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Devoradores de hombres

Por Prodavinci | 1 de agosto, 2012

Artículo de Jacinto Antón, publicado en El País (España). Un extracto a continuación:

El tigre es el icono por excelencia de la gran aventura con fieras, y que Simba me perdone. Reverso oscuro y elusivo del león, con el que comparte tantos aspectos simbólicos, el tigre supera a su congénere melenudo en tamaño y fuerza –es el verdadero rey de los felinos actuales–, pero además su condición de animal secreto y solitario, engastado en la oscuridad y el misterio de la selva, le otorga una calidad especial, esencial y única, frente a su gregario y solar pariente. Es fácil ver un león, pero no le es dado a todo el mundo contemplar un tigre. Yo mismo en medio siglo de vida no me he topado con ninguno, en libertad quiero decir, cautivos los he visto incluso blancos. Y no ha sido por falta de empeño. Hace años, en el norte de la India, observé sus huellas en el barro –no eran difíciles de identificar: igual que las de mi gato, pero a lo bestia, del tamaño de la mano abierta–, y en un pequeño poblado del Himalaya del Garwhal me mostraron una vez los restos de una vaca a la que había matado la noche anterior uno de esos depredadores listados; aún tiemblo al recordar que yo había pasado esa misma noche en una frágil tienda de campaña en los alrededores. El tigre seguramente prefirió la cantidad a la calidad. Siento lo de la vaca, pero es un hecho que ella no habría podido escribir este artículo. Uno de los motivos de que mi pusilánime persona se embarcara en un largo viaje senderista por esa remota zona llena de incomodidades (¡sanguijuelas!) y peligros fue precisamente recorrer los parajes del Uttarakhand en que se desarrollaron algunas de las mayores aventuras con tigres de la historia. Me refiero, claro, a las cacerías de felinos antropófagos llevadas a cabo por Jim Corbett en las primeras décadas del siglo XX.

Por circunstancias del destino o por un rasgo de carácter sin duda preocupante, los tigres asesinos han sido una de mis pasiones desde niño. De hecho, desde que en 1966, con nueve años, me compré, prefiriéndolo a Tintín y a Enid Blyton, Devoradores de hombres, de Kenneth Anderson (editorial Juventud, 1964), otro británico que se desvivió por librar de esas alimañas a las gentes de la India meridional como su compatriota Corbett lo hizo en el norte. No sé qué extraña fibra tocaron esas aventuras en mí, un chico aparentemente normal y sano, pero aquel verano, ya con toda la bibliografía de Anderson leída (La pantera negra de Sivanipalli, La llamada del tigre y Esto es la jungla), me lo pasé rastreando huellas en los pinares y encaramándome a los árboles para construir un remedo infantil de la plataforma desde la que mi héroe acechaba a las terribles fieras armado de rifle, té, paciencia y mucho valor. De allí no me hacía bajar más que mi madre, que venía a buscarme con una linterna y un vaso de Cola-Cao.

En la aleatoria y subjetiva selección de grandes aventuras que quiere ser esta serie me resulta difícil escoger mi favorita de todas las que he vivido con el bueno de Kenneth Anderson, nuestro hombre en Bangalore, un tipo que conocía, amaba y respetaba la vida salvaje –aunque tuviera que despachar a las malévolas sabandijas rayadas o moteadas que le habían cogido gusto a la carne humana–, y que era capaz de dejarte en suspenso en medio de una emocionante batida para anotar la voz del sambar o dedicar ¡tres líneas completas! a transcribir la llamada del chacal (aquí no les voy a hacer esa faena). La persecución del devorador de hombres de Segur, el anacoreta rayado de Devarayandurga, el terror listado del valle de Chamala, el tigre melenudo de Chordi –cuya caza requirió ¡cinco años!– o la tigresa de Jowlagiri (“todo parecía en paz en la selva de Jowlagiri, y, sin embargo, el peligro reinaba por doquier y la muerte pertenecía oculta detrás de cada árbol”) rivalizan en emoción. Oficialmente, Anderson mató siete tigres devoradores de hombres, además de ocho panteras con el mismo (mal) hábito y varios elefantes locos (!), como el de Panapatti, que gustaba de hacer papilla a la gente y en consecuencia fue declarado indeseable por el Gobierno indio, que ofreció una recompensa por él.

