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Rousseau, en su tricentenario

Se cumplen 300 años del nacimiento del filósofo. Varios colegas del siglo XXI discuten la vigencia de su pensamiento. ¿Conclusiones? Que ya no es blanco ni negro

Por Prodavinci | 29 de Junio, 2012
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Artículo escrito por Marta Caballero, publicado en El Cultural. A continuación un extracto:

Dicen los filósofos de hoy que Rousseau es preciso y cambiante; divulgativo y arduo, todo a la vez. Su obra, profundamente literaria, es carne de mala interpretación, como lo fue en su época, cuando el propio Diderot ya le consideró un anti ilustrado. ¿Fue un precursor de Marx? ¿Se adelantó a los planteamientos totalitarios? ¿Fue un demócrata? Mientras Ginebra se despierta este jueves clamando “Rousseau para todos” por su tricentenario, el legado del filósofo se balancea entre los que quieren ver en él un testimonio aplicable al siglo XXI, los que lo consideran superado y, sobre todo, los que nunca lo han leído a pesar de su popularidad y de su consideración de escritor clásico. Se cumplen hoy 300 años del nacimiento de un pensador que fue objeto de todo tipo de insultos por parte de sus contemporáneos y que hasta bien entrado el siglo XX fue recibido como una amenaza. Y, sin embargo, por alguna razón, es de los autores que mejor entran a los estudiantes. ¿Qué significa todo esto? ¿Ha envejecido bien su doctrina o todo lo contrario? ¿Se conocen las sombras que planean sobre su obra?

Fernando Savater cree que, al ser el pensamiento una cadena que se extiende a lo largo del tiempo, el legado de Rousseau es un eslabón necesario sobre el que se ha ido evolucionando. “Ha sido siempre muy influyente y hoy sigue estando en los orígenes de muchos planteamientos de la democracia. Muchas constituciones poseen rasgos que contenía El contrato social, sobre todo la idea de partir de cero y crear una sociedad real en la que los ciudadanos tengan el control efectivo”, señala el filósofo, que incorpora entre los hallazgos del francés el posmoderno invento de la subjetividad a través del libro de Las confesiones, obra que dio lugar a “toda la ola del autoexamen que va de las biografías a los programas de testimonios en televisión”.

En parte, la catedrática de Ciencias Políticas María José Villaverde, una de las mayores expertas en su obra en España, contradice a Savater al afirmar que, si bien es cierto que desde la personalidad fue un moderno y un prerromántico, desde sus escritos políticos puede considerarse el primer prenacionalista. “Este es un rasgo importante y que no se subraya, pues es el primero que vuelve al patriotismo grecorromano. El nacionalismo del XIX bebe del patriotismo rousseauniano”. Además, continúa Villaverde, que el pensador rompió con los grandes valores de los ilustrados (ella lo considera “un hijo bastardo” de la ilustración), ensalzó el sentimiento frente a la razón y se rebeló contra el cosmopolitismo y la República de las Letras que aunaba a todos los intelectuales europeos: “Él planteó el patriotismo que luego heredó la Revolución Francesa. Ha tenido mucha importancia a lo largo de la historia porque habla de igualdad y de libertad, pero el problema es que su producción ha tenido vida por sí misma independientemente de lo que él quería decir”.

El joven filósofo Eduardo Maura, que coordina actualmente una nueva edición para Biblioteca Nueva del Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres (1755) señala que lo más compresible de su filosofía hoy es su consideración de la relación entre voluntad popular y la ley: “Rousseau sugiere en El contrato social, a propósito de la voluntad general, que se trata de una voluntad según la cual, obedeciendo a todos, uno se obedece a sí mismo. Creo que, con todas las importantes distancias históricas que existen entre él y nosotros, y con los debidos matices, hay en este diagnóstico una formulación de la relación entre ley, interés público y voluntad popular que, salvando enfáticamente la libertad individual, permitiría pensar un estado de derecho fuerte de inspiración republicana-democrática”.

