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Brasilia, por Héctor Abad Faciolince

Por Héctor Abad Faciolince | 24 de abril, 2012

De las ciudades extrañas, Brasilia es la más extraña. Fue construida por la más minúscula de las cualidades humanas: la razón. Y el sueño de esta razón engendró un monstruo. Un monstruo hermoso, a veces, pero monstruoso incluso en su belleza. Todo viajero sabe que una ciudad hay que conocerla andando, perdiéndose en ella a pie, sin rumbo fijo; así uno sabe a qué huele, cómo la viven sus habitantes, de qué manera se adhiere a la piel. Pero Brasilia es imposible de caminar. ¿Qué se puede decir de una ciudad que no se puede conocer a pie? Algo muy simple: que no está hecha a la medida del hombre. Y si no está hecha a la medida del hombre, ¿a la medida de quién está hecha? ¿De los dioses, del Poder, de los helicópteros? Fue diseñada con el optimismo de quienes pensaban que los hombres del futuro serían superhombres. Y en cambio los hombres seguimos siendo los mismos hombrecitos irracionales de siempre.

Dijo Clarice Lispector: “Brasilia aún no tiene el hombre de Brasilia”. Ni nunca lo tendrá: el brasiliense no existe. Anduve por ella seis horas seguidas, sin parar, y no pude llegar a ninguna parte. O sí, llegué a un gran espacio verde, el Parque da Cidade. Las ciudades del mundo se dividen entre las que tienen un gran parque verde y las que no. Brasilia es de las primeras y sin embargo en su parque no sentí la felicidad que siempre producen los parques urbanos. En vez de sosiego, malestar. Extrañado, al fin me di cuenta del motivo: este gran parque, que tiene ya más de 50 años, no tiene árboles grandes, ni frondosos. Al no tenerlos, no hay sombra. Al no haber sombra, bajo el sol que empieza a subir hacia el cénit, el calor te aporrea sin clemencia la cabeza. Decía Lispector: “El alma aquí no proyecta sombra en el suelo”. Es verdad, busco una sombra, cualquier sombra, pero aquí uno no puede contar siquiera con su propia sombra.

La ciudad es fácil de entender pues su estructura es sencilla, como una inmensa cruz. Al menos eso dicen los devotos que piensan que Brasilia fue un sueño de don Bosco; los laicos prefieren decir que tiene forma de avión: el fuselaje es la explanada central (el Eje Monumental), donde están la sede del poder político y los edificios emblemáticos: museo templo, teatro, biblioteca. Las alas del avión o los brazos de la cruz llevan a los barrios residenciales, donde la gente come, duerme, copula, enferma y muere. Alrededor de todo, su mayor acierto: un gran lago artificial que sirve como humidificador de la ciudad en los meses de sequía.

Intento recorrer el tronco de la cruz, el Eje Monumental. Aquí todo se ve chiquito porque todo es grande. La inmensa catedral parece una capilla; los humanos, hormigas. Atravesar las avenidas es una hazaña. Más que avenidas, son autopistas. En Brasilia no hay tacos y en ese sentido es el paraíso de los carros, es decir, el infierno de los peatones. En realidad no hay peatones en Brasilia. No hay gente que pasee, no hay gente que ande por las aceras, no hay desocupados ni ladrones al acecho en las esquinas, ni siquiera hay vagabundos o mendigos. ¿Seré el único idiota que camina por Brasilia? Se ven oficinistas atareados, gente que mira el reloj porque va a llegar tarde a una cita, pero nadie camina. No hay cafés, no hay bares para tomar agua o caipirinha, no hay restaurantes, no hay árboles que den sombra. Busco aunque sea la sombra de un sombrero, pero tampoco hay sombrererías.

Recorro el Eje de los Ministerios. Ahí llega la locura. Todos los edificios son del mismo tamaño, del mismo color. No sé si será el sol, pero empiezo a sentir que deliro. Siento que no avanzo, siento que alucino, que camino y camino y llego al mismo sitio, sin moverme. Lispector: “Este es el lugar donde el espacio más se parece al tiempo”. Sí, si un segundo y un minuto son siempre idénticos a otro minuto y a otro segundo, aquí el espacio es siempre idéntico a sí mismo. Dos visionarios racionalistas, Costa y Niemeyer, construyeron una ciudad racional. Esa ciudad produce un hombre que delira.

