Artes

A los que nunca terminaron nada, por Oscar Marcano

Un cuento del libro "Solo quiero que amanezca" (Punto Cero, 2012), de Oscar Marcano.

Por Oscar Marcano | 21 de Mayo, 2012
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Eran las 11.00 A.M. y ya estaba clavándome puñales en el bar de Tony cuando la vi entrar. Llevaba un vestido rojo y zapatos de tacón alto. Era todo un espectáculo. Se parecía a Bettie Page pero más morena y con más glúteos. Atravesó el tufo húmedo del salón y fue a sentarse al otro extremo, en la penumbra. Era una aparición. Toda cuerpo. Toda pechos, cadera y piernas. Un verdadero botín. Pero los botines no se habían hecho para mí.

Sacó un cigarrillo y me miró. No había nadie más a quien mirar. Sólo una buganvilla floreada que Tony cultiva detrás de la barra. Cruzó las piernas. Descalzó a medias uno de sus tacones y lo empezó a columpiar. Pude ver el talón y hasta donde alcanzaba de aquel pie. Siempre me han gustado los pies. Su misterio. Su forma. Su olor.

Admiré el empeine alzado y firme, y un trozo de tobillo. Los imaginé rapaces. Resistentes y hoscos. Mínimamente endurecidas las plantas por una pátina callosa.

Pedí a Tony otra cerveza para fantasear sobre su olor y el dibujo de unas uñas ocultas en la puntera beige. Puse, adicionalmente, un par de lunares en el puente. No podían ser Pecorino. Ni siquiera Provolone. Correspondían más bien a dos Fontina frescos del valle d’Aosta. En otro tiempo los habría acompañado con un Grumello. Aunque estas niñas con pie de queso fresco tienen el alma de Gorgonzola. Te hacen sentir su leche coagulada con cuajo de becerro. Adviertes los agujeros y el penicillium desde el primer beso. Hay que trabajarlas preferiblemente con un Sassella o un Inferno.

—Invítame algo —dijo calzándose el zapato e incorporándose.

Tenía porte. Hace unos años me habría ruborizado.

Caminó hacia la barra. Hacia mí. Un elemento en apuros. Vendía revistas viejas y ahora trabajaba con un librero. A los cincuenta años estaba haciéndole mandados a un librero.

Él decía que no era así, que era su asistente, pero sólo le hacía mandados y había salido a cobrarle un cheque. Por eso llevaba cierta cantidad conmigo. Se empinó en la punta de sus pies y se sentó en el banco. Al acomodarse abrió los muslos. Era un verdadero espectáculo.

Volteó a mirarme.

—Pide, nena —dije—, pide lo que quieras. Ya vengo. Voy a llamar por teléfono.

Salí del bar y caminé hasta la esquina buscando el teléfono monedero. Ahí estaba el teléfono pero ya no era monedero. La semana pasada lo era. De pronto las monedas no valían nada. Metí la tarjeta y llamé a Julio, el librero. Le dije que iba a tomar algo prestado. Había surgido una pequeña emergencia, nada serio, claro. Se lo devolvería. La plata estaba en mi bolsillo y no en el de él. Tal vez por eso no me lo negó. Noté su nerviosismo pero no se atrevió a decir que no.

Cuando regresé seguía sola y no había pedido nada.

—¿Y? —la inquirí— ¿Creíste que no volvería?

—No. No sabía qué pedir —mintió—. ¿Cuánto tienes?

Sonreí.

—Pide. Pide lo que quieras.

Me miró escéptica.

—Pide —insistí.

Pidió un Dewar’s.

—¿Tú?

—Yo otra cerveza.

—¿Cerveza? —se extrañó.

—Sí. De menor a mayor.

—¿Como los cocineros?

No entendí.

—Como los conciertos —respondí.

Inclinó su vaso y bebió la mitad. Se relajó. Me contó que iba a una reunión de Alcohólicos Anónimos cuando vio abierto el bar de Tony y supo que iba a desertar.

—¿Tan temprano?

—Tan temprano.

—¿A qué te dedicas?

—Desperdicio mi vida —dijo sacando otro cigarro.

Tenía estilo. Sólo faltaba verla sentada en el váter para corroborarlo.

—No podía ser de otra forma.

—¿No?

