Artes

Jethro Tull: ¡Vamos, héroes de la infancia!, por Armando Coll

Por Armando Coll | 11 de mayo, 2012

En una de esas adormecidas comarcas que en este país dieron en llamar urbanizaciones –esas florescencias de concreto en las que la urbe se replicaba en sus periferias, caseríos de próspera clase media a medio hacer—a principios de los años 70, las noticias del rutilante mundo del pop eran escasas.

Era tan diferente a los días que corren, más bien desbordados de información y cultura de consumo; internet y su legión de redes sociales proveen suficiente materia como para que las juventudes ya no se alineen (o alienen) según la atávica lucha de clases, sino según los gustos visuales y acústicos, una militancia de los sentidos en la que lo que cuenta son los imaginarios adquiridos en la industria del espectáculo, sus cautivadoras cosmogonías de bolsillo, los mundos “bizarros” de la realidad virtual; una mercadería cuya demanda se especializa cada vez más a través de un formato social, las cacareadas “tribus urbanas”, esa alteridad con la que las mozas y las mozos más vivaces procuran desmarcarse de la unánime vulgaridad y se entregan, a su manera y como pueden, al también atávico “olvido estético” del que hablaba Ricciotto Canudo.

Muy diferente a enrolarse en una patota, una banda o una pandilla, entre otras formas brutales de gregarismo juvenil, signadas sobre todo por una territorialidad espuria, es adherir una de estas tribus de credos fabricados en la web, con una feligresía que trasciende cualquier noción de espacio o pertenencia objetiva.

Ahora da igual si se vive en el centro de Caracas, en Guatire o Yaritagua, la banda ancha, para bien o para mal, iguala a todos en la posibilidad de esa especialización social.

Cuarenta años atrás, las contradicciones entre la capital y el interior eran abismales, a excepción tal vez de Maracaibo, siempre cosmopolita, universal a su pesar.

Caracas contaba por entonces, con tal vez un único canal de acceso a lo más trendy, a lo que calificaba verdaderamente como state of the art –y la jerga anglosajona en este caso no es capricho– en aquella era dorada del pop rock que tenía lugar en el hemisferio norte. Radio Capital, se llamaba, quizá no casual sino redundantemente, la única estación que informaba a los oídos adolescentes del novedoso sonido proveniente de Estados Unidos e Inglaterra. Quien haya sido niño por esos días y en circunstancias parecidas a las mías, tiene las voces de los disc-jockeys de Radio Capital, Ivan Loscher, Plácido Garrido y Capi Donzella literalmente grabadas en la memoria.

Por entonces, yo demoraba mi pubertad en una de esas urbanizaciones del extra radio, bajo largas y obstinantes tardes de chicharras y noches de neblina. La autopista de Prados del Este era casi una lejanía. Y si aludo a las contradicciones entre la capital y el interior, es porque el interior comenzaba en esos emplazamientos suburbanos de la clase media en situación de relativa prosperidad.

Había una gran diferencia entre vivir en Sabana Grande o en La Boyera. El muchacho que vivía en Sabana Grande tenía como patio de recreo el reducido pero no por ello menos pujante “distrito comercial” de entonces; y por lo tanto la información más a la mano. El que vivía en Sabana Grande podía comprar antes que todo el mundo un ejemplar, por atrasado que fuera, de la revista Pelo, proveniente de la muy rockera Buenos Aires. Y ¡oh!  la Rolling Stone, en la que ayunos de inglés, los chamos se entregaban a la contemplación de fotos de conciertos y retratos de Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Bob Dylan o de aquellos hermanos albinos que se daban con un rock demasiado duro para mis oídos bisoños.

En un lugar como La Boyera esas revistas adquirían un dramático valor marginal y pasaban de mano en mano hasta prácticamente deshacerse.

Donde ahora hay un centro comercial, había un parque, el ágora en la que yo me asomaba entre los amigos de mi hermano mayor y me procuraba mi porción de cultura pop. Alguno llevaba un radio transistor para oír Radio Capital o se paseaba en plan de perdonavidas con una manoseada edición de Pelo. “¡Pero déjame ver!”