El catedrático de Filosofía de la Complutense y crítico Jacobo Muñoz, en cambio, ve su vigencia en la búsqueda de una naturaleza humana subyacente a la multiplicidad de las supuestas formas humanas, “una naturaleza ‘ideal’, en cierto modo, que tanto impresionó a Kant”. Sin embargo, si como retorno a esa naturaleza se entiende un retorno a un estado presocial, independientemente del orden civil y presuntamente idílico, no considera Muñoz que el programa de Rousseau sea hoy realizable: “Como bien escribió Volteaire a Rousseau, a cierta edad esas indicaciones de volver a andar a cuatro patas, por sugestivas que puedan parecer, no resultan aceptables”. Con todo, expone que el pensamiento del francés sí puede entenderse en un sentido más acorde con los tiempos. A saber: “Como una invitación a caminar ‘adelante hacia la naturaleza’, por obra de una cultura capaz de reestablecer a un nivel superior el estado natural de igualdad entre los hombres, su vida armónica y común, su felicidad basada en ello y, en fin, su común sensibilidad moral. Así considerada, esta utopía de una sociedad natural tendría, sin duda, un singular interés actual en esta época de desarrollismo a ultranza y depredación sistemática de la naturaleza”.

¿Y la crisis -también la de valores- ha hecho más vigente la obra de Rousseau? Parece que los filósofos así lo creen, aunque es difícil determinar en qué sentido. Según Maura, las crisis no actualizan a los autores, somos nosotros los que sentimos la necesidad de volver a ellos. Para él, el colapso económico ha puesto el acento en conceptos como la culpabilidad compartida -con dogmas como el famoso “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”- y en la imposibilidad de hallar intereses públicos más allá de esta culpa. Ahí figuraría, por ejemplo, la aceptación de que “las reformas son el único camino”, un diagnóstico que, advierte Maura, tiene como consecuencia que “lo político sea anulado a favor de ciertas técnicas ya prescritas de gobierno, lo cual a su vez hace a los gobernantes iguales ante las recetas, luego intercambiables no sólo entre ellos, sino por tecnócratas ‘más eficaces’”. Todo ello, concluye, hace que la confianza en las leyes y en los procedimientos democráticos disminuya dramáticamente.

Así las cosas, ¿deberían nuestros políticos leer a Rousseau, empollarse El contrato social? Entre risas, Fernando Savater declara que él se conformaría con que leyesen en general. Y aporta: “A los clásicos hay que leerlos porque despiertan nuestra capacidad de entender. Pero no lo que ocurre ahora, porque muchas veces creemos que el único mundo real es el nuestro, cuando ha habido otros muchos”. Maura aporta que tanto los gobernantes como cualquier interesado en la política moderna contemporánea deberían leer esta obra: “Ha llegado a ser un tópico que Kant considerara a Rousseau el Newton del mundo moral. Pienso que hay algo de actual en esta consideración que hace muy deseable la lectura de este libro por una clase política completamente desorientada. Un Newton siempre ayuda, críticamente, a orientarse en el pensamiento y en la actividad política”.

A cierto nivel de lectura, Rousseau es también inspirador de debates en la juventud y está considerado como uno de los filósofos que mejor comprenden los estudiantes, de los más asimilados en las asignaturas de Filosofía (mientras estas duren). Savater atribuye este rasgo al hecho de que tiene “una dimensión adolescente” por ser el suyo un pensamiento muy nativista: “Tiene ese lado que a todos los que hemos sido adolescentes nos encantaba de borrar la pizarra y empezar de nuevo”.

Rubén Hernández, licenciado en Filosofía y editor de Errata Naturae, sello que actualmente publica una colección de libros sobre esta materia para escolares, considera que la presencia de Rousseau en el ámbito educativo es grande, aunque con peros: “Su Emile es uno de los textos clave de la reflexión pedagógica clásica y, sin embargo, hay un ámbito del su legado del que no se suele hablar mucho en colegios e institutos: Rousseau es, en una medida importante, el responsable de una forma del entender el yo que es con la que hoy nos reconocemos todos como sujetos. De esto tratará el libro que le dedicaremos en la colección Los Pequeños Platones. Escrito por Edwige Chirouter, se titulará Yo, Jean-Jacques Rousseau, y su texto de contracubierta bien podría ser éste: ‘Yo, Jean-Jacques Rousseau, músico incomprendido, viajero filosófico, escritor perseguido, extraño botánico, ¡Me voy a poner al descubierto! ¡Voy a desnudarme del todo!’”.

Para María José Villaverde, en cambio, Rousseau gusta en el ámbito académico porque se estudia a pildorazos cuando, en realidad, su obra sólo es comprensible si se aborda en su totalidad: “Enamora al principio pero luego vas viendo las sombras, a pesar de que te engancha. Aunque hable de libertad, no reconoce la libertad de expresión ni la de reunión, ni siquiera el derecho a la vida. Ahora bien, tiene rasgos positivos. Por ejemplo, es el primer plebeyo que se atreve a escribir una autobiografía y que reclama su estatus de plebeyo. También destaca su enorme sensibilidad ante los costes que produce la revolución capitalista en el terreno agrícola”, enumera.

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