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Fútbol posnacional, por Ian Buruma

Por Prodavinci | 9 de Julio, 2012
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Algunos de los periódicos alemanes más histéricos achacaron la derrota de Alemania ante Italia en las semifinales de la Eurocopa a que pocos de los jugadores se molestaron en cantar el himno nacional, lo que contrasta con la actitud de los jugadores italianos, todos los cuales cantaron a pleno pulmón la letra de Il Canto degli Italiani (“El canto de los italianos”). De hecho, el capitán, Gigi Buffon, cantó con los ojos cerrados, como si estuviera rezando.

Pero los italianos no tuvieron posibilidades en la final contra España, el mejor equipo del mundo, ninguno de cuyos jugadores abrió la boca durante la interpretación del himno español, la Marcha real, cosa lógica, en vista de que dicho himno no tiene letra. Y, además, los jugadores catalanes se sienten incómodos con el himno nacional, muy promovido durante la época del difunto dictador Francisco Franco, que detestaba el nacionalismo catalán.

Sabemos que en el fútbol los equipos que tienen más éxito no siempre son los que tienen los astros mayores. Los campeones funcionan como equipos: cohesionados, no afectados por el egotismo de las prima donnas, pues todos ellos están dispuestos a colaborar con sus compañeros. ¿De verdad es el patriotismo la clave para esa clase de espíritu en los equipos nacionales, como creen los críticos alemanes del suyo?

Con frecuencia se ha considerado el fútbol un substituto de la guerra: una forma simbólica y más o menos pacífica de dirimir rivalidades internacionales. Los hinchas de los bandos nacionales son actores de algo así como un carnaval patriótico, vestidos con los uniformes de sus estereotipos nacionales; los hinchas ingleses, como caballeros medievales; los holandeses, con zuecos; los españoles como toreros. Es comprensible que los alemanes tengan un problema con el simbolismo nacional, pero descubrí a unos pocos hinchas con traje casi bávaro. El premio para el disfraz más humorístico ha de corresponder a los italianos vestidos de papas y cardenales.

En el pasado, los hinchas ingleses –pero no fueron los únicos– llevaron la metáfora de la guerra demasiado lejos y actuaron más como ejércitos invasores en el continente de Europa, al aterrorizar a las desgraciadas ciudades en las que el equipo de Inglaterra disputaba partidos, pero también los jugadores han dejado a veces de ocultar las animosidades nacionales. Cuando en 1988 Holanda derrotó a Alemania en una memorable semifinal europea, uno de los jugadores holandeses se limpió ostentosamente el trasero con una camiseta alemana.

Dada la intensidad del sentimiento nacional en esos torneos, no es de extrañar que la gente guste de proyectar características nacionales en el estilo del juego. En las escasas ocasiones en que Inglaterra gana un partido importante en este tiempo, se atribuye la victoria a un espíritu de lucha “típicamente” inglés, junto con el “juego limpio”. Los alemanes juegan con “disciplina”, los italianos con la fuerza defensiva de los guerreros romanos, los holandeses con el libre espíritu del individualismo, los españoles con la elegancia de los toreros, etcétera. Cuando los franceses ganaron la Copa Mundial de Fútbol en 1998, lo atribuyeron a la multietnicidad de su equipo: la encarnación del compromiso de Francia con la liberté, égalité, fraternité.

Pero, cuando los equipos pierden, esas virtudes estereotípicas resultan condenadas con la misma convicción como defectos característicos: la falta de imaginación de los alemanes, el miedo de los italianos al ataque, el egoísmo holandés, la falta de sentimiento nacional entre las minorías de Francia, etcétera.

En realidad, los estilos futbolísticos auténticos son bastante más complicados. La procedencia del gran partido español de hoy no es el ruedo taurino, sino el equipo del Barcelona creado por Johan Cruyff en los decenios de 1970 y 1980. El origen de su concepción del “fútbol total”, consistente en mantener la posesión del balón con pases rápidos y cortos y cambios rapidísimos de la defensa al ataque, fue el Ajax, de Amsterdam, a finales del decenio de 1960.

Como con frecuencia ocurre con los modelos innovadores, otros los adoptan y, como en el caso español, los mejoran y perfeccionan. Ahora todo el mundo intenta practicar el “fútbol total”, excepto los ingleses, que, como es típico en ellos, se mantienen alejados de las ideas extranjeras. Los italianos han abandonado su táctica defensiva. Incluso los alemanes practican el juego de los pases con estilo e imaginación. La diferencia entre España y los demás es la de que los españoles lo hacen mejor.

Daniel Cohn-Bendit, el ex dirigente estudiantil francoalemán de 1968 y diputado de los Verdes al Parlamento Europeo, sostuvo en un artículo reciente que los modernos astros del fútbol no juegan en realidad para sus países. Como endurecidos profesionales que son, juegan primordialmente para sí mismos. Son –por usar sus palabras– “mercenarios”.

Eso tal vez sea demasiado cínico. Las lágrimas que surcaron las mejillas de Andrea Pirlo y Mario Balotelli después de la derrota de Italia no eran de profesionales endurecidos. Querían ganar, no sólo por el dinero o por el bien de sus carreras profesionales, sino también por la gloria. Ha de seguir sentando bien ser un héroe nacional, aclamado en las calles de Roma, Madrid, Londres o Berlín como un guerrero de regreso de una campaña victoriosa.

Y, sin embargo, Cohn-Bendit no está del todo equivocado. Lo que fue impresionante durante este campeonato europeo fue el íntimo compañerismo entre jugadores rivales. Se consolaban y felicitaban mutuamente, abrazándose como los viejos amigos y colegas que con frecuencia son. La mayoría de los jugadores que ocupan los primeros puestos juegan con los mismos clubes en España, Alemania, Inglaterra o Italia. Muchos hablan varias lenguas europeas con la fluidez de los hombres de negocios internacionales que también son.

Ahora todos los mejores clubes europeos son multinacionales. Los jugadores siguen al dinero y los clubes que ocupan los primeros puestos resultan ser también los más ricos: Real Madrid, Chelsea, Barcelona, Manchester City, Bayern de Múnich, etcétera. Algunas de las prima donnas más difíciles y exigentes con frecuencia causan menos fricciones con sus uniformes multinacionales que en sus equipos nacionales.

Si hay una moraleja de esta historia, es ésta: una bandera, lengua o historia nacional común puede contribuir, desde luego, a inducir a las personas a cooperar en armonía por una causa compartida, pero también puede hacerlo el egoísmo ilustrado. En los niveles más altos de los logros humanos –ya sea en el arte, la ciencia o el fútbol– podría ser en realidad el factor más importante.

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Project Syndicate

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