Artes

La nueva chica del soul (+video)

Por Prodavinci | 11 de Julio, 2012

Artículo escrito por Iker Seisdedos, publicado en El país (España). A continuación un extracto:

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Jill Scott (Philadelphia, 1972), cantante y compositora de soul, poeta y actriz, responde a la pregunta escasamente original, cierto, de qué otros letristas consiguen inspirarla. Después de todo, los fans de esta artista (legión en EE UU y norte de Europa; no tantos en España, donde actuará por primera vez el 15 de julio en los Veranos de la Villa) la prefieren al resto de sus compañeras de estilo musical (eso que llaman neosoul) por su capacidad para contar historias, pequeñas novelas de afirmación femenina que transcurren en la gigantesca, confusa y muy hostil conurbación posmoderna. “Stevie Wonder, sin duda”, contesta Scott al teléfono. “Nina Simone, Lionel Ritchie, Donny Hathaway… Beyoncé”. ¿Beyoncé? “La considero la gran artista de nuestro tiempo”.

Pese a que ambas comparten cierto feminismo de magacín matinal (y aunque la reivindicación de la ex Destiny’s Child más allá del pop de consumo ha devenido en un cliché), poco tiene que ver la propuesta de Scott con el soul neumático de aquella. Las producciones de Jill beben de la gran herencia de la música negra sofisticada de los setenta y ochenta, del sonido Filadelfia y del resto de las dulces melodías que surgieron como flores entre las malas hierbas en lugares como Detroit y Chicago.

Scott, oriunda de un gueto del norte de la ciudad del amor fraterno, pertenece a esa generación de negros estadounidenses cuya abuela peleó por tomar el mismo autobús que los blancos, perdieron a un tío en las garras del crack y han visto a un hermano mudarse a la Casa Blanca. “Siento una mezcla de esperanza y escepticismo ante la reelección de Obama”, afirma. “Escucharé lo que tenga que decir y votaré en consecuencia. No me tiene ganada”.

La chica lista del barrio, descubierta en 1999 en un café por Questlove, batería de la banda de rap The Roots, sus primeros aliados artísticos, logró por primera vez el verano pasado aupar su cuarto disco, The light of the sun, al número uno de las listas de éxitos. Y por raro que resulte, lo hizo con uno de sus mayores logros artísticos, comparable a aquel sobresaliente Words and sounds vol. 1 (2000), con el que descubrimos a una joven y original recitadora.

Desde entonces, en su música han ganado terreno las melodías vocales al spoken word, pese a que Scott sigue representando la vieja aspiración beatnik de que en EE UU la poesía aún tenga su sentido como espacio público. En lo personal, ha tenido tiempo de convertirse en actriz de cine y televisión (quizá la recuerden de la serie de la HBO The No. 1 Ladies Detective Agency, sobre cómo ser investigadora privada en Botswana), publicar su poesía completa, pelearse con su sello (Hidden Beach la demandó por ruptura contractual cuando esta se fue a Warner), divorciarse de su primer marido, tener un hijo con el batería de la banda y separarse de este.

No son chismorreos fuera de contexto; Scott airea en las letras el modo en que sus experiencias vitales cambian su visión del mundo. Y si su segundo disco contenía una declaración sobre el compromiso conyugal bajo el título No tengo miedo, el último se adorna con un recitado llamado Womanifesto sobre no tropezar en la misma piedra masculina una y otra vez. “He logrado un raro equilibro”, explica. “Me siento feliz criando a mi hijo y orgullosa de saber que cuando vuelvo a casa mis padres y mi abuela aún ven a una chica a la que la fama no ha logrado trastornar. De aquella denuncia puedo decir que todos hemos entrado en razón”.

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