Artes

El París de Sabrina, por Arturo Almandoz

Por Arturo Almandoz Marte | 14 de Julio, 2012
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1. Si bien resulta abusiva con los clientes suscriptores, la frecuente repetición de películas en canales satelitales de televisión tiene algunas ventajas, al menos para espectadores como yo, que a menudo no disponemos del tiempo o la concentración para ver un filme completo, sobre todo tarde en la noche cuando me desenchufo de otras ocupaciones para permitirme el ocio televisivo. Aunque en los últimos años he aprendido a respetarla y disfrutarla más, esa tardía entrega mía a la televisión arrastra, por cierto, algo del estigma alienante y consumista que le endilgaran al leviatán mediático pensadores como Herbert Marcuse, reinterpretado en el medio venezolano por Ludovico Silva; eran críticos marxistas que leía yo en los años setenta, para estar a tono con cierta literatura sociológica con la que me topé como estudiante en el colegio Tirso de Molina primero, y en la Universidad Simón Bolívar después. Y no digo que influyera en mi resquemor adolescente la jocosa sátira que del televisor hizo Eduardo Liendo en El mago de la cara de vidrio, porque aunque se publicó en 1973, la leí muchos años más tarde.

En todo caso, la aproximación fragmentaria a esas películas repetidas me ha permitido una suerte de lectura entre cubista y posmoderna de algunas de ellas, refractada además por los años transcurridos y las vivencias acumuladas desde que las viera por primera vez; éstas se cuelan ahora como un placer intersticial que me sorprende con inesperadas interpretaciones de las tramas y narrativas. Algo de eso me ocurrió al ver hace meses, avanzada la noche en el canal retro TMC, las dos versiones cinematográficas que, dirigidas por Billy Wilder y Sidney Pollack, han sido hechas de Sabrina Fair, la obra de teatro originalmente escrita por Samuel Taylor. Hija del chofer de los Larrabee, acaudalada familia neoyorquina, Sabrina vive, como se sabe, en las dependencias de servicio de la mansión suburbana, desde donde contempla la muelle vida de fiestas y lujo de sus patronos, suertes de Gatsby de la segunda posguerra; comprensiblemente, la muchacha se enamora del hijo menor, David, interpretado en la versión de 1954 por el buenmozo William Holden, y en la del 95 por Greg Kinnear, seductor también con su esmoquin de chaqueta blanca deslizándose con la música de banda a lo Glenn Miller. Para enfriar tal despropósito amoroso, se decide enviar a Sabrina a estudiar en París, de donde regresa metamorfoseada en el ideal de señorita chic que personificara Audrey Hepburn para las generaciones de posguerra, sobre todo después de que Grace Kelly se hiciera princesa de Mónaco; con menos embrujo pero similar carácter, Julia Ormond actualizó el personaje para el gusto más desenfadado de los noventa. El empuje económico del Nueva York que había devenido metrópoli mundial es personificado en la trama por Linus, el primogénito Larrabee, interpretado en la primera Sabrina por Humphrey Bogart – a quien los estudios cinematográficos habrían recomendado la comedia para suavizar su imagen recia y gansteril – mientras que en la segunda versión correspondió a Harrison Ford, inédito con sus redondeados lentes de yuppie y su descomunal oficina en un rascacielos corporativo de Manhattan.

En el enamoramiento que, deliciosamente aderezado por la comedia de enredos, finalmente nace entre el time is money de Linus y el savoir vivre de Sabrina, hay no sólo una recreación de la sempiterna antinomia entre valores mercantiles y culturales, sino también, a mi juicio, un guiño que la nueva Roma del orbe hiciera a la claudicada meca cultural, sobre todo después del traslatio imperi que supuso la Segunda Guerra Mundial. Es por ese cúmulo de significados que, viendo repetidamente las dos películas en TMC, como ya dije, me ha intrigado el París que buscaba Sabrina en cada versión, que poco sirve de escenario a la trama, por cierto, casi toda ambientada en Nueva York. Pero al fantasear sobre el mítico París de Sabrina, me di cuenta de que me llamaba la atención porque algo de él había, mutatis mutandis, en mi propio equipaje de imaginarios al visitar la capital francesa en varias oportunidades, entre el verano de 1988 la primera, y el de 2008 la última.

