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Artes

“Making of” de la novela

Por Prodavinci | 9 de Julio, 2012
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Artículo escrito por Daniel Arjona, publicado en El Cultural. A continuación un extracto:

Saber cómo se ha hecho. La película, el documental, el disco, el cuadro, ¿la novela? El ‘making-of’ siempre activó el deseo del público, que soñó con asomarse al hombro del creador para agotar su curiosidad sobre la construcción de la obra en marcha. El cine lo probó con éxito hace ya tiempo y ahora, como ha demostrado Arturo Pérez-Reverte con el blog sobre su próxima novela, las nuevas tecnologías permiten a los autores ofrecer una ventana en tiempo real a su trabajo. ¿Con qué nos encontraríamos? Hemos invitado a diez escritores españoles a desnudar su novela inacabada.

El anuncio llegaba el 30 de mayo: “Seguirán en los próximos meses, sin método ni periodicidad fija, algunas de mis notas breves sobre el trabajo en curso. Se trata de una novela no histórica, empezada el 7 de enero de 2011 (aunque su origen sea muy anterior), que poco a poco parece encaminarse a su recorrido final”.

Y novelaenconstrucción.com fue desmadejando sus secretos. Recopilamos: Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) labra una novela “no histórica” de amor “peligrosa y turbia”, que combina “tango, espionaje, delincuencia y ajedrez”; la protagonizan “un viejo canalla y la mujer que pudo cambiar su vida” y arranca en Buenos Aires en 1928 para bajar el telón en Sorrento en 1966. Suma más de 250 folios, y lucha por no rebasar los 500. El escritor relata al día cómo aprende a abrir cajas fuertes (“hay días en que me encanta escribir novelas”) o lidia con la construcción de personajes (“sus andares y tono gardelesco, útiles para construir el personaje de mi malevo Juan Rebeque”). Pero también enumera materiales y herramientas, libros y folletos, los viajes para cotejar emplazamientos, errores y aciertos (“y piensas. Vale. Eso lo dejo”).

Desde que existe Internet, algunos escritores, episódicamente, han vertido detalles de sus novelas en marcha, brindado adelantos, lamentado los circunstanciales parones o ufanado de los resultados. Pero no resultaba habitual invitar a a tus lectores con pareja hospitalidad a husmear entre bambalinas y filmar tu propio making-of. La iniciativa de Pérez-Reverte estimuló nuestra curiosidad y nos dirigimos a otros autores con novela en ciernes para reclamarles el making-of de su obra en marcha. Un streaptease con diversos grados de intensidad.

Por ejemplo, Juan Marsé (Barcelona, 1933) se ha topado con el semáforo en rojo en plena escritura de su próxima novela, que anda “un poco parada”. No son las dudas las que lo han asaltado, ni la pérdida de confianza en el argumento, aunque confiesa que no acaba de tener “las cosas claras” y que, cuando la retome, tal vez pudiera virar “hacia otra parte”. Pero los verdaderos culpables por los que ha abandonado temporalmente la historia son tres nuevos relatos largos que han brotado de pronto en su cabeza: “De repente, estas tres ideas embrionarias se pusieron en marcha y me fui tras de ellas. Ahora centran mi atención y mi propósito. Pretendo concluir al menos tres versiones previas de los tres relatos antes de regresar a la novela inacabada”.

Un organismo vivo

Con Ayer no más Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha vuelto a complicarse la vida. “Nos gustan tanto algunas novelas porque hallamos en ellas un sentido que no tiene la vida, hasta el punto de que a veces acabamos metidos en sus páginas, seducidos, creyéndonos parte de una ficción y entre personajes que acaban siendo más reales que nosotros mismos. Yo tengo unas nociones muy elementales sobre la técnica y la teoría novelísticas. Escribo las mías por instinto, deseando que acaben siendo un organismo más que un mecanismo. Un organismo vivo es siempre superior, a mi modo de ver, a cualquier mecanismo, por perfecto que este sea, y acaso por eso no me ha importado arriesgarme de una manera un tanto insensata con temas “complicados”.

