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Producto interno verde, por Bjørn Lomborg

Por Prodavinci | 21 de Julio, 2012
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Uno de los asuntos recurrentes en la espectacularmente fracasada cumbre Río+20 de las Naciones Unidas, celebrada en junio, fue la necesidad de cambiar la forma como medimos la riqueza. Muchos sostienen que debemos abandonar nuestra “obsesión” con el producto interno bruto y crear una nueva norma contable “verde” para sustituirlo. En realidad, hacerlo podría ser un grave error.

El PIB es simplemente una cuenta del valor de mercado de todos los bienes y servicios. Parece un buen indicador de la riqueza, pero, como con frecuencia se señala, incluye cosas que no nos hacen más ricos y deja fuera otras que sí que lo hacen.

Por ejemplo, si no se compensa a las personas por los daños causados por la contaminación, no se incluirán sus efectos perjudiciales en el PIB. Si pagamos para limpiar la contaminación, con ello aumenta el PIB, pero no se ha creado riqueza. Asimismo, cuando las aguas residuales resultan limpiadas de forma natural por los humedales, se produce un valor económico, pero no ha habido transacción alguna, por lo que no se computa en el PIB.

Vale la pena tener en cuenta esas limitaciones del PIB como medida de la riqueza y podría tener sentido crear un PIB mejor, al que se añadieran los beneficios no contabilizados, del que se substrajesen los costos de las externalidades y se excluyeran las actividades que no crean riqueza. Lamentablemente, muchas de las substituciones “verdes” propuestas, por muy bien intencionadas que sean, pueden no abordar esas limitaciones adecuadamente y podrían dar, en realidad, resultados peores.

Un ejemplo destacado que se conoció en el período inmediatamente anterior a Río+20 y se utilizó para apoyar el PIB “verde” estaba centrado en la zona pantanosa de Nakivubo, en la capital de Uganda, Kampala, donde las aguas residuales salen de la ciudad hacia el lago Victoria. Un estudio mostró que, sin los servicios de purificación de la zona pantanosa, Kampala necesitaría una instalación de tratamiento de aguas residuales que costaría al menos dos millones de dólares al año.

Según el economista Pavan Sukhdev, ex director de la Iniciativa para una Economía Verde, la cuestión era sencilla: “Va a costar dos millones de dólares al año hacer lo que la zona pantanosa estaba haciendo gratis y no disponen de ese dinero”. Así, pues, tras tener en cuenta los no contabilizados beneficios resultantes del tratamiento de las aguas residuales, que podrían ascender hasta 1,75 millones de dólares al año, y el posible desembolso para construir una instalación de tratamiento, Kampala decidió proteger esa zona. “Prevaleció la lógica económica”, dijo Sukhdev.

La zona pantanosa de Nakivubo es un ejemplo excelente de la necesidad de una evaluación cuidadosa del medio ambiente. Semejante información es decisiva para adoptar decisiones acertadas. Por ejemplo, si se destruyera la zona pantanosa para abrir paso a un nuevo distrito, sabemos que los beneficios deberían ser al menos 1,75 millones de dólares superiores a los costos.

Pero también existe un gran riesgo de utilización política indebida de semejante información. Las autoridades de Kampala decidieron proteger esa zona. Dicho de otro modo, se negaron a examinar siquiera otras posibilidades para ella.

Quienes hacen campañas verdes buscan con frecuencia resultados semejantes, pero carecen totalmente de justificación. La zona pantanosa está próxima al centro de la ciudad y a su centro industrial y en Kampala hay escasez de terrenos. Con toda probabilidad, los beneficios netos de la creación de puestos de trabajo y del crecimiento económico que podrían resultar de la creación de un nuevo distrito (en lugar de la zona pantanosa) serían espectacularmente superiores a 1,75 millones de dólares. Existen motivos para que pocas ciudades grandes y ricas tengan –si es que hay alguna– zonas pantanosas no urbanizadas en su centro.

Si se utilizan medidas verdes para sortear el proceso político, podemos acabar mucho peor en realidad, porque los países se verán privados de puestos de trabajo, riqueza y asistencia social, mientras que se lograrán beneficios medioambientales relativamente pequeños. El de la zona pantanosa de Nakivubo no es un caso en el que prevaleciera la lógica económica, sino lo opuesto exactamente, pues no se examinaron todas las opciones para elegir la mejor de ellas.

Imaginemos que nuestros antepasados hubieran hecho una valoración similar en el pasado y hubiesen decidido proteger la zona pantanosa a toda costa. Gran parte de la parte baja de Manhattan seguiría siendo una marisma, en lugar de haber llegado a ser el motor de la ciudad de Nueva York, a un costo enorme para la sociedad.

En general, la contabilidad verde puede acabar siendo más sesgada que las medidas tradicionales del PIB. El PIB verde incluye pérdidas no contabilizadas, por lo que elude el problema del cálculo exagerado de nuestra riqueza, pero no contabiliza los beneficios, potencialmente mucho mayores, de la innovación.

Por ejemplo, el Banco Mundial afirma que, para ser verdes, hemos de tener en cuenta que el consumo de combustibles fósiles privará a las generaciones futuras de esos recursos. En realidad, la quema de combustibles fósiles a lo largo de los 150 últimos años nos ha brindado la libertad para crear e innovar un mundo asombrosamente más rico: con antibióticos, telecomunicaciones y computadoras. Estos últimos enriquecerán aún más el futuro, pero no se contabilizan.

Además, mientras quemábamos combustibles fósiles, hemos encontrado simultáneamente nuevos recursos y hemos descubierto nuevos métodos, como, por ejemplo, la fracturación horizontal, que ha aumentado espectacularmente la disponibilidad de gas natural, al tiempo que reducía su costo. Todo eso hace que las sociedades futuras vayan a ser asombrosamente más ricas, pero las medidas verdes del PIB no lo tendrían en cuenta.

En la práctica, la contabilidad verde podría haber movido a nuestros antepasados a no talar bosques, porque entrañaba la pérdida de un recurso valioso, pero la conversión de los bosques en zonas agrícolas propició la aparición de las ciudades y la civilización, a las que siguieron la innovación y la substitución que en última instancia produjeron muchas menos calorías y mucha más riqueza.

Muchos encargados de la formulación de políticas siguen centrados en el PIB, porque, aunque imperfecto, guarda una estrecha correlación con resultados en el mundo real muy preciados. Un país con un PIB mayor tiene por lo general tasas de mortalidad infantil menores, mayor esperanza de vida, mejor educación, más democracia, menos corrupción, una vida más satisfactoria y con frecuencia un medio ambiente más limpio.

Así, pues, si bien la contabilidad verde puede desempeñar un papel, no debemos permitir que llegue a ser un obstáculo al desarrollo.

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Project Syndicate

Prodavinci 

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