Encendió el cigarro. Lo chupó. Lo aspiraba como si buscara desesperadamente oxígeno. Como si su vida dependiera de ello.

—No. A esta hora están aquí los que tienen que estar.

La boca se le contrajo. Estuvo a punto de dejar ver su dolor.

—Disimula —dije—. Hablemos de otra cosa. De la moda. De béisbol. De los zancudos de Cagua que son célebres por su corpulencia.

—¿Quiénes? —repuso.

—Los zancudos de Cagua. Son vertebrados, barrigones y lanudos. Tienen un vuelo pesado, se posan en tus brazos y succionan todo lo que pueden. Como una bomba de achique.

Se me quedó mirando.

—Olvídalo. Tendrías que conocer a Néstor.

Sonrió. Y pude ver unos carnosos labios abriéndose sobre dos hileras de dientes perfectos.

Tony volvió del traspatio donde agolpaba gaveras y se sirvió un Campari. Comentó algo del tiempo. El calor, la lluvia. Abrió una lata de maní. Puso el contenido en un plato y nos lo dejó al frente. Me preguntó si me quedaría a comer.

En realidad Tony se llamaba Antonieta. A veces me cogía un ruedo o me invitaba pastel de carne y schnaps. Yo no sé si las mujeres lo saben, pero cogerle el ruedo a un extraño es la más genuina muestra de amor por la humanidad. Tony era alemana, de Kassel. Tenía sesenta y cuatro años y tocaba el acordeón.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Tú qué? —respondí a media voz.

—¿A qué te dedicas?

—También tengo un futuro parco.

Tomé la cajetilla de cigarrillos, la manoseé un poco y la volví a dejar en su puesto.

—A todas estas no nos hemos presentado —dije volviéndome hacia el espectáculo. Le alargué la mano.

Puso cara de mierda frita. Como si hubiese felicitado a Simone de Beauvoir el día de la secretaria.

—A todas éstas —dijo concluyente.

—Pedro —dije.

Mi mano continuaba extendida.

Chupó el filtro de su cigarro, volteó la cabeza y me observó displicentemente. Fumó de nuevo y se volvió completa hacia mí. Miró mi mano con desdén y finalmente la estrechó.

—Rata —dijo—. Mi nombre es Rata y no me voy a acostar contigo.

Arrugué los ojos y volví la cara. «Estamos los que somos», pensé mientras echaba la cabeza para atrás y dejaba blanco el fondo del vaso. «Ni uno más».

—¿Dijiste algo? —preguntó buscando mi boca con los ojos, como quien lee los labios.

—Que estamos completos.

—¿Quiénes? —repuso excluyente, respingada.

—Aquellos a los que nos tiemblan las manos y nos sale una nata azul en los ojos.

Se quedó pensando. Chupó su cigarrillo y aspiró el humo.

—Además no me he lavado el pelo —dijo molesta.

Volteó a verme.

—¿Para eso bebes?

—¿Para qué? —repliqué confundido.

—¿Para que te tiemblen las manos y te salga una nata azul en los ojos?

—No.

—Entonces ¿para qué bebes?

Sonreí.

—No, en serio. Dime. Por qué lo haces.

—Por lo mismo que tú.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta el olor ni el sabor de la vida.

—¿No será porque..?

—También  —la interrumpí—. Pero en particular, porque cuando bebo, vuelvo al sitio donde todas las mujeres son bellas y todas están locas por mí.

Se me quedó viendo.

—¿Con esa cara? —dijo burlona.

Rata tenía razón. Era más feo que John Turturro.

Nunca me gustó mi rostro. Ni a mí ni a nadie en particular. Tenía bolsas en los ojos. Más pómulos que quijada. Demasiadas encías y uno de los dientes de enfrente gris. A eso había que agregarle una mancha de sol en la frente y un pterigium en el ojo izquierdo.

—Tienes razón.

—Descuida —respondió mirándose las falanges de los dedos—. Todos somos feos de cerca.

Soltó una risotada, dio el último sorbo a su vaso y miró el almanaque de Firestone que Tony tenía colgado en la pared. Se volvió de nuevo hacia mí.

—¿Cómo debería oler la vida para que te gustara?

—Como tus pies —respondí—. Como el queso de tus pies.

