Ciencia y tecnología

¿Mala conducta de la ciencia?, por Heinrich Rohrer

Por Prodavinci | 15 de Julio, 2012

Las noticias cada vez hablan más del fraude científico, del plagio y de los escritores médicos fantasmas, lo que crea la sensación de que la mala conducta se ha convertido en un mal generalizado y omnipresente en la investigación científica. Pero estos informes no son tanto un relato verdadero del deterioro de los valores científicos como un ejemplo de cómo los medios sensacionalistas se abalanzan sobre un tema candente.

Lejos de ser la norma en la investigación científica, el fraude y el engaño son raras excepciones, y por lo general son identificados rápidamente por otros científicos. Y la población parece entenderlo. De hecho, la confianza en la investigación científica no se vio dañada seriamente por los informes de mala conducta. Tampoco estos incidentes ocasionales restringieron el progreso científico, tan valioso para la humanidad.

Sin duda, incluso unos pocos casos de mala conducta científica son demasiados. Uno espera que los científicos sean faros de esperanza en la búsqueda de conocimiento -y lo suficientemente inteligentes como para no intentar engañar y querer salir indemnes-. Existen mecanismos preventivos que responsabilizan a los pocos que se arriesgan. Pero, si bien la comunidad científica -incluidas las instituciones académicas y profesionales, los responsables de las agencias, los gerentes y los editores- suele ser renuente a manejar casos de mala conducta de manera rigurosa, está en juego la reputación de la ciencia en su totalidad, no sólo la de una persona, institución, publicación o entidad científica nacional.

Irónicamente, aquellos a quienes se atrapa suelen echarle la culpa de su mala conducta a la competencia, la presión por publicar y el reconocimiento y los premios -las mismas prácticas e incentivos que la comunidad científica introdujo y fomentó-. De hecho, si bien la amenaza que plantea la mala conducta ha sido exagerada, tenemos que repensar la manera en que llevamos adelante la ciencia -sus valores, virtudes y deficiencias.

Los científicos deben seguir un camino que no está científicamente predefinido, y que requiere tomar decisiones a cada paso. Sólo se puede saber con claridad si estas decisiones son correctas o equivocadas en retrospectiva, razón por la cual los errores son inevitables (aunque no debería pasar mucho tiempo sin que se los rectifique). La ciencia implica caminar constantemente en una cuerda floja entre la fe ciega y la curiosidad; entre la pericia y la creatividad; entre el sesgo y la apertura; entre la experiencia y la epifanía; entre la ambición y la pasión, y entre la arrogancia y la convicción -en otras palabras, entre un hoy viejo y un mañana nuevo.

Sin embargo, hoy la investigación está cada vez más encausada erróneamente hacia premios lucrativos, reconocimiento profesional y réditos financieros -recompensas que están sofocando la creatividad y la pasión que exige el progreso científico-. Como dijo T.S. Eliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?”

En las ciencias “duras”, como las matemáticas y la física, la verdad se puede establecer de manera más transparente, lo que hace que estos campos sean menos proclives a una mala conducta científica. Pero ramas como la medicina, las humanidades, la filosofía, la economía y otras ciencias sociales, que se basan más en la apertura y la imaginación, se pueden manipular más fácilmente para adaptarse a los objetivos de los burócratas.

Por cierto, hoy muchas áreas a las que se conoce como “ciencia” -por ejemplo, compilar estadísticas sesgadas para defender los argumentos de un político (o una corporación) o publicar una variante de conocimiento ya existente- están muy lejos de los estándares científicos de originalidad y de la búsqueda de conocimiento básico.

Y sin embargo, si bien la burocratización de la ciencia alimentó los temores sobre su poder de atracción para pensadores talentosos, no deberíamos ser excesivamente pesimistas. Sin duda, mucha gente lamentó la pérdida de mentes brillantes a manos del sector financiero en las últimas décadas. Pero quizá deberíamos considerar un golpe de suerte que estos genios diseminaran su caos en otra parte.

Es más, subestimamos a la generación más joven de científicos. Al igual que la generación previa, muchos investigadores jóvenes y talentosos saben que deben trabajar duro para cumplir con desafíos gigantescos y hacer aportes valiosos a la sociedad.

Pero debemos tener cuidado de no corromper su trabajo con las prácticas cuestionables que la comunidad científica adoptó en los últimos años. La nueva generación de investigadores debe tener las capacidades y los valores -no sólo los ideales científicos, sino también la conciencia de las debilidades humanas- que le permitan corregir los errores de sus antepasados.

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Project Syndicate

Prodavinci 

Comentarios (1)

carlos quintana
15 de Julio, 2012

Lo interesante de los fraudes científicos es que son descubiertos y denunciados por la misma comunidad científica. Lamentablemente no siempre los científicos fraudulentos son cuestionados o sancionados. En Argentina es paradigmático el caso de Ulises Pardiñas, quien inventó y falsificó numerosos datos de su doctorado y de publicaciones internacionales a pesar que continua trabajando para el estado. En este link está su historia: https://sites.google.com/site/quintanamdp/home/articulos/LARBO2.pdf

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