A ese idílico microcosmos llegó un buen día un disco demasiado peculiar. Una adquisición de mi hermano mayor en una de sus incursiones, que ya tenía permitidas, a la tienda Don Disco de Chacaíto. Pocos, entre la multitud que hoy pasa de largo ante el neón que desde hace medio siglo permanece, sabrán del maravilloso mundo que deparaba esa tienda atendida por el amabilísimo, culto propietario español. Pero, eso es materia de otras crónicas.

El disco a que me refiero no es otro que Thick As A Brick. Eran los tiempos en que las bandas de rock competían en el nunca bien definido formato del “concept álbum”. Eran los tiempos en que, tarde en la noche, tal vez Iván Loscher se permitiera poner al aire un tema que durara más de tres minutos, que durara mucho más que eso. Thick As A Brick era uno de esos temas que colmaban sin solución de continuidad ambas caras de un Lp.

Eran los tiempos de “Ángela Davis”, un muchacho gordo de lentes y afro, así bautizado por nosotros por haber aparecido un buen día, y con desconocida procedencia, con una franela que llevaba estampada la bella efigie (a su vez coronada por un afro perfecto)  de la profesora que por entonces flirteaba con los Panteras Negras, alborotaba a los estudiantes de la Universidad de California y huía eventualmente del FBI.

Así, sin mayores preámbulos, “Ángela Davis” con su impepinable franela, se sumaba de cuando en vez a la peña en torno a un radio o un reproductor de cassette.

***

No sé cuánto tiempo estuve bajo el embrujo; el tiempo en el que me deleité con el engaño. Tal vez tenga que ver con la fascinación, el ensimismado arrobamiento en que me sumía la música que manaba del negro acetato de Thick As A Brick, para mí, primera noticia de una banda británica llamada Jethro Tull.

Imagen de previsualización de YouTube

El disco fue lanzado en Londres el 10 de marzo de 1972 y es probable que haya desembarcado en La Guaira pocos meses después.

Eduardo, mi hermano mayor, también hacía avanzadas en una book store, no muy lejos de Don Disco, donde se proveía de sus suplementos, los comics de superhéroes que todos leíamos, pero solo él, en su perfecto inglés, con el que hizo ósmosis durante una estadía de nuestra familia en Portishead, cerca de la ciudad de Bristol en el Reino Unido. En esa época, yo era un párvulo, mi inglés, era una lengua inocente y limitada al rincón de los chiquillos, allí donde moraban los tacos con letras en cada lado, conos para ensartar aros de colores, y un libro que ilustraba la escueta desgracia de Humpty Dumpty, entre otras didácticas chucherías. El inglés de Eduardo era el del mejor alumno de la modesta primaria regentada por monjas a la que asistíamos en esa estancia sumida en la bruma oceánica, la costa de la que medio milenio antes partiera la expedición de John Cabot hacia la América del Norte.

Tras nuestra repatriación, Eduardo devino, por lo tanto, el intérprete oficial del reino de moscas de La Boyera.

La carátula de Thick As A Brick presentaba lo que a ojos vista era la primera plana de un tabloide inglés The St. Clive Chronicle.

El titular: “THICK AS A BRICK. Jugde disqualify ‘Little Milton’ last minute rumpus” (TAN DENSO COMO UN LADRILLO. Escándalo de última hora, el jurado descalifica al “Pequeño Milton”)

Eduardo explicó al resto la noticia. Palabras más, palabras menos, el “Pequeño Milton”, un niño de apenas ocho años, era el autor del largo poema épico al que la banda liderada por Ian Anderson había puesto música. La foto que acompañaba el titular de apertura del St. Clive Chronicle mostraba al muchachito con un paltó de lana y corbata, atuendo muy parecido con el que a mi hermano y a mí nos enviaban a la escuela de las monjas inglesas. Lentes redondos como los de John Lennon y una pasmosa cara de niño prodigio. Justo detrás de él, aparecía una atractiva jovencita sentada en la adecuada posición para obsequiar el mejor picón posible. El pie de foto hacía saber que la explayada damita era la novia del “Pequeño Milton” (¡?)