Sin duda, una de las más tremendas peripecias de Anderson (1910-1974) es la caza del devorador de hombres de Hosdurga-Holalkere, una zona del Estado de Mysore célebre por ser morada de tigres de desviada condición gastronómica. El reinado de terror del felino que nos ocupa comenzó con el ataque a una niña de 11 años de la que solo se encontraron unos pedazos de ropa interior desgarrada prendidos en unos espinos. De la segunda víctima, un mulero, pudo recuperarse la cabeza, los dos brazos, una pierna y el pie de la otra. El tigre tuvo luego el mal gusto de llevarse a un cazador británico que lo acechaba con un compañero, que escapó aterrorizado. Anderson siguió el rastro de sangre y encontró lo que quedaba del infortunado. Tras varios recechos infructuosos con cebos animales, el cazador lo intenta aprovechando el oportuno cadáver de otro aldeano. En medio de la noche, Anderson, tendido sobre una roca a la vista del poco tranquilizador despojo a medio devorar (¡lo que debían de ser esas veladas!), escucha un rugido de frustración cuando el tigre asesino le ataca por la espalda y falla por muy poco. Al final, Kenneth Anderson va a buscar al tigre junto a un viejo fuerte, adonde ha arrastrado y parcialmente devorado a un chico. Cuando trepa entre la maleza que cubre las murallas derrumbadas, entre la vegetación aparece la cabeza del tigre con la orejas aplastadas contra el cráneo, preparado para el salto “y las mandíbulas abiertas de par en par mostrando sus amenazadores y blancos colmillos”. Una visión de agárrate. Anderson dispara. La bala penetra por la boca de la fiera en el mismo momento en que el tigre se abalanza hacia él poseído por un diabólico deseo de matar. Trata de escapar del animal rabioso. “A pesar de haberle saltado la tapa de los sesos con mi disparo, aquel tigre trató aún de alcanzarme”. Anderson se da la vuelta: el tigre está a dos metros. “Casi fuera de mí a causa del terror, disparé una segunda, tercera y cuarta bala contra la bestia, y mientras, destrozada, caía de lado, yo me senté entre las ruinas, débil y tembloroso”. ¡Uf!

No es la única ocasión en que nuestro héroe se salva por los pelos. La tigresa de Jowlagiri también le da caza al cazador mientras este la aguarda junto a los pobres restos de otro aldeano (¡qué duro ser campesino indio en tierra de tigres!). La fiera marra su ataque y choca contra el cañón del rifle de Anderson, el arma se dispara, el cazador la suelta y queda desarmado. La leche. Por suerte, la tigresa desaparece. Luego se verá que el disparo fortuito le ha arrancado una oreja. La bestia asesina tiene un final extravagante: Kenneth Anderson, que como Jim Corbett imita a la perfección los sonidos de la selva (al segundo, que acabó en Kenia, trataron de contratarlo a fin de que realizara sonidos animales para Las minas del rey Salomón), la atrae imitando la llamada del tigre macho en celo y le mete una bala del 405 entre los ojos. “La temible asesina de Jowlagiri había tenido un fin miserable e ignominioso, indigno de sus sangrientas hazañas, y aunque había sido un animal de presa, silencioso, salvaje y cruel, mi conciencia me acusó de haber usado un ardid muy poco noble para poner término a su vida”. Hay que ver cómo son los ingleses… Les pierde la deportividad.