Trapiello alude a complicaciones como la de continuar la trama del Quijote en Al morir don Quijote, un incesto en Los confines, o Ayer no más, la novela que se publicará el próximo octubre y cuenta “la historia de un profesor especialista en Guerra Civil, exmilitante del PCE, que regresa en 2006 a su ciudad natal, León. Allí se entera por azar de que su padre, falangista y vivo aún, presenció cómo se asesinaba en 1936 a un hombre delante del hijo de este, de nueve años. 70 años después ese niño aparece exigiendo reparación, justicia y, sobre todo, saber dónde enterraron el cuerpo de la víctima. El relato, inspirado en algunos hechos reales, está contado por todos y cada uno de los personajes que aparecen en él, enfrentados no sólo por el pasado, sino, principalmente, por el modo de recordarlo en un presente en el que pocos parecen atreverse a saber toda la verdad, contra lo que ellos mismos creen”.

Es tras la Guerra Civil, en los 50, cuando Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) emplaza la novela que publicará en noviembre tras cuatro años de trabajo con el título de Me hallará la muerte. Para él, el mayor problema al escribir es “de vibración con los personajes y con el mundo que habitan. A fin de cuentas, la novela retrata el misterio de la vida; y escribiéndola, uno se zambulle en ese misterio”.

El misterio desvelado

Parte De Prada del convencimiento de que escribir es participar de un misterio, vibrar con él, irlo alumbrando a tientas, “como el expedicionario que penetra en una caverna, armado tan sólo de un mechero. Pero cuando ese misterio le es por fin desvelado al escritor, escribir puede convertirse en algo mecánico, previsible, rutinario; y esa rutina se contagia a la escritura. Entonces uno tiene que tomar distancia de lo que está escribiendo, evitar el camino trillado, dejar en barbecho lo que escribe. El tramo final en la escritura de una novela es el más laborioso e ingrato: porque, a medida que avanzamos, el mechero que nos guía ha alumbrado ya las paredes de la cueva. Y la aventura corre el riesgo de degenerar en excursión organizada con guía turístico: exorcizar ese riego es lo más difícil; y la exigencia primera en un escritor con pundonor. Vibrar hasta la última página: en eso estamos”.

Elvira Navarro (Huelva, 1978) prefiere no dar detalles concretos de la historia en la que anda pero sí nos abre su kit básico de supervivencia literaria: “Para mí la escritura no tiene que ver con la invención, sino con sacar a la luz algo que existe previamente de una forma vaga y que busca encarnarse en la palabra. Cuando escribo, no estoy pensando en términos técnicos, sino en algo mucho más abstracto que tiene su traducción en una voz, una atmósfera, un ritmo, unos escenarios y cierta trama que siempre funciona como dibujo de eso otro indefinido. Me preocupa muy poco la verosimilitud, que me resulta anticuada incluso cuando la narración se inscribe en el realismo clásico. Jamás me documento, y a veces me imagino a los defensores de la corrección y el buen gusto para acordarme bien de quiénes no deben importarme nunca”.

Todo son dudas

El título de la próxima novela de Luisgé Martín (Madrid, 1962), prácticamente coronada, es provisionalmente La ciudad. Sus avatares no envidian a los de la más arriesgada factoría minera. “Los cuentos me caen del cielo, pero las novelas, en cambio, las tengo que sacar de la tierra cavando hondo. En 2001, cuando atacaron las Torres Gemelas, yo estaba a punto de cumplir 40 años y empezaba a sentir la crisis de esa edad. De repente los dos hechos se hermanaron literariamente y me vino la idea de un relato. Una idea sugestiva. La anoté en un cuadernito, como suelo hacer, y me olvidé de ella. En 2007 me senté a escribir. Lo hice de un tirón. El resultado fue un cuento largo, de unos veinte folios. Enseguida supe que aquella historia estaba sin terminar de hervir. Pasaron otros cuatro años, y cuando acabé La mujer de sombra tomé la decisión de darle a ese relato la forma que merecía. Como los cuerpos de los adolescentes, empezó a crecer por algunas partes, a adelgazarse por otras y a cobrar carácter. Alumbré algunas zonas que estaban oscuras. Y me atreví a intentar averiguar, con detalle, por qué el protagonista se comportaba de ese modo tan extraño”.

