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Proyecto Hambre (4), por Martín Caparrós

Por Martín Caparrós | 3 de Julio, 2012
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Sigo el Proyecto Hambre. Ahora en Sudán del Sur, el país más nuevo -y uno de los más pobres- del mundo. Y siempre con la ayuda de Médicos Sin Fronteras. Que está haciendo, entre otros, un gran trabajo en su clínica para curar a chicos desnutridos en Bentiu, capital de una provincia que se llama Unity, en la frontera en guerra entre Sudán y Sudán del Sur. Un pueblo de diez mil habitantes perdido en un mar de petróleo -que, por la guerra, ni siquiera se extrae. En estas Pamplinas, entonces, algunos momentos de esa búsqueda: imágenes, por ahora, más que nada, hechas de luces y palabras. Los apuntes de un trabajo en curso.

Es probable que miles de millones de personas no sepan que Sudán del Sur existe. Es probable que tampoco sepan que existe Gambia o Swazilandia o Bután o Belice, pero aquí tienen más razón: hace un año Sudán del Sur no existía.

Empezó a existir entonces o, quizá, en 1983, cuando lanzó su guerra de independencia contra Kartum, la capital islamista de Sudán. Fue una pelea sangrienta de la que el mundo se enteró poquito. Durante esos veintidós años murieron dos millones de personas. Dos millones de personas: unos 200.000 eran militares que cayeron por la violencia de las armas; el resto, civiles asesinados por las mismas armas y el hambre y las enfermedades que esas armas causaron.

Se supone que la guerra terminó con los acuerdos de 2005. Esos acuerdos preveían la instalación de un gobierno provisional en Yuba, la capital de Sudán del Sur, subordinado a las autoridades nacionales sudanesas, y la preparación de un referendum para definir la situación. El referendum se hizo en enero de 2011; el 98,8 % de los sudaneses votaron por la independencia. Ese 9 de julio Sudán del Sur se convirtió en el país más joven de la tierra –y al mismo tiempo, uno de los más pobres.

Nyankuma tuvo tres hijos: una nena que ahora tiene seis, un nene que ahora cuatro, una nena que uno. Nyankuma, cuando está en Ler, vive en su tukul con sus tres chicos; su marido muchas veces duerme con ella, otras veces en el tukul de su primera esposa, otras veces solo en el suyo. Los tukules son esas chozas de piso de tierra, paredes de adobe o de ramas unidas con barro, el techo de paja a cuatro aguas con volados y la puntita tan coqueta. Adentro del tukul suele haber un catre sin colchón, un rincón para los utensilios, otro rincón para las ropas, a veces una silla de plástico, otras un farol de kerosén, un adorno colgado de la pared de ramas. Cuando una familia tiene dos o tres tukules los rodea con una empalizada de cañas; todo ese terreno es el compound –o como quiera que eso se diga en castellano: el espacio donde la familia realmente vive, cocina, come, charla, juega, cultiva unas filas de okra. Las chozas de las vacas –cuando hay vacas– son dos o tres veces más grandes que las de las personas.

Nyankuma se levanta cada día a las cinco de la mañana; si es la estación de cultivar agarra su palo con una punta de metal y va a remover la tierra o plantar o cuidar lo plantado. Después va al bosquecito a buscar leña, muele el sorgo en su mortero de madera, prende el fuego y empieza a cocinar el walwal. Walwal es una especie de puré o porridge hecho de mezclar sorgo pisado y agua hirviendo; si hay leche se le pone, si hay sal también. A las diez de la mañana comen: ya es hora, todos están hambrientos. Comen al lado del tukul, sentados en el suelo; a esa hora el sol ya pega fuerte y el almuerzo es rápido: nunca más de cinco, diez minutos. Después Nyankuma se lleva los platos y la cacerola hasta un estanque doscientos metros más allá y los lava: es un rato agradable, se encuentra con otras mujeres, conversan, chismorrean. Sus chicos dan vueltas por ahí, juegan con otros chicos, se meten en el agua si hay agua suficiente: hasta junio, cuando llegan las lluvias, el estanque es un barro pantanoso. Si tiene ropa sucia aprovecha también para lavarlas; cuando termina vuelve a su tukul: su hija mayor la ayuda llevando un bidón de agua del estanque para beber el resto del día. Justin, su marido, no suele estar; si es la estación puede estar ocupándose del pequeño terreno cultivado que tienen unos metros más allá; si no, estará conversando con algún amigo o quizás en la choza de su primera esposa. Nyankuma juega un rato con los chicos, charla con una vecina, se duerme una siesta. A eso de las siete vuelven a comer: el walwal que quedó, a veces una sopa de hojas o, si hay suerte, de okra. Y cae la oscuridad y el día se termina.