2. Prolongando esa denominación vanguardista proveniente de la Belle Époque, asocio el París de la primera Sabrina con mucho de la Ciudad Luz imponente y mirífica, aunque alicaída económica y culturalmente en la segunda posguerra. Desde la mirada norteamericana, ostentaba esa metrópoli, por un lado, parte del mito que Hemingway recreara en París era una fiesta (1963), en buena medida resultante de la contraposición hacia la sociedad estadounidense que lideraran Gertrude Stein y la Generación Perdida. Pero también, por otro lado, resonaba la suspicacia hacia la Europa de posguerra en tanto “gran subasta”, suerte de “remate de objetos” después de un “gran incendio”, como lo voceara Tennessee Williams en Cat on a Hot Tin Roof (1956), por boca de Big Daddy, personificación del magnate patriarcal que parece hablar por el plan Marshall. No obstante esa merma económica y geopolítica de Francia, la torre Eiffel podría ser vista, en el París de Sabrina, como faro remanente del embrujo que el esprit francés y la Ciudad Luz habían ejercido desde el siglo XVIII hasta la Primera Guerra, cuando el afrancesamiento dejó de ser profesado como religión y la ciudad europea par excellence no era ya venerada en tanto Meca de Occidente.

Por su pasado y confeso culto de esa Ciudad Luz – en la cual viviera durante sus años como diplomático gomecista en la legación venezolana – Arturo Uslar Pietri retrató mucho de ese París de la segunda posguerra en El otoño en Europa, publicado poco después de estrenarse la película de Wilder. Tal como reflexionara Uslar en ese viaje al visitar el antiguo Jeu de Paume – buena parte de cuya colección engrosaría después el museo d’Orsay, seguramente recorrido por la segunda Sabrina – acaso el impresionismo pictórico y literario había representado una suerte de “gran fiesta crepuscular de Europa”; un crepúsculo que habría podido “ser mucho más largo y creador si no lo hubieran precipitado trágicamente las dos grandes guerras”. Esa Europa otrora depositaria de la civilización occidental había que “irla a buscar ahora a los museos y las bibliotecas”, del mismo modo que París no era tampoco, al menos desde finales de la Belle Époque, el centro del mundo para todo aquel que lograba “escapar de aquella fascinación vieja y poderosa, para regresar a las profundas solicitaciones de otras tierras y otras horas del hombre distintas y llenas de otra poesía y otra verdad”.

Evocando la leyenda que dice que París fue fundada por descendientes de Franción, nieto de Príamo, quienes habrían traído a las riberas del Sena los tesoros salvados del incendio de Troya – leyenda que acaso busca confirmar la señalada condición occidental de Francia en tanto depositaria moderna de la antigua cultura helénica – Uslar desestimó la veracidad del mito, rescatando empero su alegoría histórica. Porque en el devenir de la humanidad, París no sólo se convertiría en “la más clara y asequible síntesis de la vida civilizada de Occidente”, sino que además seguía siendo, incluso después de la Segunda Guerra, el “centro del mundo” para muchos inmigrantes de Europa, Asia y África. Sin embargo, desde la afinada perspectiva del historiador y antiguo catedrático de literatura de la Universidad de Columbia, la vida intelectual de la capital francesa le pareció al escritor venezolano, en aquella visita coetánea con la de la primera Sabrina, no tan vanguardista como en los tiempos del cubismo y del surrealismo; ello a pesar de las numerosas ediciones de Camus y Malraux, de Mauriac y Sartre que las librerías desplegaban, así como del eco alcanzado por los textos malditos de Gide y Genet, que circulaban rabiosamente por los cafés y bulevares de Saint-Germain-des-Prés y el barrio Latino.