Mientras escuchaba fascinado la música de Jethro Tull, con su bello intro tributario del folk céltico y su posterior desarrollo en pieza de rock de compleja instrumentación, con derivaciones a la fanfarria, el recitativo, alusiones barrocas, algún pasaje acompañado de clavecín, la orquestación romántica, entre innúmeros recursos y efectos de la mágica era del estéreo, yo contemplaba la carátula, la cara del “Pequeño Milton” la mirada fija a cámara, y meditaba: “¡Coño! ¿Y este genio? ¡Con esa jeva…además! ¡Guao!”.

Leía el poema reproducido en la edición de marras del St. Clive Chronicle que ilustraba la carátula del disco y solo obtenía oraciones que, en el mejor de los casos, podía traducir al castellano, pero no entendía en absoluto.

“So you ride yourselves over the fields
and you make all your animal deals
and you wise men don’t know how it feels
to be thick as a brick”

Según informaba el tabloide de marras, el “Pequeño Milton” había sido descalificado por los contenidos “ofensivos” de su obra.

***

Mis progenitores se las apañaron para que yo nunca creyese en el Niño Jesús. Pero, la revelación que me hiciera, no recuerdo si el propio Eduardo, o alguno de sus amigos, fue para mí un balde de agua fría.

Así, como durante varios años, desde que me regalaran en mi primera comunión una edición ilustrada del Quijote para infantes, acompañé al hidalgo Alonso Quijano en la creencia de que una bacinilla de barbero era el relumbrante Yelmo de Mambrino, por pereza de leer el texto y solazarme de más en las ilustraciones acompañantes, me tragué completa la charada del “Pequeño Milton”, el niño de lentes redondos en la foto comentada. Gerald Bostock, el supuesto verdadero nombre del pequeño rapsoda.

Con el tiempo fui esclareciendo las alegorías del largo poema compuesto en realidad por el propio Ian Anderson; poco a poco, extraje significado de sus yambos y rimas; un imaginario muy acorde con un individuo de mi edad.

“So!
Come on ye childhood heroes!
Won’t you rise up from the pages of your comic-books
your super crooks
and show all us the way”

(¡Vamos, héroes de la infancia/Acaso no saldrán de las páginas tus libros de comic/tus súper pillos/ Y enseñarnos a todos el camino!)

“¡Vamos, héroes de la infancia!”, reclamaba el afinado barítono Anderson (una de las mejores voces del rock de todos los tiempos) y nosotros lo acompañábamos en el anhelo, la sarcástica ilusión. Pero los superhéroes  nunca pasaron de las páginas de los suplementos atesorados por Eduardo, desdeñosos de sus devotos seguidores condenados a la cruda realidad.

“Sea Superman presidente
y que Robin salve el día”

Ni una cosa ni la otra sucedieron jamás. Así como apareció un buen día, “Ángela Davis” con su afro, sus lentes redondos, su panza y su deje malandro desapareció sin rastro.

PS: Whatever Happened To Gerald Bostock? (¿Qué habrá sido de la vida de Gerald Bostock?) acaba de ser lanzado en el Reino Unido, un álbum concepto que 40 años después aparece como la secuela de Thick As A Brick. Trata del paso de la niñez a la adultez “y más allá, de lo que pudo haber pasado con Gerald Bostock (“Little Milton”). O cualquiera de nosotros”, advierte la web oficial de Jethro Tull.

Tendrá dos formatos: uno simple con CD y un folleto de ocho páginas; y una edición especial con CD, DVD y folleto de 16 páginas.

En lo que resta del año, Ian Anderson estará girando entre Europa y Estados Unidos, donde cantará Thick As A Brick en su totalidad, lo que no hacía desde 1972. http://www.j-tull.com/

La cuenta Twitter de Gerald Bostock es @TAAB2.

