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Lectura y escritura tecnológicas

Por Prodavinci | 18 de Julio, 2012
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Artículo escrito por Antonio Fraguas, publicado en El País (España). Un extracto a continuación:

“Cuando leía sus ojos corrían por encima de las páginas, cuyo sentido era percibido por su espíritu; pero su voz y su lengua descansaban”. San Agustín de Hipona quedó estupefacto al ver a san Ambrosio de Milán leyendo en silencio en su celda monacal. Lo cuenta en las Confesiones. Corría el siglo IV y hasta entonces quien sabía leer lo hacía en voz alta. Las cosas cambiaron: los soportes para la escritura (arcilla, huesos, papiro, pergamino…); el tipo de lector (desde los sumos sacerdotes a esa señora del metro) y también los escritores… El cambio llevó siglos, pero ahora, en el breve espacio de una vida humana, la de usted, todo vuelve a cambiar. La camada de humanos que hoy puebla el mundo rico nació leyendo y escribiendo de una manera y morirá leyendo y escribiendo de otra.

Algunos síntomas del cambio en la manera de escribir son evidentes. Por ejemplo, el abandono del bolígrafo y de la caligrafía en aras del teclado y las pantallas táctiles. Pero más allá de la mecánica de la escritura, la irrupción del mundo digital también está cambiando la forma en que los nuevos autores conciben su obra. El paradigma del escritor se encuentra en plena revisión. Desde que un individuo con ganas de contar una historia se enfrenta a un folio (pantalla) en blanco, hasta el instante en que un lector inicia la lectura de esa historia, toda la cadena de creación, publicación, distribución y comercialización de la obra está patas arriba. Un síntoma más es el estado de la industria editorial en España. En 2011, según datos del INE, el número de libros impresos se redujo un 24,4% y volvió al nivel de hace una década. Poco a poco el formato digital toma el relevo. Más del 20% de las licencias de ISBN (el DNI de cada libro) que se emiten en España son ya para contenidos digitales. En 2011 se vendieron un 500% más de dispositivos de lectura electrónica que en 2010.

“No tengáis miedo de la tecnología. Si la abrazáis encontraréis muchas más oportunidades que si lucháis contra ella”. Estas palabras de Kerry Wilkinson fueron recibidas con gesto grave por un selecto grupo de editores durante la pasada Feria del Libro de Londres. Wilkinson, periodista deportivo británico de 31 años, ha sido durante meses el autor más vendido en las listas que los grandes almacenes virtuales Amazon elaboran para los títulos disponibles en sus dispositivos de lectura Kindle. En seis meses, Wilkinson vendió 250.000 ejemplares de su novela Locked in. Nunca antes había escrito y se planteó todo como un experimento. Él decidió el precio de su obra, también cuál iba a ser la sinopsis y cuál iba a ser el contenido del fragmento (un 10% de la obra) que los lectores iban a poder disfrutar gratuitamente. Se convirtió en su propio editor y agente, pero, finalmente, firmó por una editorial tradicional. Pan Macmillan publicará sus tres próximas novelas y ha comprado los derechos tanto digitales como físicos de sus tres anteriores trabajos.

En España está ocurriendo lo mismo. Ya no es el autor el que busca editor, sino a la inversa. Armando Rodera (Madrid, 1972) es uno de los cinco escritores que Ediciones B ha fichado directamente de Internet. Su novela El enigma de los vencidos forma parte de la colección TopDigital. Se trata de libros en papel cuyo origen eran e-books autoeditados que habían sido superventas en Amazon España. ¿Cuál es el secreto de esas novelas que, hasta ahora, habían pasado inadvertidas para los editores tradicionales? “Siempre me ha gustado leer en formato thriller y eso lo intento trasladar a mis obras: tramas fluidas que inviten a seguir leyendo, mucho diálogo y descripciones breves, personajes que llamen la atención. El lector digital demanda novelas más cortas y con mucha acción, por lo que no he tenido que cambiar demasiado mi manera de escribir. Sin embargo, mi novela más exitosa en Amazon, La rebeldía del alma, alcanzó el número uno en España a primeros de junio siendo mi historia más reflexiva. Cuestión de gustos”, responde Rodera.

Estos nuevos autores (y sus lectores) no serían comprensibles sin el dispositivo de lectura. “Los libros electrónicos, en general, no sirven para decorar una habitación”. Dwight Garner bromeaba en las páginas de The New York Times en marzo en su artículo La manera en que leemos ahora. Con humor, repasaba las virtudes y defectos de todos los cacharros en los que ahora se puede leer. “Como los libros electrónicos no tienen cubiertas, puede que a los adolescentes les resulte más fácil leer libros que algunos padres antes confiscaban”.

Julieta Lionetti es la responsable de las noticias sobre el mercado del libro en español en la revista especializada Publishing Perspectives. A sus espaldas, una carrera de 20 años como editora: “No leemos solo con los ojos. Leemos con las manos, con el cuerpo todo, que adopta una u otra postura según el género y la intención. La revolución digital ha roto el antiguo lazo entre los textos (las obras) y los objetos (los libros). Esto cambia la forma en que leemos. ¿Cómo? En la lectura digital jamás nos encontramos ante la obra entera. No tenemos experiencia sensible de su totalidad. La lectura a saltos y brincos de la que hablaba Montaigne al referirse al libro códice no es equivalente a la fragmentación que nos propone la pantalla luminosa o de tinta electrónica. En el libro digital, avanzamos solo en el tiempo, nunca en el espacio exteriorizado de la materialidad”.

