Economía y negocios

¿Por qué dejan de crecer las economías?, por Michael Spence

Por Prodavinci | 27 de Mayo, 2012

Con el transcurso de los años, tanto en países avanzados como en vías de desarrollo se han puesto a prueba (algunas veces en forma deliberada, pero muchas otras sin darse cuenta) diversas metodologías para la búsqueda del crecimiento. Lo que por desgracia se descubrió es que muchas de esas estrategias tienen incorporados ciertos frenos o limitaciones, que podríamos llamar elementos de insostenibilidad. Para evitar graves daños que obliguen a difíciles períodos de recuperación, necesitamos aprender a reconocer mucho mejor y desde antes estas pautas de crecimiento autolimitadoras.

Menciono a continuación algunos ejemplos tomados de una colección cada vez más numerosa de modelos que se caracterizan por un crecimiento desacelerado.

Para comenzar, cuando los países en desarrollo apelan a la sustitución de importaciones para estimular la diversificación económica, esto puede funcionar por un tiempo; pero, a la larga, conforme el aumento de la productividad resulta insuficiente y se anulan las ventajas comparativas, el crecimiento termina deteniéndose.

Es natural que las economías pequeñas y abiertas tengan cierto grado de especialización, lo cual las hace vulnerables a cualquier perturbación económica y a la volatilidad. Pero en términos de crecimiento y nivel de vida, buscar la diversificación económica protegiendo a las industrias locales de la competencia extranjera supone un costo que en algún momento llega a ser mayor que los beneficios. Es mejor permitir la especialización y crear un entramado eficaz de redes de seguridad social y sistemas de ayuda que proteja a las personas y a las familias durante las transiciones económicas. Esta “flexibilidad estructural” se adapta mejor a los grandes cambios que se necesitan para hacer frente a la rápida evolución de las fuerzas tecnológicas y económicas globales.

Otro modelo de crecimiento y desarrollo con una capacidad autolimitadora especialmente intensa es el que se deriva de una riqueza de recursos naturales mal administrada. Cuando los ingresos provenientes de estos recursos se invierten en infraestructura, educación y activos financieros externos, pueden acelerar el crecimiento. Pero muy a menudo, obran como elementos que distorsionan los incentivos económicos de modo que terminan favoreciendo la búsqueda de rentas e interfiriendo con la diversificación que es esencial para el crecimiento.

Más acá en el tiempo, muchos países avanzados descubrieron un conjunto “nuevo” de modelos de crecimiento con limitaciones estructurales incorporadas, caracterizados por un exceso de consumo privado o público (o ambas cosas a la vez), a menudo acompañado y facilitado por un endeudamiento en ascenso y una exagerada apreciación de los activos, con la consiguiente disminución de la inversión. Al principio este modelo parece funcionar bien, pero llega un momento en que la demanda agregada interna ya no puede sostener el crecimiento y el empleo; entonces, el proceso termina, o bien en un estancamiento gradual o bien en una violenta crisis financiera y económica. (Es algo que muchos países en desarrollo tuvieron que aprender de la peor manera, pero parece que la lección no llegó a oídos de los países avanzados.)

Lo opuesto al modelo de consumo excesivo es la dependencia excesiva de las inversiones como forma de generar demanda agregada; pero esta pauta de crecimiento también resulta autolimitadora. Una vez que el rendimiento privado y social de la inversión disminuye más allá de cierto límite, se torna imposible mantener el crecimiento, aun si el aumento de las tasas de inversión puede sostener por algún tiempo la demanda agregada. Modificar este modelo de crecimiento es una parte importante del desafío que enfrenta China en la actualidad.

Otro riesgo para la sostenibilidad de los modelos de crecimiento se deriva del aumento de la desigualdad de oportunidades o resultados (y a menudo, de ambas cosas a la vez). Aunque en muchos países la gente está dispuesta a aceptar cierta diferenciación de los ingresos determinada por el mercado según la disparidad de talentos y las preferencias personales, esto es así siempre que no se superen ciertos límites; de lo contrario, normalmente se produce una sensación de injusticia, tras la cual llega la resistencia y, finalmente, la preferencia por opciones políticas que hagan frente a la desigualdad, aunque a menudo sus métodos sean contraproducentes y pongan trabas al crecimiento.

Puede ser que a largo plazo, la cuestión más importante en relación con la sostenibilidad sea la suficiencia de la base de recursos naturales con que cuenta la economía mundial: en las próximas dos o tres décadas, la producción se triplicará, o más, conforme cuatro mil millones de habitantes de economías de alto crecimiento se pongan a la par de los niveles de ingresos y las pautas de consumo de los países avanzados. Hacer lugar a esta clase de crecimiento demandará importantes cambios en las estrategias de desarrollo económico de la actualidad.

Algunas adaptaciones se producirán espontáneamente, a medida que el aumento de los precios de la energía y de otras materias primas genere incentivos para ahorrar o buscar alternativas. Pero hay externalidades medioambientales que no tienen precio (por ejemplo, el calentamiento global y el agotamiento de los recursos hídricos) a las que será preciso prestar atención en serio, en vez de encararlas con mentalidades y metodologías miopes y reactivas.

En todos estos modelos de crecimiento autolimitadores suele haber tres elementos en común. En primer lugar, hay un proceso de declinación, en una o en varias dimensiones, de algún componente de la base de recursos tangibles, intangibles y naturales de la economía. Me permito incluir dentro de la base de activos la cohesión social, que es el activo que se desvaloriza como consecuencia de la desigualdad excesiva.

En todo esto la medición cumple un papel importante. Es más fácil permitir la disminución de algo parcialmente invisible por falta de una medición regular o eficaz. Aumentar la conciencia respecto de los desafíos de la sostenibilidad demanda extender a otras dimensiones la medición del desempeño económico, social y medioambiental.

En segundo lugar, seguir un modelo de crecimiento autolimitador y no descubrirlo a tiempo produce muy malos resultados, porque las expectativas terminan superando las realidades y llega un momento en que resulta difícil retrotraer el sistema hacia una senda de crecimiento sostenible. Al fin y al cabo, la economía se ve obligada a compensar el déficit de inversiones del pasado y emprender al mismo tiempo inversiones de cara al futuro, lo que constituye una doble imposición a cuenta de la generación actual. La incapacidad de resolver el problema de la distribución y la justicia puede llevar a un callejón sin salida, a la parálisis y al estancamiento prolongado.

Por último, muchos de estos modelos de crecimiento defectuosos implican dificultades presupuestarias. Contra lo que es opinión generalizada hoy en día, cierto grado de administración keynesiana de la demanda durante la transición a un modelo de crecimiento más sostenible no es incompatible con resolver los desequilibrios fiscales en un plazo razonable. Por el contrario, tanto el estímulo fiscal como la consolidación fiscal, aplicados por separado o en conjunto, son elementos necesarios del proceso de adaptación.

Pero por sí solos no bastan. Se necesitan también otros elementos insustituibles: una modificación de la estructura de la demanda agregada accesible y la recuperación de los componentes agotados de la base de activos de la economía. Y para esto se necesitan cambios estructurales e inversiones.

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Project Syndicate

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