3. Regresando de la entonces única meca de la moda mundial – antes de que Milán despuntara con el milagro italiano de los sesenta, y en los setenta Nueva York con el ready-to-wear que destronara la haute couture – mucho del encanto de Sabrina se debía al juvenil estilo parisién que fuera encarnado por Audrey Hepburn para el gran público de los cincuenta. Este estaba ya cansado de las voluptuosas divas hollywoodenses, de Lana Turner a Jane Russell, frente a las que la grácil Hepburn supuso una renovación iconográfica que no alcanzó Julia Ormond en los noventa.

Sin olvidar las pelucas y los escotes de María Antonieta y las cortesanas versallescas; lejanas ya las túnicas de alto talle como las que luciera Josefina en los salones napoleónicos; mucho después de los miriñaques y polisones del Segundo Imperio, París había sido el teatro de otra metamorfosis secular abanderada por Chanel, una vez que Paul Poiret liberara de tachones y drapeados a las encorsetadas damas de la Belle Époque. Esa transformación modernizadora continuó con la simplificación de estilos y el tira y encoje de faldas, que desde la segunda posguerra, protagonizaran en Francia la misma Coco, Christian Dior y Hubert de Givenchy, del último de los cuales la Hepburn devendría musa y embajadora cinematográfica. Con corpiños palabra de honor y acampanadas faldas de amplio vuelo, realzadas por guantes hasta el codo; de entallados vestidos sin manga, combinados con discretos tocados que dejaban ver el casual peinado de pollina; o con talleres de chaqueta corta y cabello recogido en moños – recreados en los sesenta por Kim Novak y Tippi Hedren en las sofisticadas tramas de Hitchcock – Sabrina representó, aunque Hepburn fuera belga de nacimiento, la parisiense sofisticación de la mujer americana, que era una suerte de último destronamiento metropolitano de la Ciudad Luz.

Alcanzando ribetes políticos e institucionales, ese desplazamiento sería hábilmente sellado, allende el cine y la farándula, por la joven fotógrafa Jacqueline Lee Bouvier que casara con el apuesto senador John F. Kennedy en 1953. Afrancesada por ascendencia y por vivir en París como estudiante de la Sorbona, Jackie trajo a los cocteles y las fiestas de Massachusetts primero, y a las recepciones y galas de la Casa Blanca después, mucho del sofisticado equipaje parisino que mostrara Hepburn en la Sabrina de Wilder. Con sus talleres trapecio a lo Chanel y sus pálidos trajes sin manga a lo Givenchy, pero versionados todos por Oleg Cassini desde Nueva York o California, la señora Kennedy rompió una anodina tradición de primeras damas desaliñadas que culminara con mom Eisenhower, la propia antecesora que le ayudó a realzar el contraste; con Jackie, la First Lady americana devino un icono de estilo y glamour que ganó reconocimiento incluso en los Elíseos de De Gaulle, donde el mismo presidente estadounidense bromeó con ser “el acompañante de la señora Kennedy”, cuando la flamante pareja visitara París.

Antecedida por Grace Kelly y Audrey Hepburn, Jacqueline Kennedy primero y Jackie Onassis después jalonaron así la internacionalización de la moda que ya para los setenta tendría varias capitales, aunque París continuara siendo su metrópoli primada. Desde aquí seguirían difundiéndose los irreverentes culottes y las casacas estilo safari, junto al traje pantalón de Saint Laurent, como los que Jackie O luciría con desenfado en sus soirées parisinas o en sus cruceros por el Egeo, del brazo del magnate griego y cubriéndose con los redondeados lentes de sol. Pero también usaba Jackie a finales de los sesenta, como la Hepburn, las atrevidas minifaldas que Mary Quant había lanzado desde King’s Road, epicentro del swinging Londres y el Chelsea look; y por sobre todo, desde los setenta, los fluidos camiseros neoyorquinos de Halston, cuyos sombreros casquete había popularizado como primera dama.

