Historia

La medalla de Muhamed Alí, por Alberto Salcedo Ramos

Por Prodavinci | 30 de Julio, 2012

Una cosa es ver hoy películas sobre la segregación racial en Estados Unidos, y otra cosa es haberla padecido en carne propia, Muhammad, como te sucedió a ti.

Ya a los cinco años, en tu natal Louisville, notaste la exclusión. Una tarde le preguntaste a tu padre por qué todas las personas que tenían propiedades y ocupaban cargos importantes eran blancas. Tu padre solo se encogió de hombros, así que tú le replanteaste la pregunta.

- Entonces, ¿qué hacen los negros, papá?

Tú mismo encontraste muy pronto la respuesta: los negros fregaban inodoros, limpiaban caballerizas. Y encima, eran víctimas de fanáticos empeñados en exterminarlos. No tenían acceso ni a las universidades ni a los parques de recreación, y para jugar béisbol profesional debían afiliarse a la humillante organización que les crearon los blancos: las Ligas Negras.

Fuiste un atleta superdotado: medalla de oro olímpica a los dieciocho años, campeón mundial a los veintidós. Pero lo mejor es que tú, a diferencia de los demás boxeadores, no decidiste subir al ring para matar el hambre sino para hacerte oír. Te reinventaste a partir de la locuacidad porque, sagaz como eres, descubriste que “la gente no soporta a los charlatanes pero siempre los escucha”.

Aún después de ganar la medalla olímpica seguiste siendo despreciado por los mandamases de Kentucky. Una noche te tocó llevar a tu novia a comer galletas y atún enlatado en la tienda, porque en ningún restaurante te abrieron las puertas.

Aunque los pergaminos deportivos no te sirvieran para acceder a los derechos más elementales, sí podían ayudarte, como tú mismo lo dijiste, “a ser negro de otra manera”. Te cambiaste el nombre de pila, Cassius Clay, porque lo sentiste como un rótulo de mercadería puesto por los esclavistas. Te negaste a prestar el servicio militar, dijiste que no irías a Vietnam a matar a nadie en nombre de un país -el tuyo- que escupía sobre ti y sobre tus hermanos.

Te despojaron de la corona, te alejaron del ring durante tres años y medio que habrían sido, quizá, los de mayor esplendor. Hubieras podido acomodarte al establecimiento y seguir ganando millones, pero tuviste las agallas suficientes para poner tus convicciones por encima de tu necesidad de supervivencia. Sin más armas que un par de puños y una boca grande que ningún poderoso pudo silenciar, marcaste un hito en la lucha de los derechos civiles.

Larry Holmes, excampeón mundial, dijo en cierta ocasión: “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro… cuando era pobre”. Tú, en cambio, como lo sentenció el poeta LeRoy Jones, jamás utilizaste la notoriedad para convertirte en un blanco honorario.

Le diste a tu oficio de pobre una dimensión política extraordinaria. Por eso ahora, cuando celebras los setenta años, el mundo te nombra con respeto. Ayer un periodista deportivo recordaba que la medalla de oro que ganaste en los Juegos Olímpicos del 60 se extravió. No estoy de acuerdo con él, ¿sabes?: yo aún puedo verla brillar en tu cuello de campeón.

Prodavinci 

Comentarios (2)

Marisela Ascanio
31 de Julio, 2012

excelente artículo, “Separated but Equal” nunca fue verdad. Por fortuna las cosas, aunque lentamente, han cambiado y aun falta

Alfredo Ascanio
31 de Julio, 2012

Excelente como dice Marisela…menos mal que ya no hay discriminacion en USA.

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