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Una lección de humildad, por Héctor Abad Faciolince

Por Héctor Abad Faciolince | 7 de julio, 2012

Siempre al mediodía, si tengo la rara fortuna de estar en Medellín, voy a una piscina a nadar. Si alguna ventaja tiene este perpetuo verano de los trópicos y esta tibieza ideal de las montañas, es que todos los meses del año se puede nadar al aire libre y a plena luz del sol, sin sentir frío y sin sentir calor. Sé que exponer todo el cuerpo a esa dosis diaria de rayos ultravioleta es pésimo para la piel (aunque uno no aspire a ser el viejito menos arrugado de la ciudad), pero para la mente y para la salud en general, es como una caricia cotidiana, como un bálsamo que devuelve la serenidad que nos quitan las noticias horribles, los odios merecidos o inmerecidos, los ataques cobardes, las iras, las mentiras de este país enfermo de violencia verbal.

Me pongo el gorro —tan ridículo— y me acomodo en los ojos la careta; después me tiro al agua, y ese primer contacto completo del cuerpo entero con el cuarto elemento es, siempre que lo siento, la cosa más parecida a la felicidad. Me empujo con las piernas, me sumerjo, me estiro, y empiezo a bracear. Es tan bonito que ni siquiera es ejercicio: es jugar.

Durante un buen tiempo nadé siempre solo, con tapones en los oídos, y sin mirar a los lados. No me esforzaba nada, no me metía con nadie y pensaba en mis cosas. Hacía en una hora un kilómetro y medio, sin que siquiera se acelerara el corazón, y me iba a almorzar. Al lado estaban los monstruos, nadando a su ritmo monstruoso con sus espaldas gigantes y sus brazos de atletas, pero yo —por ese estúpido orgullo que casi siempre da el sentirse inferior— no los miraba siquiera. Mi único músculo era el de la pluma, y levantar la pluma no da propiamente bíceps ni hombros de nadador. Creía, como decía Vargas Llosa del trote, que nadar era un ejercicio intelectual.

Pero un día, dos de los monstruos me obligaron a salir de mi soledad: Daniel y Óscar me invitaron a unirme al grupo, y me explicaron que no se trataba de competir con ellos, sino de nadar juntos. Desde ese día nadar, para mí, se convirtió en algo mucho más importante que el puro placer del agua: se volvió una lección cotidiana de humildad. Todos mis compañeros son nadadores expertos; algunos compitieron en juegos nacionales o suramericanos, bien sea como waterpolistas o nadadores de libre, de mariposa, de nado sincronizado, de pecho o de espalda. Si ellos, en un entrenamiento suave, hacen 200 metros en dos minutos y medio, yo les llego, acezando, un minuto después. Y no se ríen mucho; hasta me felicitan.

Al principio creí —machista como soy— que podría seguirles el paso al menos a las mujeres (María Teresa, Natalia, Mónica, Paola), pero qué va. Ellas se van en pecho, y yo en libre con manoplas, y todavía así me dejan atrás. Nadar con nadadoras me ha enseñado a perder y perdonar. Mi único consuelo, de cuando en cuando, es Salomón. El hombre nada con una parsimonia de cetáceo, impávido, y cuando nada cerca de mí, pruebo el extraño sabor de la victoria.

Pero en realidad es más dulce perder con los monstruos (Daniel, John, Álvaro, Isaías, Óscar, Alejandro) que ganarle a una marmota como yo. Cuando ellos hacen un combinado con los cuatro estilos, yo a duras penas varío entre el pecho y el crol, ese maravilloso estilo que fue inventado por los indios suramericanos, y que es el único en el que realmente medio me sé mover. Dos veces a la semana viene un instructor, Horacio Longas, que fue profesional, y que se obstina en mejorar mi patada de escritor. No nado para ganar, sino para gozar, y para recordarme lo mediocre que soy. El caso es que en el agua, mientras yo hago cuatro piscinas y los monstruos seis, a veces me consuelo (más que con Salomón), recitando los versos de un colega que se decía a sí mismo también nadador: “Agua, te lo suplico. Por este soñoliento/ Nudo de numerosas palabras que te digo, / Acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo. / No faltes a mis labios en el postrer momento”.

 

Héctor Abad Faciolince 

Comentarios (3)

Alfredo Ascanio
9 de julio, 2012

Y como yo no se nadar, bajo a la piscina (alberca como dicen los Mexicanos) por el lado menos hondo y bien agarrado, “por si las moscas”.

Nelly Tsokonas
10 de julio, 2012

Sencillo y hermoso relato, más que relato un testimonio de humildad, de quien siendo un escritor tan leído y reconocido, por muy hondo que se sumerja en el agua no ha perdido el “contacto a tierra”.

Desde Venezuela, un saludo para el autor.

Gracias a Prodavinci por la excelencia de sus autores y de sus publicaciones.

Liliana
12 de julio, 2012

Delicioso cuento de amor …al agua!!! Ya uno te ve nadando…conviviendo con tu lucha por la humildad y tu sostener la autoestima…me encantó!!

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