 

Héctor Abad Faciolince 

Comentarios (7)

Carlos Bolívar Díaz
24 de abril, 2012

Por motivos de trabajo tuve la posibilidad de visitar Brasilia durante 10 días y lo que dice el autor del artículo es cierto, no es una ciudad para caminar. El asunto es que una noche, hastiados del hotel y del Centro Comercial que teníamos como única alternativa de distracción y en contra de la opinión del gerente quién nos advirtió que nos iban a atracar, nos fuimos a caminar por la Explanada dos Ministerios con la confianza del que anda en grupo pues éramos seis personas. La ciudad estaba desolada, no se veía ni un alma, excepto por los taxis no había transporte público a esa hora, estábamos a punto de abandonar nuestro paseo cuando vimos a un grupo de personas comiendo y bebiendo en un descampado, nos pareció extraño, parecía mas bien una reunión de funcionarios públicos o de alguna empresa privada pues todos estaban vestidos como si acabaran de salir del trabajo, decidimos acercarnos para ver de que se trataba, nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos al grupo sentado en banquitos de plástico bajo un techo fabricado de plástico negro como el que usan los garimpeiros, allí comían pinchos de carne y pollo acompañados con arroz y farofa (harina gruesa de yuca con que los brasileros acompañan muchas comidas, entre ellas el plato nacional: la feijoada), todo esto rociado con cerveza, “a melhor caipirosa do mundo” y servidos por dos parejas que sacaban los condumios y bebidas de unas camionetas de esas que llamamos “rancheras”, todo a la vista de un montón de trasvestis pues el lugar queda en la calle en donde se venden descaradamente y de la policía local, que imagino cobra su mascada para mirar para otro lado (creo que para los edificios gubernamentales pues para donde estaban los travestis tampoco miraban), preguntamos si podíamos comer y beber y nos miraron como bichos raros al comienzo, pero al enterarse de que éramos extranjeros nos recibieron con los brazos abiertos, resulta que estas parejas montan todas las noches ese negocio, a todas luces ilegal, para felicidad de las personas que trabajan en Brasilia y de los extranjeros que, como nosotros, tengan la dicha de encontrárselo. Todas las noches terminábamos nuestra jornada allí pues la comida es sabrosa y bastante barata en comparación con los precios de Brasilia, entonces una noche conocimos a un brasilero que había vivido tres años en México y hablaba muy bien el español, le preguntamos por el sitio en donde vive la gente que trabaja en la ciudad y nos llevó a Sobradinho, una pequeña y bonita ciudad satélite verdaderamente humana y en donde pudimos disfrutar del ser brasileño. Demás está decirles que nos hicimos muy amigos del dueño del negocio quien trabajaba con su mujer, su hija y su yerno, nos despedimos con mucha tristeza y, gracias a ellos y al amigo “mexicano”, todavía tenemos mucha saudade de Brasilia. Narro esta anécdota por que me parece que aunque Brasilia sea una ciudad aparentemente sin alma, los brasileños se han encargado de humanizarla a su manera, de habitarla mas allá de lo que planificaron sus creadores y la están convirtiendo, gracias a Dios, en una ciudad “normal”. Gracias por su atención, saludos

Estruco Grey
24 de abril, 2012

El sueño de la razón hecho realidad produce harina precocida para arepa de lo contrario estaríamos pilando maíz o peor aun importando waffles para desayunar todos los días en Venezuela.

Cleuber
26 de abril, 2012

“Brasilia é uma prisão a céu aberto” dijo Clarice Lispector.

carol
9 de mayo, 2012

Brasília no está hecha para caminar, ahí está el error más grande de los que la soñaron. Pero sí que es una ciudad humana. Tiene alma y tiene su gente, tiene su hombre y su mujer – Lispector conoció la Brasília de anteayer. Su hombre y su mujer la aman y toman caipirinha en sus bares, que son muchos, se sientan a leer en sus cafés, que también son muchos, y buscan abrigo del sol inclemente de la sequía bajo sus árboles (que no son frondosos por que así es el cerrado – Brasil no es sinónimo de Amazónia) y cerca del lago – que sí, es un grande acierto de los que la soñaron. Por eso te pregunto: Quién te llevó a conocer Brasília? Quien no te llevó a beber en Beirute, a comer en los cachorros-quentes en las calles, a admirar el fin de tarde en el lago, a caminar por la universidad y por el muelle en fin de Asa Norte? La Brasília que conociste no es la Brasília donde nasci, vivi y que ahora, hecho de menos.

La descripción de la Esplanada, sin embargo, está genial.