Llegados a este punto, a algunos de ustedes quizá les parecerá incorrecto considerar como aventura la caza y muerte de un tigre, cuando esos hermosos animales están en riesgo de extinción (quedan en libertad unos 3.200, se los cría en zoos y granjas, pero no es posible reintroducirlos en la naturaleza). No nos confundamos. Miren, yo amo a los tigres, me identifiqué de niño con el Timur de Bernard C. Rutley (Molino, 1962), y junto a la lectura de Anderson también llegó la de Bengt Berg (El tigre y el hombre, Juventud, 1958), y más recientemente, el gran estudio de Schaller The deer and the tiger (University of Chicago Press, 1984). No quisiera vivir en un mundo sin ellos, sin tigres; tampoco demasiado cerca, es cierto: un tigre adulto necesita consumir 2.260 kilos de carne al año; si no encuentra suficiente, se alimentará de ranas, macacos o cualquier cosa parecida que encuentre. Siempre les hemos temido a la par que admirado, por su poder y su estampa. La primera representación conocida de un tigre, un sello de 5.000 años de antigüedad procedente de Mohenjo-Daro, lo muestra muy expresivamente bajo un árbol en el que está encaramado un hombre. El tigre más famoso, dejando de lado a Blake, el golf y a los de Mompracem, Shere Khan, no es precisamente un santo, pero no por eso vamos a denostar a Kipling y a Walt Disney.

Déjenme recordarles que en este texto no se glorifica la literatura de shikar, de caza sin más, que ha llevado al borde del exterminio al tigre en muchos lugares (junto a la demanda de huesos y otras partes para la medicina tradicional china), sino que hablamos de devoradores de hombres, fieras peligrosísimas y resabiadas que se han cebado en las personas –uno se especializó en devorar solo niños– e impuesto un reinado de terror en regiones enteras. Se calcula que en los últimos 400 años, los tigres se han comido en Asia un millón de personas. Si un bicho así se merienda a tu padre, se te pasa el conservacionismo. Pienso en el devorador de hombres de Pegepalyam, al que Kenneth Anderson, que en puridad no era cazador profesional, sino que trabajaba como cuadro medio en una fábrica de Bangalore, no consiguió cazar y que cuando le perdió la pista, confundido con el asesino listado de Ragnagara, había devorado ya a 14 personas, 37 según otras fuentes. Ese tigre tenía la siniestra particularidad de desgarrar a sus víctimas solo con las zarpas, así que se cree que igual había sido dañado en la boca por el disparo de un furtivo o algún accidente (las minusvalías de algunos tigres explican en muchos casos su afición por los humanos en lugar de por sus presas habituales).

Kenneth Anderson, que murió de cáncer de próstata en 1974 no sin antes, en un gesto que le honra, ceder su querida mascota pitón al Madras Snake Park de Rom Whitaker y realizar, ya muy enfermo pero aún con ganas de aventuras, su primer viaje de LSD (según he leído en un artículo del diario indio The Hindi), es menos conocido en general que su colega en despachar devoradores de hombres Jim Corbett. Los dos –que nacieron ambos en la India, en el seno de familias largo tiempo instaladas allí– me parecen buenos y legales tipos, aunque está de moda por lo visto vituperarlos en aras de un animalismo a ultranza (e injustamente retroactivo). A Corbett se le ha acusado de imperialista y de ser poco sensible a las realidades de los indios (pese a que parece bastante sensibilidad jugarte la vida para librarles de bichos como el leopardo de Rudraprayag, que se comió a 125 de ellos), y a Anderson, de (¡anatema!) inventarse sus historias. Se le ha reprochado también ser menos literario. A mí, qué quieren que les diga, me encanta cómo escriben los dos. No solo por la emoción de sus aventuras, sino por la pasión con que describen la naturaleza y sus bellezas, del chital al chotacabras. Ambos, Corbett y Anderson, acabaron empuñando la cámara y defendiendo posturas conservacionistas.

Corbett, del que acaba de aparecer una maravillosa selección de textos inéditos, incluidas cartas, como la correspondencia que sostuvo mientras daba caza al leopardo de Rudraprayag –My Kumaon, uncollected writings (Oxford, 2012)–, estaba cerca todavía de los grandes días del Raj y la llamada edad de oro de la caza del tigre, cuando se mataron 20.000 tigres por deporte y eran varios los británicos que, aunque hoy parezca imposible, contaban en su haber (y en su conciencia) un centenar de estos hermosos felinos: el coronel Nightingale cazó 300 antes de morir alanceando una pantera a caballo; un tal George Yule, 400 en 25 años, y el famoso Gordon Cummings, 73 en dos años. En todo caso, el hombre que más tigres ha matado en la historia parece haber sido el sultán de Surguja: 1.700 (véase The life and fate of the indian tiger, de Tobias J. Lanz, Praeger, 2009). En realidad, los británicos heredaron la pasión por la caza del tigre de los maharajás y nababs, que practicaban cacerías espectaculares (hunquah). El más obsesivo con esos felinos fue sin duda Tipu Sultán, el Tigre de Mysore, que los criaba en su palacio, se sentaba en un trono en forma de tigre, enarbolaba una bandera que proclamaba la divinidad del animal, lucía ropas listadas y vistió a sus tropas –con las que combatió a los ingleses– también con uniformes de rayas. Un detalle menos simpático es que lanzaba los prisioneros a sus tigres.