Armando Coll 

Comentarios (13)

luciano alcorta
11 de mayo, 2012

Armando, muchas gracias por los datos del postcriptum. Debo señalar que en Carabobo surgió por aquella época una emisora cuyo eslogan era “la estación de las dos capitales”, referente a Valencia y Maracay. Se llamaba Radio Satélite y desde su sede en Guacara llenó ampliamente el vacío de opciones rockeras, con tanta o más dignidad que la misma Radio Capital. Locutores como Samuel Hidalgo Futrillé y Otto Alejandro Moreno se hicieron famosos en la región gracias a sus programas maratónicos y concursos que probaban la popularidad de bandas como Uriah Heep, Deep Purple (denominada en nuestra jerga como “Púrpura” antes de que el finado Plácido Garrido bautizara su programa homónimo), Grand Funk, Tierra Rara (la traducción de Rare Earth, un poco complicado para pronunciar) los Rolling Stones, David Bowie, la Premiata Forneria Marconi y, por supuesto, Jethro Tull, entre muchísimos otros. En Satélite radiaron hasta el cansancio “El manguito” de la Banda Municipal del Hatillo, liderada por Gerry Weil. Las autoridades llegaron a cerrarla en más de una ocasión por razones que nada tienen que ver con las que se esgrimen en la actualidad. El candor de la emisora llegó hasta el punto de tragarse el cuento según el cual Robert Plant habría muerto en un accidente de tránsito en 1975 (en realidad tuvo lesiones que lo mantuvieron convaleciente durante dos años). El chisme motivó un homenaje especial a altas horas de la noche, que tanto mi hermano como yo nos vacilamos con toda la solemnidad del asunto. Cosas de un mundo sin Internet, aunque en Valencia también tuvimos nuestra fabulosa tienda Don Disco. En verdad creo que Paul Gillman, con quien compartí estudios en el Colegio Calasanz, no surgió de Valencia por casualidad.

Armando Coll
11 de mayo, 2012

Públicos para el rock de inicios de los ’70 habría probablemente más allá de Caracas. La muy rockera Valencia, por supuesto. Recuerdo, yo era un niño, que no en balde Santana hizo sendas presentaciones en Caracas y Valencia, allá con teloneros propios de la escena rock valenciana. Mi crónica va más sobre una nostalgia que sobre precisiones, a las que conscientemente he faltado. Lo que sí me parece indiscutible es que con todo y Radio Capital y las poquísimas emisoras de parecido perfil, bien sea como la que mencionas, apreciado Luciano, u otras,accedíamos a la cultura pop con una pasión que acrecentaba la lejanía. Gracias, Luciano, por la información que aportas.

Ramón Guerra
11 de mayo, 2012

Buen texto este viaje a la mostalgia. Antes de continuar, considero necesario expresar dos cosas: La primera, nací en 1959 y ahora cargo 52 septiembres a cuesta. La segunda, nací y me crié en la provincia, en el oriental Rio Caribe (Sucre). Dos cosas que aparentemente no vienen al caso, pero si. La edad cuenta para la nostalgia y habría que haber vivido tan maravillosa época para atestiguarlo. Es decir, “Yo lo viví”. Viví esos momentos con el asombro de un muchacho de provincia. Si a quienes vivían en Caracas, Valencia, Maracay o Maracaibo, les impactó, a nosotros nos impactó dos veces. Por ejemplo, los discos y la revista Pelo fueron tan difíciles de obtener como las piedras traidas desde la luna en aquellos tiempos por los astronautas. De todas maneras, nos las ingeniamos y leimos Pelo y oimos a Jethro Tull, Los Beatles, Los Rollings Stones, Led Zeppelin, Black Sabbath, Santana, los conciertos de Woodstock y Bangladesh y Las fresas de la amargura y tantas otras cosas. Y por que no, las llamadas “Chatarritas” que ahora nos transportan. Imagínense, en este instante, el solo de guitarra de Neil Young de “Bajando por el río”. Al pueblo llegaba la voz de Jesús Leandro, en las ondas de Radio Difusora Venezuela, inolvidable. Mucho por por contar, pero el espacio dicta la puta. Saludos a quienes se impliquen en estas memorias.

