Artes

La famosa naranja mecánica de Anthony Burgess

Por Prodavinci | 6 de Julio, 2012
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Artículo publicado en El Mundo (España), escrito por Javier Memba. Un extracto a continuación:

Medio siglo después de su publicación por W. Heinemann en Londres, lo primero que llama la atención en La naranja mecánica es la capacidad premonitoria de Anthony Burgess al escribirla. Las pandillas juveniles, que matan al primero que les sale al paso a patadas; los conductores suicidas, que avanzan por la carretera en dirección contraria; las bebidas energéticas, ingeridas para fortalecerse por los adolescentes que se divierten apaleando a mendigos en la liturgia de la noche de acción… Todo, hasta los que arremeten contra el mobiliario urbano por el placer de la destrucción, es algo que está tan a la orden del día que cuesta creer que hace 50 años, cuando esas cosas no pasaban, pudiera imaginarlo un escritor. Sin embargo, fue tan grande la clarividencia de Anthony Burgess que ‘La naranja mecánica’ se antoja una profecía antes que una novela.

Mucho podría hablarse de las concomitancias existentes entre el mesianismo de los intelectuales progresistas y los procedimientos de algunos estados democráticos, puestos a reprimir la delincuencia, presagiados en ‘La naranja mecánica’ con el incontestable acierto que la caracteriza. Pero seguro que Burgess, preguntado por su obra, hubiera preferido referirse al célebre capítulo 21. Suprimido en la edición estadounidense y en la brillante adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick de 1972. En el prólogo a una reimpresión de 1986, el propio Burgess escribe respecto a su contenido: “Mi joven criminal protagonista crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción. La violencia sin sentido es una prerrogativa de la juventud; rebosa energía pero le falta talento constructivo”.

Puede que si el gran Kubrick se hubiese detenido en esa última reflexión -incluida en el capítulo vigésimo primero porque los 21 años eran los de mayoría de edad cuando Burgess escribió la novela-, el cineasta no se hubiera visto impelido a retirar voluntariamente la película luego de que una joven fuese violada en las calles de Londres a imitación de los ultrajes perpetrados por Alex y sus ‘drugos’.

Una nueva lengua

Concebida después de que su mujer sufriese la misma suerte a manos de unos marines estadounidenses -destacados en el Londres de la Segunda Guerra Mundial-, perdiendo como consecuencia del asalto el hijo que esperaban, Anthony Burgess era perfectamente consciente de la fascinación que la violencia ejerce en el ser humano, especialmente en los más jóvenes. Estudioso asimismo de la complejidades lingüísticas de James Joyce, para paliar los efectos que toda la brutalidad que anunciaba podía causar en sus lectores, decidió inventarse un lenguaje idiosincrásico, aquel que solo hablan un pequeño grupo de personas. La comprensión de esas palabras extrañas obligaría al lector a un esfuerzo que iría en detrimento del impacto de barbarie, por un procedimiento parecido al que las vaselinas entre el objetivo y el modelo minimizan el impacto de un desnudo.

Nació así el ‘nadsat’, una “versión rusificada del inglés”, a decir del autor. Inglés que además es ‘cockney’, un acento y dialecto de los barrios populares londinenses. En ‘cockney’, ser como una naranja mecánica es ser extraño a más no poder y el ‘nadsat’, además del lenguaje de Alex y sus ‘drugos’, es la voz que designa al adolescente en dicha jerga. “La gente prefiere la película porque el lenguaje los asusta, y con razón”, apuntó Burgess.

Particularmente, el autor no se quedaba ni con una ni con otra. Rechazaba la cinta por la supresión de ese capítulo 21; el original, porque fue escrito únicamente por motivos económicos. “De buena gana la repudiaría (…). Prefiero otras novelas mías que hace años están mordiendo el polvo”. No hay duda de que el lector no comparte esa opinión.

En cuanto al ‘nadsat’, cabe un último apunte. Pocas cosas hay tan vivas como una lengua. Si abrimos un texto y leemos “por mor de” o cualquier otra expresión de antaño, es muy probable que el libro se nos caiga de las manos. La idiosincrasia del lenguaje de Alex y sus ‘drugos’, por extraña, resulta atemporal. Unida a la reproducción brutal de la realidad de nuestro tiempo muestra la novela, hace que medio siglo después de su publicación, La naranja mecánica se antoje un documental antes que una ficción.

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Prodavinci 

Comentarios (1)

Alfredo Ascanio
7 de Julio, 2012

Aqui en Venezuela hay muchas naranjas mecánicas.

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