Mi historia favorita de tigres de Corbett, al que, a diferencia de Anderson, no le gustaban nada las serpientes y que era además muy supersticioso y vivía con su hermana, es la de la mencionada tigresa de Champawat, su primer devorador de hombres. Cuando la fiera se llevó a una chica de 17 años, Corbett siguió el rastro de sangre y cuentas azules del collar de la víctima, a la que la tigresa portaba como una muñeca entre las fauces. Más adelante encontró un extraño objeto blanco: era una pierna. Horrorizado, se agachó y se sumió en la contemplación del miembro, perdiendo un segundo la concentración en la caza. Un sexto sentido le hizo alzarse repentinamente y encarar el rifle: la tigresa, que le estaba acechando, abortó en el último segundo su ataque, desapareciendo en la selva. Luego logró cazarla. En el estómago le encontraron los dedos de la chica, que el cazador enterró piadosamente. Semanas después, Corbett le llevó la piel del animal asesino a una mujer que había quedado muda del shock cuando la tigresa se llevó a su hermana; al ver otra vez las temidas rayas, la mujer prorrumpió en alaridos.

Aunque el número de tigres se ha reducido implacablemente, siguen dándose casos de devoradores de hombres. En Nepal, en 1997 se informó de un tigre que había matado a más de 100 personas. El devorador de hombres de Papra no es un capítulo de un libro de Corbett o Anderson, sino una noticia de 1986. En los Sunderbans, las impenetrables marismas del delta del Ganges, donde reside la mayor cantidad de tigres salvajes del mundo, entre 500 y 800, se calcula que siguen comiéndose 50 personas al año. Se ha probado de todo para disuadirlos, la gente se pone máscaras en la nuca y se han colocado espantatigres electrificados, pero el hábito persiste, seguramente por la escasez de alimento.

Lo que parecía que había acabado es la literatura de devoradores de hombres, convertida en una rareza. Pero entonces ha llegado El tigre, de John Vaillant (Debate, 2012), una sensacional historia de la caza de un tigre siberiano asesino extraordinariamente bien narrada y que combina el relato tradicional de persecución de la fiera con el ensayo zoológico, la divulgación de ciencias naturales, el libro de viajes, el género de aventuras y el de terror. Incluso hay política. Por supuesto, también tiene parte de informe forense. Es como Corbett y Anderson pasados por el Nuevo Periodismo.

El autor oyó hablar del caso, un tigre del Amur (Panthera tigris altaica) que devoró a dos personas en diciembre de 1997 y provocó el terror en toda una zona del extremo oriental de Rusia, el Territorio del Primorje, los predios de Dersu Uzala, hasta ser abatido por un abigarrado equipo integrado por policías, miembros de un organismo ruso de control de los tigres, exmilitares, furtivos e indígenas, y lo recreó en un portentoso ejercicio de periodismo y maestría narrativa. No he leído nada tan bueno en años. Vaillant, que ha entrevistado a todos los personajes (supervivientes) de la historia, muestra al animal con el rigor de un biólogo, aprovechando para explicar los problemas de conservación del tigre, locales y en toda Asia; pero a la vez, a través de los testimonios de los supersticiosos y montaraces habitantes de la zona, empapados de chamanismo, pavor y vodka, lo reviste de un aura de malignidad, inteligencia y poder sobrenaturales. La sensación es que lo que se persigue en esta tierra de chamanes y gulag es a un diabólico, brutal y vengativo asesino en serie. El personaje central del drama, dejando de lado el tigre, el zar del bosque, un bicho enorme capaz de comerse a un oso, es Yuri Trush, un émulo de Anderson y Corbett pero en ruso, que incluso vive al final una ordalía semejante a las que he contado de los otros dos cazadores, con el tigre echándosele encima y engullendo el cañón de su rifle.