Se tapó el rostro avergonzada. Luego se retrajo y se quedó viendo el almanaque de Firestone. Empezaba a llegar gente.

—No me he lavado el pelo —dijo con enfado.

—Pide —invité.

—¿Otro? ¿En serio?

—En serio.

—Mira que soy un pozo sin fondo.

—Todos somos un pozo sin fondo.

Tony trajo otro Dewar’s y otra botella de cerveza.

—No me he lavado el cabello —volvió a decir.

—Y cuál es el drama —pregunté.

—Que no me gusta —dijo incómoda, manoseándoselo—. No me lo pude lavar.

Estaba nerviosa. Y tensa. Y encabronada.

Callamos un rato bebiendo cada cual de lo suyo, viendo a Tony salir y entrar a la cocina. Volvió a acabarse su trago. Esta vez demasiado rápido. Se me quedó mirando.

—Pide —dije—. Y otra para mí.

Salí de nuevo a llamar. Metí la tarjeta en la ranura y marqué los siete dígitos. Avisé a la dependienta que me tomaba el resto del día, pero ella insistió en pasarme a Julio. Julio era un tipo raro que leía a Chaucer. Me saludó y me anunció que había trabajo, pero lo que quería era que apareciera con el dinero. Le dije que me sería imposible. Que hoy me sería imposible. Quiso saber dónde estaba. No se lo precisé. Colgó nervioso, pero confiaba en mí. Al menos eso fue lo que dijo. Julio era un buen sujeto. Realmente sabía de libros y se comportaba de forma responsable. En cierta oportunidad le puso carácter a la esposa de un poeta. Una compradora compulsiva. Le dijo que de seguir así no volvería a venderle un solo libro. Que se supiera, ella carecía de medios de fortuna. Sin embargo, en los registros de venta, aparecía como la mejor cliente del establecimiento.

—Es imposible que en esta vida puedas leerte todo lo que me has comprado hasta el momento. Y yo no pretendo arruinar a nadie. De modo que o compras un libro, a lo sumo dos, u ordeno que se te impida la entrada a esta librería.

La mujer estalló en lágrimas y le concedió la razón.

Cuando volví, el vaso de Rata iba por la mitad. Me estaba esperando.

—¿Qué es lo que más más más te gusta en la vida? —preguntó animada y un poco más suelta.

—Considerando que no te vas a acostar conmigo, el Jack Daniel’s —le dije—. ¿Y a ti?

—Considerando que no me gustan los hombres, la Stolichnaya.

Rata acercó su cara a mi cara y me miró. La miré. Pude contemplar sus inmensos ojos almendrados y unas cuantas pecas mal administradas sobre sus mejillas. En otro tiempo me habría babeado.

—Lo que más más más me gusta es desayunarme con vodka —agregó.

Entrelazó sus manos y volteó hacia el frente. Otra vez al almanaque.

—¿Te comenzaron los temblores?

—¿Perdón?

—¿Que si ya te comenzaron los temblores? —reiteró.

Noté su preocupación. Busqué su mirada.

—Hace más de un año.

—A mí me acaban de empezar.

—Es cuando más provoca beber.

—Da mucho miedo —dijo.

—Así es.

Se quedó pensativa.

—Por eso iba a Alcohólicos Anónimos.

—No hay reunión a las once en Alcohólicos Anónimos.

—Por eso tenía pensado ir a Alcohólicos Anónimos.

Volvió a ver el almanaque. Una modelo caucásica posaba en bikini sentada con las piernas abiertas sobre una llanta de Fórmula Uno. Luego retomó su ímpetu.

—Pero aunque tú no lo creas, algún día voy a salir de aquí. Y me van a ver boyante en otro país, bien forrada y viviendo otra vida.

—¿Qué te hace pensar que lo conseguirás?

—Le dicen trasero. Rabo. Pompi. Como lo quieras llamar.

Volteó a mirar mi vaso.

—No bebas más eso —ordenó con denuedo.

—¿Qué?

—Eso —dijo señalando mi vaso.

Hizo una mueca de asco.

—Es solo cerveza.

—No, no lo bebas más. Fíjate: yo me tomé la mitad de este. Tómate tú la otra y pedimos un Jack Daniel’s y una Stolichnaya.

—De acuerdo —dije empinándome su medio vaso de Dewar’s.

—¿Bueno? —preguntó.

