Artes

El territorio y el mapa, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 21 de Julio, 2012
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Aunque no estoy seguro de ello, creo haber dicho ya en alguna oportunidad que no tengo la impresión de que el ensayismo de los autores de mi (llamémosla) “generación” esté a la altura del de las generaciones precedentes. Admito excepciones, desde luego (la más notable, La fábrica del lenguaje S.A. del mexicano Pablo Raphael), pero, si acaso, esas excepciones confirman una regla (todas lo hacen) que podría formularse de la siguiente forma: a una ficción de bajísima intensidad le corresponde un ensayismo igualmente huero, a menudo el refugio de aquellos escritores que, habiendo fracasado en la creación de libros de ficción, se han refugiado en la escritura acerca de las teleseries, la creación en la Red o un cierto estadio posterior a la poesía que (sorprendentemente) sólo parecen conocer aquellos autores que menos saben sobre poesía. Nada de esto es novedoso, desde luego, así que el ensayismo de mi “generación” ni siquiera puede jactarse de fracasar de forma original, pero supongo que así son las cosas.

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Naturalmente, hay excepciones. No leer del chileno Alejandro Zambra (publicado originalmente por las Ediciones de la Universidad Diego Portales en 2010) es una de ellas. A la calidad de Zambra como lector (bien conocida por los lectores de los medios chilenos en los que ha colaborado, aunque un poco menos fuera de su país de origen), se le suma algo que posiblemente parezca innecesario mencionar pero que no lo es en el marco de esta “generación”: Zambra ha leído, y no sólo a los autores centrales de la tradición latinoamericana (Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Alfredo Bryce Echenique, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Julio Ramón Ribeyro), también ha leído a los “raros” de esa misma tradición (César Aira, Macedonio Fernández, Mario Levrero, Clarice Lispector, Alejandro Rossi) y su lista de escritores extranjeros de referencia es amplia y a menudo desconcertante: J.M. Coetzee, Gustave Flaubert, Natalia Ginzburg, Yasunari Kawabata, Franz Kafka, Paul Léautaud, Edgar Lee Masters, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Ezra Pound, Junichiro Tanizaki. También son desconcertantes algunos de sus entusiasmos (Julio Cortázar), pero sobre todo el tipo de mirada que propone en este libro, cuyo asunto central no consiste tanto en las obras y los autores de los que Zambra habla aquí sino más bien en su forma de leerlos.

No leer se detiene, en ese sentido, en la materialidad de la experiencia de lectura (la existencia de los borradores, las fotocopias, la elección del título, las listas de lecturas obligatorias, el desplazamiento con libros, el escuchar leer) y constituye una especie de manual implícito de adquisición de los medios para la lectura. Aquí Zambra no analiza precisamente los libros de los que habla sino más bien (podría decirse) su forma de analizar los libros, lo que genera durante la lectura una rara intimidad, a la que también contribuye el humorismo que impregna la obra, que es un humorismo sutil y enormemente serio; es decir, muy chileno. Zambra ve las potencias de la literatura incluso en aquello que otros consideran deficiencias (su defensa de la falta de reflexión literaria en la correspondencia de Manuel Puig y sus implicaciones para la interpretación de su obra es modélica) y sobre su visión de la literatura planea un estilo necesariamente más expansivo que el de sus libros de ficción, a los que sirve de antesala, pero no por ello menos exquisito.

Aunque hace unos años aún era un territorio por descubrir y de posibilidades insospechadas, lo cierto es que ya podemos intuir llegados a este punto qué extensión tiene el territorio de la literatura en español producida por la que (repito) podemos llamar mi “generación”; Julián Herbert, Alejandro Zambra, Juan Terranova, Pablo Raphael, Gonzalo Torné, Juan Sebastián Cárdenas, Alejandra Costamagna, Javier Montes y Rodrigo Hasbún señalan, en ese sentido (y de formas muy diferentes), cuáles son los límites de ese territorio, que otros habitan sin expandir sus fronteras, y, en ese sentido, No leer invita al descubrimiento de ese mismo territorio y de uno de sus principales creadores.

Patricio Pron 

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