Trush y sus hombres encuentran los restos de un cazador furtivo, Markov, devorado por un tigre en lo que parece un acto de represalia felina. Destaca un fémur roído. El ambiente es el mismo que en las historias de los clásicos, pero a 30 grados bajo cero y con un manto espeso de nieve. “Este era el tigre de invierno, no la criatura esbelta y lánguida de la hierba alta y los estanques de la jungla, sino el soberano de gruesas extremidades de las montañas, la nieve y la luz de la luna, esplendoroso y enorme en su soledad fría y azul”. El libro está lleno de frases magníficas que recogen la esencia de la experiencia de rastrear a un devorador de hombres: “El miedo no es un pecado en la taiga, pero la cobardía sí lo es”. “Lo que seguían no era un animal, sino una contradicción, un silencio que estaba hecho de carne y era invisible a la vez”. “La única certeza en la huella de un tigre es: síguela el tiempo suficiente y acabarás llegando a un tigre, a no ser que el tigre llegue antes a ti”. De la segunda víctima del tigre, Pochepnya, quedan apenas restos para llenar una caja de zapatos. Los sobrecogidos cazadores identifican correctamente los excrementos pálidos y sin pelos del felino caníbal. En una ocasión, el tigre aguarda a su víctima, tras irrumpir en su cabaña, acostado sobre su cama, como en un cuento infantil…

Déjenme acabar este feroz florilegio con la singular historia de la cacería de un tigre insólito. Un tigre nazi de 56 toneladas de puro malvado acero, con una coraza de 100 milímetros de espesor y, como arma, no las uñas de 10 centímetros y los caninos de 7,6 centímetros habituales, sino un letal cañón de 88 milímetros. Lo han adivinado: un tanque Panzerkampfwagen VI Tiger alemán.

Una de las grandes aventuras de la II Guerra Mundial fue la captura en el norte de África de uno de esos innovadores y carismáticos carros de combate con fama de invencibles cuya irrupción en la contienda en otoño de 1942 (en Rusia) provocó un golpe psicológico brutal en los aliados que no tenían nada que oponerles. Era el primero de la serie de supertanques de Hitler y un avanzado indicio de por dónde irían los tiros (!) de la evolución futura de los carros, hasta llegar a los Abraham y Merkava. Consciente de lo que suponía esa arma, tan simbólica como lo fue el Stuka al inicio de la guerra, Churchill ordenó que le consiguieran uno para estudiarlo, pero también para desactivar su valor propagandístico y la tigerphobia de sus tropas. Me encanta la historia porque junta los tigres de la jungla sobre los que leía de niño con el mítico tanque Tiger, una maqueta de Airfix del cual ensamblé en aquellos felices tiempos y me ha acompañado desde entonces. Un libro recién aparecido, Catch that tiger (John Blake Publishing, 2012), revela nuevos detalles de la operación secreta liderada por el mayor Doug Lidderdale, del cuerpo de ingenieros eléctricos y mecánicos (Arte et Marte), que, junto a un puñado de valientes y echándole tantas narices como Corbett, Anderson y Trush, cazó su letal depredador.

Fue el 21 de abril. Observando que un Tiger del 504 Schwere Panzer-Abteilung (batallón de tanques pesados), con la numeración 131 en la torreta, mostraba problemas que obligaron a emerger de su interior a los tripulantes, el grupo de captura, a bordo de un tanque Churchill, les abordó. Tras un intenso combate cuerpo a cuerpo, los tanquistas alemanes cayeron y los británicos se apoderaron del tanque intacto, y lo condujeron hasta sus líneas para llevarlo después hasta Inglaterra.

El tigre de Hitler no está en el zoo de Londres, sino que puede contemplarse, como atracción principal, en el Tank Museum de Bovington, y es el único carro Tiger que aún funciona.

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