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Si es que ese es tu verdadero nombre, por Umberto Eco

Por Prodavinci | 1 de Agosto, 2012

Hace unos meses circularon cientos de informes en línea sobre la supuesta muerte de Gabriel García Márquez. Algunas fuentes incluso precisaron que la noticia original de la muerte del escritor había venido de mí, a través de mi cuenta de Twitter. Por supuesto, no mucho tiempo después, las mismas fuentes —y otras, entre ellas algunas muy autorizadas— descubrieron e informaron que de hecho yo no tengo cuenta en Twitter y que alguien más había estado tuiteando en mi nombre. Y aunque algunos idiotas —que saltaron ante las primeras noticias sin molestarse en confirmarlas— siguieron predicando sobre mi supuesta broma (ya saben cómo podemos ser los escritores, con nuestras rivalidades y enfrentamientos dramáticos), los reportes posteriores revelaron que se habían creado numerosas cuentas de Twitter con mi nombre y, claro, sin mi conocimiento.

No hay nada extraordinario en esto; en muchos sitios web podríamos registrarnos como “Leonardo da Vinci” sin que nadie nos lo impidiera. Así que podemos imaginar lo que ocurre con el nombre de los escritores contemporáneos.

En este caso, algunos señalaron que el verdadero autor de este embuste fue Tommaso Debenedetti, arquitecto de varias bromas similares. Él produce patrañas precisamente para demostrar, como alguna vez declarara a The Guardian, que “los medios sociales son la fuente de información menos verificable del mundo”.

Por supuesto, eso ya se había hecho evidente desde hacía mucho tiempo; piénsese simplemente en el clásico pobre diablo que se enamora de una hermosa joven a través de su correspondencia en línea, sólo para descubrir, cuando se conocen en persona, que ella en realidad es una añosa agente de aduanas jubilada con un problema incurable de herpes. O, aún peor, en el pedófilo que se vale de una personalidad falsa en línea para atrapar a un inocente y confiado menor de edad.

Este episodio de Twitter me recordó lo que ocurrió a fines de los años sesenta —una época anterior al correo electrónico y al fax— cuando alguien envió por correo un artículo al periódico Corriere della Sera, firmado con el nombre del realizador Pier Paolo Pasolini. El artículo se publicó y se convirtió en un enorme escándalo pues era falso, una broma pesada de la que Pasolini no sabía nada. La primera reacción fue el terror: a partir de entonces, ¿cómo podría un periódico estar seguro de que un artículo dado, si no era entregado en persona, realmente venía de la persona cuyo nombre aparecía en él?

En ese tiempo escribí un artículo en el que les aseguraba a los lectores que no había nada de qué preocuparse. La sociedad puede aceptar la existencia de mentirosos y falsarios, pero se basa en un acuerdo mutuo de que la gente por lo general dice la verdad. De otro modo, jamás podríamos hacer planes para tomar un tren determinado, pues no sabríamos si los horarios del ferrocarril están llenos de mentiras; cuando llamamos a los bomberos a nuestra casa, ellos podrían sospechar que les estamos jugando una broma y negarse a venir en nuestra ayuda; podríamos no depositar nuestro dinero en el banco por miedo a que éste fuera un lugar falso, diseñado para atraernos (como la oficina de apuestas que montan en la película El golpe); podríamos descubrir que nuestro médico obtuvo su título en un país donde pueden comprarse esas cosas, o que nuestra madre mintió cuando nos dijo que nacimos de su seno. (No me pregunten cómo habría reaccionado la Virgen María ante la noticia del arcángel Gabriel de que estaba embarazada).

Como señalé en ese tiempo, la sociedad sabe que el compromiso recíproco con la verdad es esencial para todos y que si ese compromiso se rompiera, todo se perdería. Es por eso que, de tanto en tanto, pueden hacerse bromas como la del falso artículo de Pasolini, pero después, debido a una especie de instinto social, se dejan de hacer. Y de hecho, así fue como ocurrió.

Hoy en día, con el surgimiento de internet, existe una aceptación generalizada de la comunicación bajo falsas apariencias y la gente se está volviendo cada vez más desconfiada. Es verdad que Twitter y Facebook albergan a un hervidero de políticos y otras figuras públicas de las que por costumbre tendemos a desconfiar. Pero conforme pase el tiempo, incluso las almas solitarias que se conectan en línea para llenar esa necesidad absoluta de contacto humano empezarán a darse cuenta de que viven en un universo de sospechas generalizadas y que harían bien en dudar de todos los que los rodean. Podría sentirse como vivir en un mundo ficticio de historieta, donde la gente debe prepararse para la posibilidad de que, en cualquier momento, un recién conocido se revele como un villano diabólico.

Prodavinci 

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