—Bueno —respondí con la boca llena de hielos derretidos, hielos que devolví al vaso—. El problema es que Tony no vende Jack Daniel’s.

—¿Ah no?

—No.

Rata se puso triste, muy triste.

—Entonces nos bebemos dos whiskys —dijo reponiéndose—. O dos vodkas. ¿Tienes más plata?

—¿Que si tengo? —dije jaquetonamente—. Soy muy, muy rico. Me finjo pobre para que no me secuestren.

—Entonces pidamos.

Pedimos. Tony trajo dos vasos cortos y los llenó de hielo picado. Les puso full vodka. En cuanto acabó de servirlos me pasó una mano por el pelo.

—Este es como mi muchacho —le refirió—. Lo quiero mucho. Lo malo es que le va a estallar el hígado.

Ambos sabíamos que a ella le estallaría primero.

Volvió a la cocina.

—Cuéntame —auscultó Rata—. ¿Quién te fregó?

—Quién me fregó de qué.

—Tu historia. ¿Quién te jodió?

—Nadie. Estudié, trabajé, las cosas no salieron bien y me fundí. Eso es todo.

—Te fundiste.

—Sí, me fundí.

Chocamos vasos.

En ese momento entró un tipo con rostro de medalla mediterránea. Rubio. Muy tostado por el sol. Como un surfista cuarentón. Llevaba un traje barato. Ciento por ciento poliéster. Lo gritaban las puntadas de nylon que saltaban de las costuras de los hombros. Le quedaba muy ajustado. Al menos dos tallas por debajo de la suya. Las mangas del saco no le cubrían las muñecas. Los pantalones no le llegaban a los tobillos.

Tony salió en ese momento. Me miró resuelta, tribunalicia.

De inmediato fue a atenderlo. Lo hizo con tal agresividad que el sujeto, cohibido, dio las gracias y se marchó. Tony agrandó sus ya enormes ojos y sentenció: «además el muerto era más pequeño que él».

Hizo un buche de Campari, lo pasó de un cachete a otro y lo tragó. Volvió a la cocina negando con la cabeza.

Rata no entendía nada.

—Aunque Tony tiene el cabello casi blanco y los ojos azules, le tiene ojeriza a los rubios. Dice que es negra por dentro.

Seguimos charlando, bebiendo y chocando vasos toda la tarde. Me habló de su hermano. Me contó que era actor. Si se puede llamar actor a un sujeto vestido de médico que aparece una vez en una telenovela, dice que sí o que no con la cabeza y más nunca vuelve a salir.

El bar se fue llenando. Poco a poco fueron apareciendo los animales domésticos del día y de la noche. Sin embargo, nuestra presencia era una isla. Al principio me daba cuenta de la sensación que Rata causaba entre los hombres. Después se diluía. Como todo. Solo uno se metió con ella. Yo había ido al baño. Me lo contaron cuando le tocó a ella orinar. El tipo le insinuó que necesitaba mujer. Ella le preguntó que por qué no inflaba una.

—¿Desde cuándo no ves a Linda? —me interrogó.

—¿Cómo dices?

—Que desde cuándo no estás con una mujer.

Bajé la mirada.

—Anda, dime.

Me dio pena responderle.

—¿Días? ¿Meses?

Seguí callado, contemplando sus facciones.

—¿Años?

Sonreí.

—¿Años?

No pudo evitar la risotada y yo tampoco.

—Pero no será por lo feo —dijo empinándose su vaso—. Hay tipos más feos que tú que de vez en cuando.

Volvió a estallar en risas.

Estábamos bebidos.

—Yo creo que por lo feo y porque tengo un «La» natural que no llega…

Vacié mi trago. Estaba en una situación muy comprometida. Rata lo percibió.

—Tienes cara de conocer dolores.

—Más o menos —dije—. Desde los de Santa Teresa hasta la neuralgia del trigémino.

—Pide un deseo —dijo.

No tuve tiempo de pensarlo. Se bajó del asiento giratorio y pasó una pierna por sobre las mías colocándose entre la barra y yo. Luego se me sentó de frente, a horcajadas, repantigando maliciosamente sus nalgas sobre mis piernas delante de todos. Tomó mi cabeza entre sus manos, abrió sus carnosos labios y los posó sobre los míos. La gente aplaudió. Todo el bar aplaudió. Fue un beso cósmico, infinito. Permanecimos abrazados, con las frentes juntas por un buen rato, mirándonos a los ojos. Luego me desmontó. Miré la buganvilla en flor. Chocó mi vaso y bebió. Sonreímos. Tony sacó el acordeón.

