Por Prodavinci | 29 de junio, 2012

Artículo escrito por Luis Martínez, publicado en El Mundo (España). A continuación un extracto:

Hubo una vez una criatura extraña, quizá un demonio o quizá un pobre cangrejo de río radiactivo, que se incrustó literalmente en los sueños de media humanidad. “Al principio, cuando veía cómo me copiaban, me enfadaba. Luego, la verdad, he acabado por considerarlo un halago. Con el tiempo aprendes a fijarte exclusivamente en ti mismo, en tu trabajo”, explicaba hace unas semanas su creador cinematográfico, Ridley Scott al diario EL MUNDO.

A sus 74 años, tres secuelas y 33 veranos después, Scott vuelve al universo de su criatura en Prometheus, sin duda la película más esperada del año. Su estreno en todo el mundo aplazado en España hasta el tres de agosto ha desatado tanta tensión como la mismísima escena del gato (hagan memoria). Pero, cuidado, no es lo que parece. “No lo considero una secuela. Tiene muy poco que ver con la película original. La idea es abrir nuevas puertas”.

ELMUNDO.es estrena hoy un clip con declaraciones del director y los protagonistas de ‘Prometheus’ elaborada y facilitada por sus distribuidores. En él, Scott y compañía defienden su grandioso y espectacular esfuerzo por dotar de respetabilidad al cine de género. Y en el pecado, como casi siempre, va la penitencia. Si en la película original el director conseguía el máximo con los mínimos elementos, hasta alcanzar el punto exacto de la fiebre con el temblor apenas apuntado de una sombra, ahora se trata de apabullar al espectador en el ruido de una imaginería visual tan deslumbrante como, y aquí las malas noticias, inanimada, sin tensión. La frase es larga; la sensación, de desconcierto.

Lastrada por un guión empeñado en abrir más líneas de desarrollo de las buenamente soportables, la película acaba detenida en la perplejidad de una tripulación sobrepasada por las circunstancias, los efectos especiales y la música. Si en ‘Alien’ nadie podía escuchar los gritos en el vacío del espacio, ahora es la grandilocuencia de la banda sonora la que obra el mismo efecto.

Empieza la película y la cámara se desliza por un paisaje de metal líquido situado probablemente en un lugar incierto entre el cielo y el infierno. Allí, un titán hipermusculado (tal cual) se disuelve literalmente en algo parecido al río de la vida. La nuestra. La metafísica del extraterrestre. Acto seguido, una expedición dirigida por dos científicos se dirige al planeta de esa extraña criatura. La idea no es otra que encontrar a nuestros creadores. Dar con Dios. ¿Recuerdan al marciano con el pecho abierto de la primera película (el piloto o el Space jockey)? Pues ya saben de dónde venimos.

La estrategia de la película consiste en trazar líneas con la cinta madre pero desde el sitio exactamente opuesto. Así, tanto Noomi Rapace como Charlize Theron reproducen el espíritu intacto de Ripley (Sigourney Weaver); de este modo, los pasadizos de ese raro mundo en el que aterrizan nuestros argonautas recuperan los pasillos macilentos de la nave Nostromo, y de idéntica manera, las construcciones orgánicas de la civilización perdida (con una cabeza humana gigante como icono) sugieren la extrañeza de algo profundamente extraño. Pero todo ello envuelto en una catarata de apuntes argumentales que, con toda seguridad, tendrán su completa explicación en entregas posteriores. Los familiarizados con la patafísica de los últimos capítulos de Perdidos son los que más cómodos se encontrarán. No en balde, uno de los guionistas, Lindelof, proviene de la serie.

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