–¿Y otros días comen otras cosas?

–No, todos los días walwal.

–¿Y te gustaría cambiar de vez en cuando?

–No sé. Nosotros cultivamos sorgo nada más.

–¿No pueden cultivar otras cosas?

–No sé. Me parece que no crecen.

–¿Y carne de vaca, comen?

–Sí, a veces, no siempre.

Nyankuma tiene un collar de cuentas de plástico nacaradas brillantes alrededor del cuello. Cuando se pone nerviosa las toquetea, les da vueltas.

–¿Cuándo fue la última vez que comiste carne?

–Fue una vez, el año pasado.

Y otras veces no tienen nada que comer y no comen, dice Nyankuma. Y que cuando tiene hambre solamente puede pensar en la comida, en cómo hacer para conseguir comida, dónde ir para conseguir comida: lo que no le gusta de tener hambre, dice, es que la hace pensar tanto en la comida.

–Yo no quería pensar tanto en la comida.

Sudán del Sur es un país que tiene, por ahora, según quién lo cuente, entre 50 y 80 kilómetros de asfalto, que no tiene tendido de electricidad, que no tiene agua corriente ni cloacas y no produce nada que no sea negro y pegajoso. Todo el resto –incluida la comida cotidiana, los huevos, las frutas, las verduras, el jabón, el aceite, los fósforos– es importado y pagado con las divisas del petróleo. Sudán del Sur tiene petróleo. Sudán del Sur es el petróleo. El petróleo es lo que hace que Sudán del Sur esté en los mapas. Pero Sudán del Sur no tiene oleoductos o, mejor: los oleoductos que llevan su petróleo hasta el mar Rojo pasan por Sudán, su enemigo constante. Entonces los sudaneses quieren cobrar por ese tránsito hasta un 30 por ciento del petróleo; los sursudaneses les ofrecen como mucho dos –o más bien uno.

La discusión fue larga y vocinglera hasta que Yuba, harta de que Kartum le sacara el petróleo de sus tuberías para cobrarse sus comisiones abusivas, decidió cerrar la canilla: enero 2012. Desde entonces un país que extrae del petróleo el 98 por ciento de sus exportaciones dejó de extraer petróleo. La declaración fue apoyada, vivada, respaldada por muchos: era un gesto grandioso. Ya les mostrarían a esos sudaneses lo que hacían los del sur. Y si les costaba sacrificios los harían con alegría, porque la patria naciente merece eso y mucho más. Ahora pasaron seis meses. Los sacrificios están claros: Sudán del Sur se está quedando sin dólares, los préstamos de China y de Qatar –dicen que 4.000 millones– se gastaron y quedan las deudas, Kenia y Uganda, sus principales proveedores de alimentos, están cada vez más reacios a venderle nada, muchos productos empiezan a escasear, la inflación va a todo trapo, la libra sursudanesa patina en el mercado negro. La población se inquieta, el gobierno se inquieta ante la inquietud general; las proclamas nacionalistas siguen, cada vez más inflamadas, cada vez más costosas. Y yo escucho personas que defienden la medida y, de algún modo, las respeto: una cosa es el nacionalismo de opereta, de devuelvanme esas islas piratas deleznables o me ofendo, el nacionalismo de agarrenme que lo mato, y muy otra esta pelea a vida o muerte, el hambre en juego. No sé si quiero decir que uno es mejor que otro; sí que a uno lo respeto.

Angelina se escapó de Kartum porque desde la independencia la vida allá se le había hecho imposible, sus patrones de tantos años la habían echado, se ganaba la comida haciendo vino pero no era legal: que si la agarraban, dice, quién sabe lo que lo podía pasar porque había escuchado historias de gente del sur que la agarraron haciendo cosas menos graves y les hicieron cosas horribles.

–¿Qué cosas horribles?

–No importa. Cosas horribles.