—El deseo no agrega nada a lo que traes por dentro —dijo con la lengua enredada.

Desde hacía mucho tenía la luz apagada: así que ni entendí ni hice el menor esfuerzo por entender.

—Por qué no me dices tu nombre —le pedí—, tu verdadero nombre.

Se me quedó mirando en una mezcla de ternura y piedad y cerró los ojos.

—Tamara —dijo—, me llamo Tamara —y de inmediato se puso seria.

—Gracias, Tamara.

Volvió a besarme. Tony bebía y tocaba el acordeón en medio de una bulla espantosa, mientras a un lado, un tipo con cara de soplete gritaba a otro con cara de Gauloises sin filtro.

—Ustedes —dijo airado el de la cara de soplete—. Cuando el país no lo necesitaba, se fueron a la montaña. Ahora que esto se cae a pedazos, hacen lobbying y downsizing y aprietan los maxilares para bailar las orejas. Me cago en su épica, en sus años sesenta y en la puta madre que los parió.

El tipo con cara de Gauloises estaba muy ebrio. Casi no articulaba palabra. Quería defenderse pero no articulaba palabra. Cuando lo conseguía, hablaba como si tuviera la boca llena de pasta dental.

Eso era de un lado. Del otro, un joven con rostro estíptico hablaba de un accidente. Decía que había estado en coma y que al volver lo primero que hizo fue preguntar por Nastassja Kinski.

—Vámonos de aquí —dijo Tamara pegándoseme, besándome, metiéndome la mano entre las piernas—, vámonos ya.

—Espera —susurré—. Ya nos vamos. Pero antes cúmpleme un deseo.

—¿Cuál?

—Quítate los zapatos.

—¿Cómo?

—Te estoy pidiendo que te quites los zapatos.

—No entiendo.

—Quiero ver tus pies. Tus bellos pies. Sé como es la gente por la forma de sus pies.

—¿Aquí?

—Aquí, ahora.

—No.

—Anda.

—Solo uno.

—Esta bien. Uno. Solo uno.

Tamara se descalzó uno y lo alzó disimuladamente. Era divino. Tal como lo había imaginado pero mejor, más rapaz, más salvaje, más femenino. Con un puente alzadísimo y unos dedos que parecían percebes.

—Déjame olerlo.

—No, loco.

—Por favor…

—Huele a queso.

—El queso es el alma.

Me besó desbordada para ahuyentar su rubor.

—Anda, quiero olerlo.

—¿Pero aquí?

—Aquí, sí, aquí.

—Es que… no me he lavado el pelo —dijo mimosa.

Se lo tomé con mis dos manos y lo extendí sobre mis piernas. Lo froté. Lo masajeé. Me olí las manos. Me las lamí. Fui feliz. Sonreí. Lo alcé. Lo olí. Lo olí profunda, intensamente, por arriba, por debajo, entre los dedos.

Con una mano sujetaba el talón y con la otra apretaba su pantorrilla, mientras restregaba los dedos de aquel maravilloso pie en mi nariz, en mi cara. Fontina. El mejor Fontina. El más fresco Fontina del valle d’Aosta, hecho en el verano.

Cerré los ojos y en ese fino y delicado olor pude ver las vacas pastando a dos mil metros de altura en las praderas alpinas de Italia, al pie del Mont Blanc, donde los pastizales lozanos se nutren de especies exquisitas. La gente miraba, gritaba. Reía y gritaba.

—Loco —decía Rata, Tamara, llena de estupores—, loco…

Yo estaba en el paraíso. Añoraba ese Grumello.

De pronto me arrebató la pierna. Yo permanecí en éxtasis, encorvado, oliéndome los dedos, las palmas de las manos.

Demoré en incorporarme. Me di cuenta de que estaba ebrio. Muy ebrio.

—Es Otra —dijo.

—¿Otra? ¿Cuál otra? —balbuceé.