El escritor Juan Gómez-Jurado, que acaba de publicar su cuarta novela, La leyenda del ladrón (Planeta), considera que con el cambio de siglo España ha empezado a entender el fenómeno de los libros blockbuster. “Con Harry Potter, con La sombra del viento, con el Código da Vinci… Es un fenómeno que en EE UU lleva tres décadas. Son novelas que lee hasta quien no ha leído nunca. Son obras que crean lectores y, también, escritores”, afirma. Y crean un tipo nuevo de escritores y de lectores que ya no responden necesariamente al cliché del intelectual: “Aquí nos hemos creído que lo bueno era determinado tipo de historias asociadas a la literatura intimista-costumbrista en la que el río de pensamiento era lo más importante. Yo no creo que fuese capaz de escribir una novela de Javier Marías, pero dudo bastante que Javier Marías fuese capaz de escribir una novela mía, ¿por qué una cosa va a ser mejor que la otra?”, se pregunta Gómez-Jurado.

Los nuevos autores saben bien lo dura que es la competencia en el mundo digital y, también, que esto es solo el comienzo. “Quizá el soporte digital posibilite que se publiquen libros menos trabajados, pero también libros más entretenidos. Además, a escribir se aprende y un autor novel mejorará con la práctica”, apunta Gómez-Jurado y advierte de las posibilidades comerciales de este nuevo ecosistema: “Lo que produce el mundo digital es una serie de nichos que antes no estaban cubiertos. Puede haber un lector fanático de novelas de investigadores privados en la Alemania nazi. Si de repente surge un autor que se especialice en ello, tendrá un gran éxito en su género. Se ha producido en Estados Unidos con Amanda Hawking. Sus novelas tienen 16.000 críticas online y el 90% de ellas de cinco estrellas. Son libros que tienen una calidad literaria, entre comillas, inferior, pero satisfacen una necesidad”. Así pues, el papel prescriptor del editor tradicional, y del crítico literario, está desapareciendo. Lo que manda es el boca a boca virtual.

Son los lectores a través de las redes sociales los que recomiendan a otros lectores qué hay que leer. También son los lectores los que dan pistas a los escritores sobre fallos en sus obras, o sugieren nuevas tramas. El escritor deja de ser un personaje al que uno solo puede pedirle un autógrafo en una caseta de feria. Gómez-Jurado, con más de 135.000 seguidores en la red social Twitter y un diálogo constante con sus lectores, representa en buena medida el nuevo paradigma de escritor.

El lingüista José Antonio Millán es autor, entre otras obras, de La lectura y la sociedad del conocimiento (2001). Millán enumera los beneficios que para el creador ofrecen los nuevos soportes: “La mayor ventaja de escribir para soporte digital es que la longitud no es una limitación a priori. Quiero decir que uno puede dilatarse lo que pida el tema, lo que exija su desarrollo. Y luego la obra puede difundirse o comercializarse independientemente del tamaño (eso sí: si se vende hay una relación bastante clara entre extensión y precio). De hecho, han surgido nuevos nichos de tamaño, como los Amazon Singles, que apelan a una longitud natural (más largos que un artículo, pero menores que una novela), que antes estaba vedada por el mercado…”.

Singles, sí, como en el mundo de la música. T. C. Boyle, uno de los maestros estadounidenses del relato corto, también ve la analogía: “En cuanto a los e-books y las descargas, veo que mi editor alemán, Hanser Verlag, está ofreciendo descargas baratas de una colección de 14 historias mías, historias que todavía no han sido traducidas y publicadas en papel. ¿Que cómo me siento? Pues como un roquero que ofrece canciones sueltas en iTunes a 99 céntimos”. Boyle, en cambio, niega cualquier condicionamiento del mundo digital sobre su forma de escribir: “No tengo absolutamente nada en cuenta, salvo la historia que me traiga entre manos”.

Pese a las suspicacias que los nuevos soportes puedan levantar en los autores y lectores tradicionales, las primeras investigaciones muestran que aquellas personas que leen en formato digital leen más que las que lo hacen en papel. Así lo apunta un estudio sobre el panorama en Estados Unidos elaborado por el PewResearch Center publicado en abril. El lector medio de libros digitales lee 24 al año, mientras que el lector en papel lee una media de 15. En España no llega a tres millones el número de personas que leen libros en formato digital. En 2010 representaban el 4,3% de todos los lectores. En diciembre de 2011 ya eran el 6,8%, según el estudio Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011 que publica la Federación de Gremios de Editores de España.

Los lectores ya no son lo que eran y los escritores tampoco. Ante el cambio, uno puede inquietarse, como san Agustín al ver a san Ambrosio leyendo en voz baja, o recurrir al pragmatismo, como Gómez-Jurado: “Aquí no estamos salvando el mundo, lo que estamos haciendo es contar historias”.

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