Artes

Las aceras artísticas de Garrigues

Por Prodavinci | 11 de Julio, 2012
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Artículo publicado en El Mundo (España), escrito por Juan Manuel Bellver. A continuación un extracto:

Elena Garrigues Miranda (Madrid, 1959) nunca pudo imaginar que su tendencia irrefrenable a mirar el suelo que pisa se convertiría en una seña de identidad artística que le ha llevado a exponer este mes con notable éxito en París.

Para el neófito, sus retratos de las aceras de las grandes capitales que visita asemejan paisajes oníricos realizados con alguna compleja técnica digital, emparentados en cierto modo con el expresionismo abstracto estadounidense. Pero no: se trata de primeros planos cenitales del empedrado urbano con encuadres fotográficos que evocan otras realidades y los colores llevados al límite durante el revelado para acentuar su vocación pictórica. Un ejercicio de estilo que le permite sacar belleza de donde no la hay y explorar de una manera insólita una ciudad.

Nueva York, Praga, Hamburgo, Beirut, Lisboa, Shanghai… Este juego de escudriñar la corteza metropolitana para descubrir en ella un Rothko o un Pollock lo ha ido desarrollando Garrigues desde hace una década, en casi todas las poblaciones que ha visitado o en las que ha residido.

Artista autodidacta de vocación tardía, muchos años antes de colgarse una cámara al cuello se formó como abogada en el ICADE madrileño y como periodista en la Columbia University neoyorquina; trabajó como corresponsal en Bruselas del semanario político ‘Cambio 16′ y ocupó distintos puestos directivos en la banca JP Morgan Chase de Nueva York y de Londres.

Orígenes de una autodidacta

“Mi acercamiento a la fotografía fue bastante casual y hasta prosaico. Durante la época en que vivía en Manhattan me quedé embarazada de gemelos y mi barrio estaba lleno de obras y de baches. Así que tenía que caminar mirando hacia abajo con mucho cuidado de no caerme. A fuerza de observar, me di cuente del potencial plástico de una cosa tan simple como es el pavimento. Y empecé a fotografiarlo intuitivamente”, explica.

Garrigues nunca ha tenido la tentación de la técnica mixta (“no sé pintar”), ni del retoque binario (“no me interesa el ‘Photoshop’”), ni de cambiar de registro fotográfico (“no me gustan los paisajes ni la naturaleza, soy muy urbana”). Sus cajas de luz y sus impresiones digitales en papeles texturizados resultan ya suficientemente intrigantes por esa descontextualización de la realidad y esa poética del escorzo insospechado a cuyo misterio contribuyen igualmente unos títulos que juegan con palabras inventadas o escritas al revés.

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Prodavinci 

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