La sentí calzarse atropelladamente. Arreglarse el vestido. Bajarse del asiento y trastabillar. Volteé a verla y su mirada estaba petrificada. Apuntaba hacia la puerta.

—Es Otra —balbuceó.

Giré la cabeza y una mujer fornida y con las manos en la cintura la auscultaba con odio. Se vino hacia nosotros.

—Puta —chilló—. Eres una puta —e intentó abofetearla.

Rata no lo impidió. Sólo bajó la cabeza.

—Estás borracha. Te he buscado todo el día. Ni siquiera fuiste a Alcohólicos Anónimos. No tienes una pizca de consideración.

Yo luchaba por volver de mi sopor, pero me costaba. Estaba descomprimiendo archivos. Aun así la observé. Pude advertir la sombra pilosa de sus bigotes. Una suerte de bozo que la malencaraba. Era tan tosca y hombruna, que imaginé que en el fondo de su vagina ocultaba dos muelas cordales. Todo lo tenía corto. Manos, nariz, cabello. En vez de cuello, céfalo-tórax. Era una auténtica nevera con escote.

—¿Así es como me pagas, Una?

El aliento le olía a fósforo. Tenía las uñas comidas y la pintura descascarada. Debía ser un queso ácido. En medio de sus grasientas piernas debía tener un grueso clítoris artillado.

—¿Así es como me pagas? —repitió. Por el timbre de su voz juzgué que estábamos en presencia de un queso espurio. Cuajado con cardo o con savia de higuera.

—No, no —dijo Tamara revolviéndose el cabello.

—¡Alcohólica! Mírate la facha. ¿Quién es este infeliz?

—No sé, no sé —dijo Tamara a punto de romper en llanto.

—¿Quién es este infeliz? —insistió.

Yo estaba desconcertado, volviendo del olor del pie de Tamara.

—¿Qué tienes tú que ver con Una? —me preguntó.

—¿Con quién?

—Con Una.

—Su nombre es Tamara.

—Ella es Una y yo soy Otra —chilló.

La mujer debía tener un problema serio en la próstata. Se volvió hacia Tony.

—Apártele ese trago. Llévese la bebida y nos trae un té.

—Querrá decir un café bien cargado —replicó Tony.

—Un té. Quise decir un té —dijo categórica.

Se volvió hacia Tamara.

—Estoy harta de lidiar contigo. No soporto más.

Pero algo en la voz no sonó cierto.

—Te he aguantado de todo, Una. La mala bebida, la infidelidad. De ahora en adelante vas a aprender a cuidarte tú sola.

Tamara rompió en llanto y se le echó en los brazos. Ambas lloraron.

—¿Por qué me haces esto? —dijo más calmada, secándole las lágrimas, peinándola con la mano—. ¿Quién es ese tipo?

—No sé, mami, no sé.

Volvió a sollozar. Demasiado vodka.

—Vente, vámonos.

Caminaron juntas. Atravesaron el piso de caolín hasta una mesa del fondo. La única mesa vacía. Una mesa de mantel rojo. Tamara seguía llorando guindada del cuello de Otra.

—¿Qué hacías con ese tipo?

—No sé, mami, no lo sé. No entiendo nada.

Otra besó sus ojos. Tamara los abrió y volvió a sollozar.

—No me he lavado el pelo —agregó gimiendo.

Me di vuelta y serví el resto de la botella. Lo fui bebiendo despacio. Ya no veía lo que ocurría. Me habían quedado de espaldas. Creí advertir cuando Tony les llevaba el té.

De repente se restituyó la bulla. El olor a humedad. El almanaque de Firestone.

No sé cuanto tiempo pasó.

—Tony —dije en algún momento—, dame la cuenta.

Miré la buganvilla, sus brácteas, y me pregunté cómo podía florecer una planta en un lugar así. Sin luz, sin sol. Me dije que por Tony. Solo lo hacía por Tony.

—Dame la cuenta. Y otra botella de vodka.

No había razón para parar. Ahora estaba seguro de que no había razón para parar.

—¿Me la envuelves en una bolsa de papel?

Sabía que pronto no quedaría nada. Acaso la sensación de irme sumiendo en ese sopor, en esa parálisis, en esa dulce y lerda inconsciencia donde en cámara lenta y con los ojos cerrados, quisiera decir el parlamento de alguien más a salvo, menos averiado, más bonito que yo.

