arriba o el arquero la para con el dedo gordo del pie o algún defensa andaba buscando una piedrita dentro del arco y el balón se estrelló en su nuca.

Ella se rió. Él también lo hizo.

–Cuando hablaste de una sola oportunidad…

–Hablé de fútbol, sí, de una sola jugada. Sabes que se puede aprender muchísimo en el fútbol, ¿no?

–Sí, supongo –dijo ella, y bajó la cabeza.

–En serio, se puede aprender muchísimo. Incluso mirándolo, pero sobre todo jugándolo. Yo aprendí a saber quiénes eran los acusetas y los falsos y los mentirosos y los bondadosos.

–Yo no he jugado contigo al fútbol –dijo ella.

–Te decía que en el fútbol se aprende mucho más de lo que tú imaginas. El hecho de tú arriesgarlo todo por el solo propósito de meter una pelota en un arco… ¿Comprendes? Hoy hasta una conversación tiene un precio, hasta un abrazo…

–¿No será tarde? –preguntó la mujer.

–¿Cómo?

–Me pregunto qué hora será –dijo ella–. Salimos hace dos horas.

–No aguantaba –dijo él–. Perdona, pero es verdad. Además, ¿no te parece lindo? Fíjate en esas nubes rojas y el azul oscuro y casi se ven ya las estrellas y todos los árboles rodeándonos y el campo quietecito, tranquilito, ¿no es lindo?

La mujer abrió el bolso que traía y sacó un cepillo de pelo. Se peinaba sacudiendo la cabeza que echaba hacia atrás, de cara al cielo.

–Te pregunto si te gustaba –dijo él.

Se incorporó, pero volvió a sentarse junto a ella. Había menos luz porque el día se iba y había un aire color rosa en todas partes. La mujer buscó la mano del hombre y éste la apartó y la enterró en el césped y después la apretó y la golpeó contra su muslo derecho.

–Perdona –dijo–, pero es que me acuerdo de tantas cosas, ¿ves? De aquella vez que el Pepe García, o el Gordo Peralta se durmió o la vez que le di golpes hasta hacerlo sangrar a un pobre muchacho porque había perdido la única oportunidad de hacer gol y así empatar, ¿entiendes? Y lo que tenía era un dedo reventado, un dedo hecho pura carne cruda y no pudo chutear y no dijo nada. Nada. Absolutamente nada. ¿Me entiendes? No había un mejor amigo como el Pepe García o Carlos Alberto Pizarro o el mismo Gordo durmiéndose porque le daba la gana y ahí nomás se dormía el desgraciado.

–¿Aquí mismo?

–No, aquí no, pero es lo mismo. Aunque no es lo mismo. La verdad es que no es lo mismo. Fue en Chile. Ahí aprendí…

–¿En dónde?

–Ahí aprendí muchísimo.

–Más que todo lo que aprendiste después. Es eso lo que quieres decir, ¿no?

Él calló.

–No entiendes nada –dijo.

–Fuiste tú quien quiso traerme aquí –dijo ella–. No tengo la culpa.

–Quería venir acá –dijo él–. Me parecía una estupidez.

–Te parecía una estupidez mi gente, ¿no? Mi familia, ¿no?

–No, no era eso. Me entristeció el bautizo. Siempre me entristecen. Traer un pobre nené moqueando al mundo…

–Mi pobre hermano. Si oyera tu pesimismo…

–No soy pesimista. No soy nada. Déjame ver el campo en paz, carajo. Pero, ¿no ves que es una maravilla? ¿No ves que es realmente una maravilla?

Se incorporó y de pie señaló con la mirada la maravilla del campo que los rodeaba.

–Es una maravilla –insistió–. Es realmente una maravilla.

–Me están picando las hormigas –dijo la mujer.

–Cuando estaba chiquito me gustaba tocar los postes de los arcos antes de que comenzara el juego. Así sentía que podía meter un gol. Por lo menos uno.

–¿Por qué no nos vamos? –preguntó ella–. Ni siquiera me explicaste cómo se metía un gol –dijo con amargura–. Además, no me interesa mucho, perdona, y papá nos debe esperar, no le gustaría saber que dejé la casa en pleno bautizo de mi hermanito.

–No. Todavía no nos vamos.

–No seas tonto; por favor, vámonos.

–No nos vamos todavía, Kika.

–Entonces me voy yo.

–Vete tú. Yo me quedo –dijo él–. Te juro que me quedo.

–¿No entiendes que no podíamos hacerlo en casa? ¿No entiendes que no podíamos hacerlo en ninguna parte? ¿Qué culpa tengo yo? Aquí tampoco podemos hacerlo, ¿no? ¿Estás bravo por eso, no?

–No hables más, en serio, no hables más. No es nada de eso. Vete tú. Yo me quedo. Quiero quedarme solo. Me siento bien, no estoy bravo con nadie; puedes irte, palabra.

Ella lo dejó.

El hombre que aún no era un hombre de veinticinco años, vio a la mujer, que sí era una mujer a pesar de tener sólo veintiuno, alejarse hacia la puerta del campo de fútbol. La vio abrir la gran puerta de hierro y salir, y también la vio entrar en el auto y partir; y hasta que no la sintió del todo fuera de aquel lugar, sólo al escuchar que el motor desaparecía de allí, no volvió a dirigir la mirada hacia la cancha. Caminó hasta el centro, el círculo blanco, y allí se sentó. “Tocarían el pito”, se dijo. “Tocarían el pito y yo se la pasaría al Pepe, y el Pepe correría con el balón y se la pasaría al Hermosilla y meteríamos el primer gol. Seguro que sí. Dios mío, ¿por qué habré golpeado a aquel muchacho?, ¿por qué no me dijo nunca que tenía el dedo destrozado?”

Comprendió que había sido el grito del guardián lo que lo había asustado. El hombre, en traje caqui, le gritaba desde la puerta. Le gritaba que saliera de ahí, que debía cerrar la puerta, que debían cerrar, que era muy tarde.

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Lea Pancho Massiani: Premio Nacional de Literatura, por Luis Yslas

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