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La importancia de llamarse blue, por Martín Caparrós

Por Prodavinci | 19 de Junio, 2012

La idea de llamar a un dolar blue fue algo parecido a una genialidad. O, por lo menos, una buena avivada –que es lo que últimamente se llama genio en la Argentina. Pero algo tuvo. Si se trataba de disimular el negro del mercado negro podrían haberle puesto azul –o violeta o mostaza o bermellón con pintas– pero no: fue blue, su sonido suave, soñador, su prestigio berreta meidinusa. Blue nos llena de añoranzas; para agregarle matices tenemos la blue hour, cuando todo empieza a terminarse, y el valor de blue como tristeza o más bien melancolía, y los blues y su rythm, y tantas otras cosas que el dinero no puede comprar.

Pero, sobre todo, blue cumple el cometido de ciertas voces argentinas: hacer que un delito se vuelva algo simpático. En la lengua patria un soborno es una coima, una falsificación una truchada, contrabandear es bagayear, secuestrar solía ser chupar y hablar pavadas es hacer política. Así, el dólar ilegal es blue. Y como es blue ni siquiera un zorro viejo –aunque levemente craquelé, el senador Fernández- se dio cuenta de que no podía salir a decir que el gobierno pondría precios máximos a una mercadería delictuosa. Se confundió, se dejó llevar por la confianza blue. Fue un buen blooper y fue, en todo caso, más tolerable que su número vivo previo.

–Los argentinos tienen que empezar a pensar en pesos.

Dijo famosamente. Cuando el verbo pensar viene precedido por la forma “tener que”, suenan alarmas, chicharras y sirenas. Pensar es un problema para ciertos poderes; tener que pensar, en cambio, es la fórmula perfecta del poder absoluto.

–Usted, Caparrós, tiene que pensar que acá está todo bien.

–Sí señorita.

–Y tiene que pensar que los dólares tampoco existen.

–Sí señorita.

–Y tiene que pensar que…

–Sí señorita, claro señorita, lo que usted diga señorita.

–¿Cómo lo que yo diga, Caparrós?

–Disculpe. Lo que usted piense, señorita.

Que tenemos que pensar en pesos, dijo. Y después lo repitieron todos los suyos, y finalmente la señora dijo que estaba tan de acuerdo que iba a vender sus millones de dólares para ser riquísima en pesos, que es la moneda en que tenemos que pensar.

Y en eso están: viendo cómo hacen para que pensemos en pesos. Lo cual, en principio, no esá mal. Es cierto que un país que no cree en su propio peso debe ser muy difícil de llevar -y más fácil de hundir. Y los argentinos, por no creer, no creemos en nuestra moneda ni en nuestras instituciones financieras, así que las transacciones que importan se cierran con fajos de dólares. Hay muchos países donde usar dinero contante resulta sospechoso: muchos donde nadie pagaría nada más o menos caro –una cena, digamos, un coche, un pantalón, un viaje a Santa Rosa– con dinero. El capitalismo se ha complicado tanto que tener billetes significa cada vez más haberlos obtenido de algún modo confuso, probablemente ilegal; el dinero con garantía de origen se mueve por los circuitos financieros y se paga con tarjetas o transferencias o a lo sumo cheques: nunca con billetes.

Es una etapa más de ese largo proceso de abstracción que ya lleva milenios: desde que hombres se dieron cuenta de que no era indispensable llevar una vaca hasta aquel mercado para cambiarla por un cuchillo de bronce; que podían primero cambiar la vaca por dos piedritas de oro y que con esas dos piedritas se comprarían el cuchillo –e inventaron el valor abstracto.

Y después aquel rey a quien se le ocurrió acuñar piedritas de un tamaño fijo y ponerles un sello que dijera que allí había un gramo de oro y que él con su autoridad lo respaldaba –e inventó la moneda.

Y después aquellos señores venecianos que pensaron que si un intrépido navegante no quería cargar los 1000 escudos que necesitaba para comprar pimienta en Estambul podía entregárselos y que ellos a cambio le darían un papel que dijera que le debían 1000 escudos menos 50 por el servicio y que su socio en Estambul le pagaría al navegante, contra presentación de ese papel, 950 escudos de oro –e inventaron los cheques.