GGD
10 de mayo, 2012

Brasília fue construida y diseñada por el hombre, es natural que tenga sus errores. Realmente, no hay por donde caminar alrededor de las autopistas, lo que, por seguridad, es bastante lógico. En las autopistas de las alas (Eixão, eixo L, eixo W) hay pasadizos subterráneos para que la gente cruce con seguridad. En los domingos y feriados el Eixão es cerrado para que las personas puedan utilizarlo de la mejor manera possible: haciendo deportes. Las personas van para caminar, patinar, andar de bici, tomar sol, etc. En las alas que es “donde la gente come, duerme, copula, enferma y muere” se ve a las personas haciendo caminadas matinales, paseando al perro o simplemente leyendo el periódico en uno de los jardines enfrente de los edificios de las cuadras residenciales. No hay arboles frondosos ni grandes porque el clima seco y el suelo ácido de la region no lo permite. Los bares, restaurantes y cafés se encuentran donde la gente vive, o sea, en las alas. En la explanada central no hay bares porque es alli donde la gente trabaja, pero dentro de cada ministério hay restaurantes e cafeterias. Brasilia tiene hombres y mujeres. Hombres y mujeres de todas las regiones y estados del Brasil. Brasília fue construida en el centro del país para integrar las regiones y ese objetivo fue alcanzado. Brasilia es la mezcla de los pueblos de cada estado brasileño, de estos que vinieron a construir la capital 52 años atrás o de los que vinieron para buscar una oportunidad de vida mejor. Brasília es el alma del brasileño. Brasilia es el alma de un Brasil que crece.

Gabriel
10 de mayo, 2012

Se alguém não consegue ver a humanidade que o povo brasileiro trouxe de todos os cantos do país para esta cinza cidade é porque nela falta humanidade. O brasiliense (e os brasilienses de coração que vieram de outros estados) coloriu nossa cidade e deu vida a ela. Se acha que a Esplanada parece gigante e as pessoas, formigas, deveria vê-la lotada por manifestantes ou festeiros em datas comemorativas – a cidade continua imensa, mas o brasiliense parece maior. Brasília é feita da macaxeira nordestina, do tacacá nortista, do chimarrão do sul, do feijão carioca e do pequi goiano. É uma cidade “ixperta”, de “mainhas” e “painhos”, dos “manos”, de todos. É fato que aqui não se caminha, mas passe pelas ruas a noite e verá que estamos todos festejando, tomando cerveja brasileira e caipirinha, alegres. Essa de que Brasília não tem restaurantes e não tem bares é absurda; que Brasília você conheceu. E só quem já sentou a beira do laguinho no Parque da Cidade sabe que a sombra é abundante e que é sim um lugar de sossego – e não mal-estar, como sugere o autor.

Olabitz
15 de enero, 2014

Vivo en Brasilia desde hace tres años. Llegué aqui desde otra capital latinoamericana. Abad Faciolince ha capturado muy bien la esencia de Brasilia. O mejor dicho, su no esencia.

Una ciudad, como producto humano, nace, se desarrolla. Interactua. Toma forma. Un primer poblamiento, sencillo, se aloja a la vera de un rio, en un valle fertil, en un cruce de caminos. Su trascurrir le da forma. Su geografía juega con su crecimiento. Las zonas de colinas, naturalmente, suelen recoger barrios bohemios, cuajados de sabor. Las nuevas extensiones, los ensanches burgueses. Las periferias obreras, los barrios universitarios. Todo, con sus contradicciones y tensiones va dando forma, lugar, espíritu, identidad a esa ciudad. Brasilia es lo opuesto. Brasilia, decidida, no creada. Brasilia, a la escala del ego de una nacion. Brasilia, planeada. Brasilia, totalitaria, donde en la mente de sus creadores -Kubichek, Costa, Niemayer- hasta pensaron donde los brasilenses debian dormir, donde reir, donde trabajar, donde comprar, donde rezar.

El espiritu del hombre es, pese a todo, libre. El corse de Brasilia oprime. Y niega la libertad. Pero aun asi, nuestra libertad, como la naturaleza, encuentra su camino. Como la hiedra que es cortada, pero encuetra nuevos espacios. Asi Brasilia, pesa a ella misma, ha generado, al fin, sus zonas de ocio, sus zonas de deporte. Con mucho esfuerzo, y muy imperfectamente. Como si la identidad fuera una lucha en Brasilia.

Brasilia es un experitmento real. Ciudad a escala de los anhelos de una gran nacion, o mejor dicho, una nacion que es grande, pero que arrastra aun pobreza y sub-desarrollo: sus avenidas “monumentales”, pero al lado el puesto de ‘lanchonete’, pobre y misero. Contrastes entre los cheques que la voluntad y el ego emiten, y la realidad puede pagar.

Brasilia siglo XXI. Accediendo a la modernidad. Mientras allá en el norte, los desarrollados vuelven -postmodernidad- Brasilia, como quien llega tarde a una cita, se apura. Rascacielos sin gracia, restaurantes pretenciosos de cadenas paulistas, llenos de ostentación y faltos de sabor. Relojes dorados y shoppings, con muchos BMWs blancos. Brasilia quiere ser Miami, y no mirarse en el Nordeste y Norte, que tanto la alimenta. Brasilia tan pobre y paleta. Brasilia sin corazón. Y sin embargo, y pese a todo, Brasilia.

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