Diogenes Infante
12 de mayo, 2012

Faltó citar, el programa que inició todo esto, se llamaba “Gente Joven” y se transmitía a altas hora de la noche por Radio Capital, creo que después de las 10:00 PM u 11:00 PM. No me acuerdo muy bien el nombre de locutor, pero era algo así como Grisco Atalay. En ese programa se transmitían unos cortos sobre literatura promocionados por Monteávila, con la música de Jimy Hendrix como fondo (Who knows). El corto comenzaba con una frase tal como “Honorato de Balzac no era zanahoría”, y luego empezaba la música de Hendrix. Y seguía una reseña sobre el autor. De Balzac concretamente recuerdo que decía: “Vivía como un millonario, solo que le faltaban los millones”.

Emanuel Abramovits
13 de mayo, 2012

Es muy grato leer textos acerca de lo que uno también vivió. También tengo un hermano mayor, que fue quien trajo a casa Thick as a Brick, que junto a discos de King Crimson, de Gigante Gentil y de Emerson, Lake & Palmer, orientaron mi gusto musical por esas vertientes hasta hoy en día. También iba a Sabana Grande y la Casanova a buscar la ‘Pelo’ y también me creí, en mi caso hasta hace poco, que la historia del muchachito poeta descalificado era cierta, pero por plagio. El año pasado, 2001, hubo muchos conciertos en Caracas, y uno de los mejores fue el de Ian Anderson, en su 2da visita a Venezuela. La confusión que se creó acerca de si era Anderson o era Jethro Tull quien venía, hizo que algunos fans no quisieran ir. Se lo perdieron, lamentablemente. Anderson trajo al mismo grupo de músicos con los que grabó la secuela de TAAB a final de ese mismo año y quienes asistimos nos encontramos con un concierto extraordinario, donde Anderson recreaba sus mejores épocas con una banda de sonido refrescante, evocadora de Aqualung y de TAAB, y con él jugueteando por el escenario, compensando con su habilidad con la flauta y con su carisma, la reducción de su capacidad para cantar algunas partes. Inolvidable.

Gustavo Nava
14 de mayo, 2012

Estupenda cronica de aquellos tiempos en que el rock sinfonico, ahora llamado ‘Prog’ era popular. Yo vivi esos tiempos con 15 años de retraso, durante los ochentas. En una curiosa anecdota, Anderson ha contado que su hijo destesta su musica, la cual califica de ‘Musica para viejos’.

Eduardo
14 de mayo, 2012

Hermano Armando. Gracias por la (para mi conmovedora) reseña. TAAB sigue siendo para mí uno de mis discos favoritos de todos los tiempos. Con su carátula que emulaba un diario provinciano de un ficticio pueblito inglés (los avisos clasificados son geniales) que sería muy parecido al pueblo en el que vivimos en Inglaterra y la poesía llena de oscuras alusiones al estilo de vida inglés, el album era para mi mente adolescente algo fascinante. Ian Anderson ha dicho en entrevistas que el album en realidad era una especie de “burla” de los “concept albums” que para la época estaban cada vez de moda: Yes, King Crimson, Genesis. Y que no había que tomarse la letra muy en serio. Yo tuve la oportunidad de ver a Jethro Tull aqui en Minneapolis in 1995. Los “teloneros” eran nada más ni nada menos que ELP. Si, Emerson, Lake & Palmer reducidos a “opening act” de Jethro Tull. En fin… Lamentablemente, la gira de TAAB no va a pasar por Minneapolis. Creo que lo más cerca que van a estar es Chicago. En cuanto a la onda en Venezuela en esa época (o quizá más tarde, no me acuerdo), no se olviden de Alfredo Escalante: “Que las estrellas los guíen hasta un nuevo amanecer”…. Abrazos.

