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La alimentación virtuosa, por Steven Shapin

Por Prodavinci | 30 de Julio, 2012
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A lo largo de los siglos, la máxima “eres lo que comes” ha definido la manera que tenemos de enfocar nuestra dieta. La interpretación predominante es sencilla: nuestros cuerpos, al igual que los alimentos que ingerimos, son compuestos químicos. Para vivir una vida larga y saludable y aprovechar al máximo nuestro potencial, debemos consumir las sustancias químicas adecuadas; es decir, alimentos con los nutrientes correctos. Sin embargo, hasta no hace mucho este dicho se entendía de modo bastante distinto, lo que indica un profundo cambio en la manera como pensamos en nuestra dieta y como nos vemos a nosotros mismos, cambio con fuertes implicancias sobre el modo en que hoy se habla de la salud.

+En la medicina griega y romana de la antigüedad, la prevención era el concepto clave. El “régimen”, conocido comúnmente como “dietética”, prescribía un estilo de vida ideado para mantener saludables a las personas. De hecho, si bien los doctores hacían todo lo que podían para curar a los pacientes enfermos, se consideraba que la dietética era el área más importante de la práctica médica. Después de todo, se suponía que con una buena dieta nunca sería necesario buscar una cura.

La dietética consistía en la prescripción de una manera ordenada de vivir que orientaba a las personas no solamente en términos de lo que comían y bebían, sino de todos los aspectos manejables de sus vidas que pudieran tener efectos sobre su bienestar, como los lugares donde vivían, el ejercicio, sus patrones de sueño, los movimientos intestinales, la actividad sexual y un área que la medicina actual deja de lado: el control emocional.

CommentsEn pocas palabras, la dietética involucraba la virtud tanto como la salud corporal. La profesión médica daba consejos sobre cómo comer al tiempo que instruía sobre cómo vivir.

Los consejos dietarios tradicionales hoy suenan banales, con su insistencia casi exclusiva en la moderación. Por ejemplo, recomendarían a los pacientes no comer ni mucho ni demasiado poco; dormir cuando fuera necesario, pero no en exceso; hacer ejercicio pero no de forma violenta, y controlar la ira y el estrés. El Templo de Apolo en Delfos tenía la inscripción “Nada en exceso”, mientras la filosofía aristotélica sostenía que el justo medio era el camino hacia el bien.

Si se ve desde el moderno frenesí de dietas pasajeras y la eterna búsqueda de remedios sencillos para males complejos, la moderación en todo puede parecer una medicina anticuada. Pero la convicción de la dietética de que salud y moralidad son dos caras de la misma moneda es una noción con raíces profundas. Después de todo, el cristianismo incluye la gula como uno de los siete pecados capitales y la temperancia como una de las virtudes cardinales.

Tanto buena como beneficiosa para uno, la moderación se convirtió en una idea dominante: al basar el consejo médico en potentes sistemas de valores sociales, por siglos la dietética dio forma al pensamiento médico. Rechazar el consejo dietético equivalía a rechazar la sabiduría moral.

Esta fusión de medicina y moralidad parece ahora ingenuamente anticientífica gracias a la “ciencia nutricional”, que reemplazó a la dietética tradicional como disciplina formal en los siglos diecinueve y veinte. Hoy es más probable que los nutricionistas sugieran controlar los niveles de colesterol en lugar de dar consejos tan generales y de sentido común como practicar la moderación. La gula era un pecado; hoy la obesidad es una enfermedad (o un “factor de riesgo” para otras enfermedades.)

Puesto que parece ser que la ciencia avanza cuando deja de lado los problemas morales para abordar relaciones materiales de causa y efecto, este cambio se podría percibir como progreso. Pero la separación entre “lo bueno” y “lo beneficioso para uno” limita la influencia de los conocimientos nutricionales modernos sobre el comportamiento de las personas, lo que acaba por socavar el objetivo de mejorar la salud pública.

No es posible deshacer los cambios históricos, pero merece la pena reflexionar sobre la manera en que las sociedades modernas enfrentan los excesos, tanto en la dieta como en los estilos de vida. Por ejemplo, una explicación plausible del aumento de la obesidad es el declive de la comida familiar, en que se les diría a los niños que “coman más”, pero probablemente también que “ya han comido demasiado”. En la actual cultura de comida al paso, la gente tiende cada vez más a consumir alimentos sin miedo a recibir miradas de desaprobación. Cada uno come por su cuenta y las sociedades engordan juntas.

Si bien no hay soluciones fáciles a los problemas dietarios de hoy, podemos tomar una decisión colectiva no solo acerca de lo que comemos, sino el modo que tenemos de enfocar nuestra alimentación, y reconocer el valor inherente de comer juntos. Puede que compartir una comida sea bueno además de beneficioso para uno.

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Project Syndicate

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