Y después ese banco que decidió que si hacía cheques por cantidades fijas que cualquiera pudiera usar, servirían como moneda para cualquier transacción –e inventó los billetes, y después los Estados nacionales los adoptaron y los convirtieron en papel moneda, símbolo y propiedad de todo país que se precie.

El proceso de abstracción del valor es fascinante –y ahora, queda dicho, pasó a esta etapa en que ya no hay siquiera trozos de metal o papelitos: cifras en la pantalla. Pero los argentinos, con cierta lógica, con cierta salud, nos resistimos a ese paso.

Tenemos la excusa perfecta: los bancos no son fiables. No son reparos ideológicos del estilo brechtiano –“¿qué es robar un banco comparado con fundarlo?”– sino fácticos, personales: les dí mi plata y no me la devolvieron. Y el gobierno no trabajó para restablecer esa confianza. Le habría convenido: la bancarización es una forma de represión y control social mucho más eficaz –y más tolerada– que los perros que husmean dólares y los sabuesos de la afip que huelen todo el resto.

Ese control es el que evitamos –so pretexto de desconfianza y corralito. La desconfianza por los bancos justifica la falsificación: nadie paga por banco lo importante porque eso dejaría constancia de cuánto y a quién, y los argentinos no queremos ese tipo de Memoria –nos negamos a cualquier memoria económica: mentimos como chanchos, registramos las propiedades por la mitad de lo que valen, esas cosas. Pese al miedo, valientes, nos arriesgamos a llevar los valores escondidos en los calzoncillos con tal de que no pasen por el banco.

Por eso seguimos en la etapa billete. Pero, para eso, necesitamos un billete en el que podamos depositar –depositar– nuestra confianza. El peso nunca lo logró.

Habría podido: hace unos años estuvo a punto y no había quién se comprara un dólar, ni razón para hacerlo. Pero llegó el sabotaje del Indec. Cada vez estoy más convencido de que, cuando se empiece a historiar este período, la decisión de falsificar las cifras de la inflación va a figurar como el gran quiebre. El momento decisivo de este proyecto: cuando decidieron de una vez por todas que la realidad no era tan importante. Gracias a la inflación falseada, el peso empezó a convertirse una vez más en una moneda discutible, sin valor preciso.

Y con aquella medida dijeron, alto y claro, que trampear estaba permitido. No es que necesitemos mucho para creerlo, pero nos la pusieron fácil: reafirmamos –con cierta razón y con buenas razones– que engañar al fisco es lícito en la medida en que el fisco se dedicó a engañarnos a nosotros.

No creemos en el Estado, y el Estado hace todo porque no le creamos. Pero después se desespera porque, cuando lo necesita, no le creemos. Y entonces buscamos unos billetes que sirvan para guardar sin que los bancos puedan quedárselo o el Estado averiguarlo, y resulta que los pesos no sirven para eso porque nadie sabe cuánto valen de verdad. Y entonces los que hicieron que esos pesos fueran tan discutibles nos dicen que nos dirán cómo tenemos que pensar: en pesos devaluados por la mentira del Indec. Son tonterías, pero embarran la cancha, les complican las cosas.

Y ahora las noticias que llegan a Sudán dicen que el blue ya no es el único otro dolar; que también están apareciendo el green –por los arbolitos–, el celeste –para comprar casas–, y el Aníbal y siguen firmas. Es la reconstrucción, lenta pero segura, de un país confuso, donde nada está claro, donde las reglas pueden ser rectas, sinuosas, quebradas o supercalifragilísticas. A mí me gusta; a los empresarios, a los gobernantes, a los asalariados no –y a mí, al final, tampoco. Debería recuperar mi vieja fe en las crisis; por ahora, me corrompe la experiencia de que –en general– no sabemos aprovecharlas para construir nada mejor.

La prueba, esta Argentina.

***

Publicado en el Blog Pamplinas de Martín Caparrós y reproducido en Prodavinci con autorización del autor

Prodavinci 

Comentarios (1)

palmira
9 de Septiembre, 2012

Una amiga me sorprendiò al decir que se habìa sacado un nuevo dolar de color azul, fue sin gracia, no està de màs decir que a los dos meses se fue a visitar a un hijo a Canadà y me preguntè si se diò cuenta de su error. Aunque creo que muchos creen màs de lo necesario.

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