Un poco más le falta a Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) para poner punto final a su segunda historia larga. Y, como el asombrado cautivo que observa que el verdugo se djó la puerta abierta, soporta a duras penas el asedio de las dudas: “La incertidumbre es el único paso seguro. El día que das punto final al primer borrador crees haber logrado algo valioso y el motivo no es otro que el que sigue: sí, es valioso terminar algo, aunque sea un borrador. A partir de ahí son todo dudas. Ahora intento acabar una novela, lo que es tanto como decir que debo tomar varias decisiones tras cinco borradores. Lo terrible es que tras darle innumerables vueltas, las dudas no afectan sólo a las grandes decisiones: también titubeas sobre cada página, cada párrafo, cada palabra. La parte de indecisión y perplejidad es tan inmensa que funda un universo paralelo de vacilación, a cuenta de la antimateria novelesca (o de la materia antinovelesca). La novela se torna enemiga. La obra, zozobra. Todo te irrita. El chico protagonista me cae ya tan gordo que estoy pensando en cambiar el final y hacerlo morir virgen y de la más dolorosa de las formas”.

La pudorosa Marta Sanz (Madrid, 1967) avanza posiciones a la trinchera de la página 120 pero hasta ahora no había dejado que nadie se asomara por encima del hombro: “Al escribir, a veces sufro; otras, gozo: dolor y placer no se relacionan con la certeza de estar haciéndolo bien o mal. Nadie me lleva la mano. Ningún clásico, fantasmagóricamente, me sopla al oído frases. Las musas no me atienden: saben que soy heterosexual. También soy una escritora aplicada de naturaleza diurna. El ruido de la calle no me molesta. Todo eso se nota en lo que escribo. En mis 120 páginas, esta vez, asumo el reto de contar a través de una voz que se expresa sobre diferentes soportes: el relato impresionista de una infancia contada desde el adulto que todos los niños llevan dentro y la narración documental. Dentro y fuera. Intimidad e Historia. Ando con cuidado. Como si fabricara relojes. Hablo sobre los límites -alta y baja cultura, privado y público- y el límite para decidir sobre el propio cuerpo. Sobre la mujer y sus bellas imágenes. Nadiuska. Amparo Muñoz. Bárbara Rey. Sobre el retroceso de las leyes. Dudo. Ya veremos qué pasa cuando escriba la palabra fin. Algo que -ahora me doy cuenta- no hago nunca”.

Todos los escritores aquí interpelados tienen una novela en distintos niveles de procesado. Todos menos uno, Carlos Salem (Buenos Aires, 1959), bulímico creador con dos en marcha. Y ha aflojado el pistón: “Mi abuelo decía que me tomaba demasiado trabajo para no trabajar. Siempre tengo tres o cuatro novelas abiertas, y nunca sé cuál voy a terminar primero. Pero sí que voy a escribirlas. Todas. Ocurre así: dos ideas que rondan mi cabeza chocan con una tercera y ya sé que tengo algo que contar y cómo quiero contarlo. Juego hasta que tengo la voz de los personajes y la certeza de lo que les pasará. Siempre conozco el final. Cuando llevo 70 u 80 páginas, paro, antes de conectar el piloto automático. Corrijo y dejo que repose. Y retomo otro proyecto. Ahora corrijo El pibe que quería ver más, mi último libro, pero me pican los dedos por retomar La muchacha más sola del mundo, mi próxima novela. Salvo que tres ideas nuevas choquen en mi cabeza y todo vuelva a empezar. Mi abuelo siempre tenía razón”.

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