Armando Coll
14 de mayo, 2012

En efecto, querido Eduardo, Alfredo Escalante pertence a la logia de disc-jockeys de aquella época, pero como el único insumo de buena parte de mi crónica es la memoria, la verdad es que en ese registro no aparece Escalante, a quien recuerdo más bien de su programa en el Canal 5, “La música que sacudió al mundo”, que despedía siempre con la frase que aludes. Ese programa, me parece, es posterior a los hechos narrados ¡Qué tiempos!

Abrazos.

Armando Coll
15 de mayo, 2012

Olvidaba Eduardo, querido hermano, que Ian Anderson ha pasado por Caracas últimamente, digamos, en el rango de los últimos 10 años. Cuando era jefe de cultura de El Nacional me reservé la cortesía de la prensa para mí. No escuché el concierto completo porque debí volver antes de medianoche para escribir el avance de segunda edición. Pero, estuve en el Teresa Carreño hasta que cantó el fragmento correspondiente de TAAB. Como bien señala el periodista Juan Carlos Ballesta, quien me informa vía FB que ya tiene la secuela sobre Gerald Bostock, la voz de Anderson ha disminuido dramáticamente. No así su estilo único de soplar la flauta. Ya quisiera ver en persona a ELP. ¡De teloneros! Nuestra música.

Abrazo.

Pancho Crespo
16 de mayo, 2012

Pues permitanme decirles que la cosa no era sólo en Caracas. Lo digo, primero porque obviamente no era así, segundo porque el contraste Ccs – interior del país está muy prenete en el texto de Armando (tanto así que dentro de la misma Ccs, dice Armando, había un centro y una periferia, y tercero porque hablo desde mi vivencia en el inetrior del país concretamente en Valera (edo. Trujillo). Para cuando muchacho (Armando y yo somos de la misma edad, y luego nos hicimos amigos en la UCAB)la referencia de publicaciones musicales que teníamos por estos lados también era la revista argentina Pelo (y aún las guardo como un tesoro – que ciertamente ya lo eran en aquel entonces para nosotros), y la verdad es que entre mi grupo de amigos era yo el único que la coleccionaba, pero todos la leían ávidamente en mi casa. Y también la radio, era un elemento importantísimo, en este caso Radio Juventud, una emisora de Bqto. que yo sintonizaba tarde por las noches porque era cuando mejor se recibía la señal, y que me marcó tremendamente (quizá de ahí mi afición a la radio, de ahí que desde hace más de veinte años hago radio). No fue propiamente Thick as a Brick el trabajo de Jethro que más nos entusiasmaba (mucho más Aqualum), y quizá más que Jethro, Purpura y Tierra Rara. Gracias Armando… pana burda.

Armando Coll
18 de mayo, 2012

Gracias a ti, querido Pancho. La última vez que te vi fue en Maracaibo en el año 2006 ¿Recuerdas? Será que se puede oír tu programa vía web. Un abrazote, mi pana.

Al
18 de mayo, 2012

Habría que hacer una reseña con esa colección de revistas Pelo, Pancho será muy interesante ver las notas de esa revista mítica.

Un abrazo y mil gracias Armando por estas sabrosas conversaciones sobre el rock, un tema que no se agota como ya vemos por las reacciones de este trabajo. Habrá que hacer sendas entregas sobre otras bandas, sugiero.

Gustavo
29 de mayo, 2012

Muy buen comentario! También Anderson es uno de mis héroes. Es cierto aquí- en Argentina- tal vez tuvimos mayor acceso a la información de rock de esos días. La “pelo” y después la muy superadora Expreso Imaginario y tantas otras, nos ayudaron a crecer y a prestar atención a las verdaderas propuestas artísticas. Ya vi a Jethro un par de veces en Buenos Aires y siempre es una fiesta. Salud hermanos. Abrazo desde el sur de Argentina.

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