Artes

El hombre ilustrado, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 4 de Julio, 2012

Uno de los mejores relatos de Ray Bradbury narra el encuentro entre dos hombres en un camino rural del estado de Wisconsin, en los Estados Unidos, en una noche de setiembre. No son dos hombres cualesquiera. Uno de ellos es (aunque no lo sabe aún) el narrador de un libro llamado El hombre ilustrado; el otro, que lleva una camisa de lana cerrada hasta el cuello a pesar del intenso calor, es un fenómeno de feria, un desgraciado cubierto de tatuajes que recorre el país buscando a la mujer que lo tatuó para matarla, ya que la posesión de esas imágenes, y las historias que éstas narran, son tanto un motivo de orgullo como una condena.

Una parte considerable de la obra del escritor que concibió el encuentro entre aquel hombre ilustrado y el narrador de su historia se movió entre ambos extremos. Ray Bradbury (que había nacido en Waukegan, Illinois, en 1920 y murió el martes por la noche en Los Ángeles) hizo de la celebración de la capacidad imaginativa del ser humano el tema principal de su obra, pero nunca dejó de advertir (si acaso, tácitamente) que esa misma capacidad podía contribuir a su perdición. Bradbury fue el primero en alertarnos (en Crónicas marcianas, de 1950) acerca de que la conquista del espacio podía acabar en el exterminio y la ruina de una civilización: no habiendo encontrado ninguna (aunque el hombre no ha pisado todavía Marte, como imaginó), la civilización hundida por su exceso imaginativo y su soberbia fue la nuestra, que nunca volvió a recuperar el entusiasmo idealista que permeó los comienzos de la ciencia ficción y de la obra de Bradbury. Quizás fuese esto lo que le daba a sus libros esa melancolía imprecisa que tenían: en el fondo, Bradbury lamentaba que la capacidad imaginativa de la especie hubiese sido empleada en el tipo de expansión capitalista que aniquiló las pequeñas comunidades en las que vivían sus personajes.Ningún género carece de dignidad (y ninguno necesita ser defendido, por supuesto), pero quienes se niegan a otorgar esa dignidad a la ciencia ficción deberían pensar cuánto hay aún hoy de contracultural y de “incómodo” en las historias de Ray Bradbury, que son como las “ventanas abiertas a mundos luminosos” que el narrador de su historia ve en los tatuajes del hombre ilustrado. “¿Están todavía ahí?” le pregunta éste. Durante unos instantes, el personaje contiene la respiración, y al fin responde: “Sí, están todavía ahí”. No es un consuelo inapropiado ante la muerte del hombre que concibió esas historias y nos las dejó a modo de regalo y de advertencia.

 

Patricio Pron 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.