Me fui tambaleando. Con el puño cerrado en torno al cuello de una botella metida en una bolsa de papel. Antes de salir volteé. Una estaba al lado de Otra, comiendo de una bolsa de chicharrón picante y bebiendo té de menta en una horrible jarra de cerveza. Otra le hablaba sin verla, desangeladamente, como si mascara chicle.

***

Lea Alberto Barrera Tyszka sobre “Solo quiero que amanezca”, de Oscar Marcano

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (13)

Gianna Xavier
23 de Mayo, 2012

Maravilloso. Aún que pierdo alguna cosa por el idioma, el cuento es tan fuerte que casi le siento el olor a queso. Voy buscar otros textos del autor. Ojalá esté en venda en internet.

Gianna Xavier
24 de Mayo, 2012

Fantástico cuento. No conocía nada de Oscar Marcano y desde luego paso a seguirlo en Twitter. Gracias Prodavinci por más una indicación de buena literatura.

gustavo valle
24 de Mayo, 2012

Qué buen cuento! Y gran acierto editorial reeditar este libro!

Oswaldo Aiffil
24 de Mayo, 2012

Intenso!

Luis Daniel
5 de Junio, 2012

Un escenario perfecto en la humanidad limítrofe. ¿Y es que se puede escribir acaso de otra cosa ?. Y como no hay crítica que no sea un poco envidiosa, hubiera querido cierto absoluto linguístico descriptiva del pie de Tamara.

Deily Becerra
5 de Junio, 2012

Y pensar que de alguna manera los aspectos caóticos de este cuento son de las realidades nuestras de cada día…Sólo que el cuento está escrito con buen lenguaje y descripciones que por momentos nos alejan del caos. Gracias a Prodavinci por facilitar el acceso a este tipo de escritos.

dariela
7 de Junio, 2012

No conocía a Oscar Marcano… me gusto, gracias por hacérmelo conocer.

Antonio Rodríguez
26 de Junio, 2012

El cuento se puede interpretar como una crítica a aquellas personas que nunca pudieron cumplir sus metas; a aquellos que dieron tambaleos de un lado a otro y nunca se concentraron en lograr un objetivo, esto, simplemente porque no estaban seguros de lo que querían. El fetiche por los pies de la mujer, el olor a queso que le traen recuerdos; ese olor desagradable que todos tenemos luego de caminar tanto. “Ahí está el detalle” diría Cantinflas, en lo que hemos recorrido: depende de cómo sea ese camino recorrido, ese va a ser el olor de nuestra vida.

Dedicados también a esas personas que juegan con los sentimientos de otros; dicen ser algo que no son por miedo al fracaso, al rechazo. Cuando se enfrentan a la verdad se esconden , se sienten apenadas; se refugian y se cohíben. Desconocen lo que han hecho, desconocen su vida.

Tal vez esté equivocado, pero al menos así lo veo yo. Gracias.

Werner Rito
26 de Junio, 2012

Debo confesar que este escritor pertenecía a mi gran mundo de ignorancia sobre las cosas que no sé que aun no sé. Extremadamente real, son palpables sus vivencias, pues para quienes no lo saben, las personas que no terminan nada en su vida, buscan la manera de refugiarse en algo que enmascare un poco su triste realidad. Me encanta como el escritor muestra a Tamara y a Pedro, dos perosnajes que, al igual que muchas personas, desperdician sus vidas y no hacen nada para remediarlo, es por así decirlo, su manera de vivir. Es entendible que no les guste el olor ni el sabor de la vida como a Pedro y como hacerlo si ellos dos, son una isla. Me agrada la idea de imaginarme a Tamara diciendo “además no me he lavado el pelo”, son ese tipo de comentarios que no vienen al caso y decimos en momentos incómodos para evitar ciertas conversaciones. Y por último, quiero agregar que el fetiche de Pedro con los pies, es lo que muchos hombres pensamos, los pies de una mujer son todo, su imagen física, su confianza, su ternura, su belleza y hasta parte de su corazon.