Dice Angelina y que a ella no le pasó nada tan grave –dice, con la voz muy bajita, como quien no dice lo que dice. Y después dirá que a su amiga Tombek la metieron presa por hacer vino y que estuvo meses presa hasta que sus hermanos consiguieron juntar el soborno necesario para sacarla –y que en esos meses le pasaron cosas horribles. Angelina tiene los huesos de la cara muy marcados, la mirada cansada de quien no quiere mirar más.

–No importa, no importa, ya pasó.

Dice, más para ella que para nosotros, y en su relato hay algo raro, algo callado –y la cara flaca se le cierra a cal y canto, como si no quisiera que se le filtrara ni un recuerdo. Y que un día agarró a sus cuatro hijos y con la plata que había juntado vendiendo las dos ollas y las palanganas de lavar y una radio vieja que tenía pudo pagar un camión hasta un pueblo donde se tomó un barco, una de esas barcazas que bajan por el Nilo, y que ahí el patrón le hizo un buen precio porque era de la misma tribu que ella pero que el viaje duró más de diez días y que al cabo de seis o siete ya no le quedaba ni medio kilo de sorgo para darles de comer a sus hijos y se desesperó:

–En el barco, imagínese, qué iba a hacer yo para que pudiéramos comer.

Angelina tuvo una idea: guardó una camisetita para cada uno de sus hijos y una blusa para ella y vendió las otras dos o tres que cada cual tenía a un señor de un pueblo donde el barco paró. Con eso, dice, pudo comprar pescados a los pescadores del río y comer hasta que llegó aquí, a Bentiu, donde tiene parientes.

–¿Y ellos te dieron de comer?

–Bueno, sí, no es que tengan mucho pero algo me dieron.

Pero Tunguar ya estaba tan flaco que le dijeron que lo trajera a la clínica de Médicos Sin Fronteras.

–Pobrecito, pasó mucho hambre. A mí no me hace nada pasar hambre, yo ya sé. Pero a él, pobrecito.

Dice Angelina y repite: yo ya sé.

–¿Qué quiere decir que sabés ?

–Que no me hace mal. Cuando hay comida como, si hay poco como menos, si un día no hay no como. Al final siempre algo va a haber.

Dice Angelina y después me cuenta que su primer hijo estuvo enfermo así como Tunguar y se murió: que por eso está bastante preocupada. En Sudán del Sur uno de cada diez chicos muere antes de cumplir un año.

–Empezó igual, con una diarrea muy fuerte, pero fue hace más de diez años y yo no sabía adónde ir. Al final lo llevé al hospital, allá en Kartum, y a los dos días se murió, pobrecito. Estaba todo lleno de doctores pero él se murió igual. Se ve que Dios quería llevárselo.

Angelina es cristiana muy devota y dice que eso también le traía problemas en Kartum, donde son todos musulmanes, dice: árabes. Y que ahora quiere volverse a Moyam, a ver si encuentra a su familia, pero no sabe si ahora con las lluvias los caminos van a estar transitables todavía. Si no, tiene que ver qué puede hacer, me dice: que la próxima vez me va a contar.

Unos kilómetros más al norte, en las montañas de Nuba, que los antiguos llamaban Nubia, miles y miles de personas han tenido que dejar sus casas y viven escondidos en cuevas porque la aviación sudanesa los bombardea con denuedo. Son unos viejos Antonov, soviéticos aún, que tiran tres o cuatro bombas por pasada y no suelen acertar con ninguna, pero a veces sí. Las tiran sobre los pueblos, los civiles. Nadie lo explica así de claro, pero esos chicos, mujeres, viejos son las familias de los rebeldes del Ejército del Pueblo Sudanés por la Liberación del Norte (SPLA-N), que pelea contra el régimen de Bashir en Kartum. Bombardeándolos, dicen los de Bashir, preocupan a los rebeldes y les complican la retaguardia.

Pero el gobierno de Kartum tiene otra arma más eficaz: por las bombas, por la inseguridad, los nubios tampoco pudieron cultivar este año, y el gobierno sudanés ha prohibido a las agencias internacionales que les lleven alimentos; las historias que llegan desde allí hablan de un hambre sostenido, cantidades de personas sobreviviendo a base de raíces, hojas, insectos diversos. Las historias no hablan de uno de los usos más antiguos del hambre: como un arma de guerra.

Martín Caparrós 

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