4. Sobre aquella americanización de la moda parisina, de Audrey Hepburn a Jackie Kennedy, pensaba yo en mi último viaje a Francia en el verano de 2008, cuando en el vuelo de Air France transmitieron un reportaje sobre una gala que había tenido lugar poco antes en Versalles, organizada por una fundación presidida por madame Giscard D’Estaing; además de la convocatoria hecha por la otrora primera dama a las luminarias del jet set, la recepción había contado con muestras de colecciones de Lagerfeld y Galliano, entre otros de los grandes nombres internacionales que presiden los mayores ateliers franceses. Aunque no lo reconociera pero sí lo asomara, el reportaje me hizo pensar que esta moda del siglo XXI era un globalizado producto de exportación europea, y no tanto un modo de vida de parisino, como el que buscara cada Sabrina en su travesía respectiva.

A diferencia de estadías anteriores, cuando había preferido la cercanía a los grandes bulevares comerciales que tanto asocio con la renovación de Haussmann, en ese viaje del 2008 me alojé en un pequeño hotel del más residencial arrondissement de Buttes-Chaumont, del cual saldría al día siguiente para un congreso en Lyon. No hubo tiempo de visitas dilatadas sino apenas un recorrido por la avenida Jean Jaurès, rememorando al sindicalista ejecutado casi como mártir pacifista en vísperas de la Gran Guerra; como bien lo presintiera el líder socialista, algo había en esa conflagración, aunada a otros malestares de la Tercera República, que prefiguraban el fin de la puissance francesa de la Bella Época. Mucho antes de la Segunda Guerra Mundial que pusiera fin a la predominancia vanguardista de la Ciudad Luz – como resaltara Uslar Pietri en la crónica de su viaje otoñal, al igual que lo hicieran miembros de la Generación Perdida en sus memorias – el asesinato de Jaurès y la consiguiente entrada de Francia en la Gran Guerra habían marcado una hora menguada para el destino de París como metrópoli, cavilaba yo al desembocar en la place de Stalingrad.

La pintoresca geografía entre comercial y residencial en las riberas del canal de Saint-Denis en mucho me recordaba escenas de películas de Jacques Tati, así como alegres acordes de la suite parisina de Darius Milhaud, que en este viaje quise darme como único regalo, junto a un pulóver ligero cuya compra fue apurada por la brisa otoñal de aquel atardecer. Quizás por estar en un distrito como ese, y sin olvidar el tráfago que atrapa en otros de la metrópoli gala ya visitados, entonces pensé que, después de las vanguardias emigradas y de la moda desplazada, en ese solazado y colorido tempo parisién sigue vivo mucho del encanto que Sabrina buscara en sus viajes cinematográficos, los cuales he fabulado yo en algunas noches televisivas.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (2)

Rafael Rodríguez Oletta
19 de Julio, 2012

Arturo, siempre es un gusto leer estas crónicas tuyas. Las leo desde hace rato por esta misma vía. Con ellas se aprende, están basadas en tu erudición y en esa mezcla, cada vez mejor, entre lo sabido, lo vivido y tus pareceres. En algunos pasajes que en otras he podido disfrutar, aprecié tu gran honestidad. No hay otra manera de escribir.También rememoré la siempre buena acogida que recibí en San Bernardino arriba, cuando yo estudiaba universidad y tú comenzabas bachillerato. En tu casa, con tu familia. Los recuerdo.

Arturo Almandoz
20 de Julio, 2012

Hermoso comentario, Rafael, especialmente significativo para mí por venir de un intelectual y escritor como tú. Yo también recuerdo aquellos años setenta en la quinta de San Bernardino, cuya atmósfera estudiantil era realzada con tu formación y disciplina.

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