Adriana Colmenares
28 de Junio, 2012

“No existe el fracaso, salvo cuando dejamos de esforzarnos”. Jean Paul Marat, periodista francés El escritor Oscar Marcano, en este cuento, materializó en Tamara y Pedro a dos seres incompletos, que se pueden ver en todas partes con diferentes nombres, los cuales padecen ese grave problema del miedo a fracasar que los lleva simplemente a terminan por calar en los que nunca terminaron nada. Sus fracasos no fueron capaces de convertirlos en experiencias y luchar por esa realidad donde las posibilidades ilusorias puedan llegar alcanzar el éxito y encontrar en ella la plenitud de disfrutar la vida; en vez de eso decidieron darle la espalda y convertirse en un pálido reflejo de sí, donde las turbulencias etílicas, que copa a copa los acompaña, van mermando mucho más esa autoestima que se quedó en el tiempo. Asimismo, los fetiches, como en este caso los diferentes olores a queso en los pies femeninos, son una vía de escape que tiene Pedro, al igual que muchos hombres, de sentir algo diferente a penurias; es un acercamiento de la virilidad física que él considera que no tiene y que lo ha llevado siempre a no poder tomar ese tren de su vida. Tamara, es su contrario en sexo, pero no en las ganas inconclusas de llegar a ser, ella también busca pertenecer a algo, aunque realmente no llega a consolidarlo como su grupo de Alcohólicos Anónimos. Al final del día, es siempre unas horas menos de vida, un fracaso en el silencio, un tren que no se tomó.

David Carrasquel
30 de Junio, 2012

Muy bueno. Desde principio a fin, el ambiente descrito por el autor, es increíble. Además, el toque de amor y sentimientos ocultos, lo hacen un cuento maravilloso. Relato donde la ansiedad y el alcohol llevan a estos dos extraños (Pedro y Tamara) a sumergirse en un mar de pasiones. Sin duda alguna, una historia que te atrapa hasta sus últimas líneas.

Kenia Hernández
5 de Julio, 2012

Knockout, sí que lo consiguió Oscar Marcano con este cuento. Representa dos personajes que tratan de escapar de su realidad por medio de vicios, fetiches e incluso adopción de personalidades falsas. Ambos poseen el mismo problema de alcoholismo pero ella lo representa desde la belleza y él desde la fealdad, pero entre los dos hay una conexión desde el mismo momento que se ven por primera vez. Consiguen llegan a tener un momento de intimidad que viven de diferente manera. Ella, por su lado, siente lástima por la vida sexual de él por lo que lo “recompensa” besándolo apasionadamente a pesar de no gustarle los hombres y de considerarlo feo. Él, en cambio, logra la intimidad con ella cuando esta le permite saciar su fetiche, oler sus pies, esa fragancia que lo hace evocar recuerdos de un pasado donde probablemente tuvo contacto con los distintos tipos de quesos. Es probablemente un cuento que nos refleja las distintas maneras en las que una persona con vicios desea salir de esa situación, trata de escapar pero a pesar de todo, el mundo externo hace que vuelva a recaer. Por eso vemos que el personaje de Otra aparece como una irrupción a esa sensación de bienestar que se había logrado. “A los que nunca terminaron nada” representa para mí una historia incompleta así como muchas de la vida real de las personas, historias que se acaban mucho antes de concluir.

Carla Dos Samtps
5 de Julio, 2012

Entre cigarrillos, vodka, cervezas y demás, Oscar Marcano creo que nos muestra una pequeña visión de cómo somos las personas en la actualidad. Un poco osadas, sin dar muchos detalles de nosotros, escondiendo secretos, y destilando tal vez un poco de desdén hacia los demás. Y hablando de destilar, que manera más sublime de entrar a la historia sino a través de los sentidos, de la imaginación que nos da, la sensación de que podemos ver a Tamara o tal vez a Una o tal vez a Rata. Luego adentrarnos a la imaginación de Pedro y ese extraño gusto por querer predecir y etiquetar a las personas

Creo que coincido con muchas personas que la trama podría basarse en lo que dejamos inconcluso. Siempre nos vemos tentados, siempre alguien nos cambia la monotonía, alguien nos quiere cambiar, algo cambia los planes, y terminamos en general haciendo lo mismo de siempre, no terminamos de concluir o no nos dejamos concluir, estamos atrapados en una sociedad que no termina de finalizar sus “fantasías”, para perderse en el olvido y el desanimo, es por ello que muchos de nosotros acabamos como Pedro, volviendo a beber lo mismo de siempre, la cerveza.

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