Artes

Redenciones, por Oscar Marcano

Leído por el autor en su conferencia inaugural del IX Encuentro de Investigadores de la Literatura Venezolana, organizado por el Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres de la Universidad de Los Andes. El encuentro tuvo como tema central las lecturas que cambiaron vidas (2010)

Por Oscar Marcano | 23 de Abril, 2012
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“Tendido en la arena, Leiziaga se olvida del petróleo, de los tesoros sepultados en Cubagua, de su misma vida anterior, y observa el jeroglífico que los cardones van trazando”.

Cubagua,VII, E. B. Núñez

Vengo de una generación (y cuando digo generación lo hago para no cargar solo con la culpa) que con más saña que argumentos ejerció el placer blasfemo de despotricar de la tediosa y anticuada narrativa venezolana del castellano y literatura del bachillerato, a la que juzgábamos tan ajena, descastada y sin areté, que no podía plantarse a un lado de la literatura argentina, por ejemplo, y producir ni de lejos algo del tamaño de un Borges o un Cortázar, nuestro coco tradicional a la hora de comparar infantilmente.

Vengo de una generación muy esnob, atrapada entre la Nouvelle Vague y los hermanos Cohen. Una generación que en los años ochenta miraba, por ejemplo, El año pasado en Marienbad, la celebérrima película de Alain Resnais, de 1961, escrita por Robbe-Grillet, sin entender una sola toma, sin asimilar una sola secuencia, y sin el valor para pronunciar el más venial juicio crítico sobre ella. Entonces, como para no quedarse fuera, reproducía las alabanzas, cumplidos y panegíricos que escuchaba. Recuerdo aquel mantra devorador: “El año pasado en Marienbad es un juego fascinante a través del tiempo y la memoria”. Esta pamplina, repetida una y mil veces, terminaba siendo una suerte de verdad universal para aquellos que chamuscaban sus sinapsis disertando si había ocurrido algo entre la pareja el año pasado o aquello resultó ser una fantasía, cuando en el fondo, a todos nos sabía a rábano si había ocurrido o no algo el año pasado en Marienbad. No obstante, si lo que nos ponían por delante eran nuestros propios soporíferos, entonces no dejábamos títere con cabeza y practicábamos tiro con toda la impunidad y ligereza de que éramos capaces.

Hoy, liberado de los controles corticales, puedo confesar que me choca la petulancia y vacuidad de éste y muchos otros filmes engreídos, a los que secularmente se le atribuyen bondades que no les encuentro y que no terminan siendo para mí más que emperadores desnudos que discurren en las carteleras de los clásicos.

¿Por qué solíamos ser tan avaros con nuestros entuertos y tan indulgentes con los ajenos? ¿Por qué éramos tan dados a hacer morcilla con nuestra propia sangre y tan regalados con lo que cualquier oficiante o emisario cándidamente informado pontificaba sobre los portentos de las vanguardias que nos estábamos perdiendo por vivir en el extrarradio capitalista? Me temo que por ese temor parroquial que tenemos los venezolanos a quedarnos descolocados. Sospecho que por esa candorosa aprensión que nos muele por dentro al no estar ahí, donde se bate lo nuevo, donde se fijan las pautas, donde se valida aquello que ha de ser moda.

De huevos y larvas

Yo nací a la lectura en un ambiente coacervado. Coacervada la razón, coacervados los afectos. Por razones que siempre deploré, no viví un tiempo con mis padres. Lo hice con unos tíos. Y a los siete años, mi viejo me llevó, al visitarme, mi primer libro. La única novela de Edgar Allan Poe: Las aventuras de Arturo Gordon Pym. Algún retardatario le previno: “Ése no es un autor para su edad”. Y mi padre lo cuereó con una de esas respuestas que hacen del progenitor un héroe: “Al contrario. Ésta es la edad. Aún no tiene moral. Tu moral”.

Y me leí fascinado aquella saga en la que, como se recordará, Arturo se embarca de polizón junto a un amigo en el ballenero Grampus, y tras muchas adversidades (motines, naufragios, escaramuzas), se interna en el Antártico para concluir sus días en una suerte de catarata mística que supone más un coitus interruptus que un desenlace bien avenido. Entonces no lo registré, pero ahora lo repaso y no me cuadra el final. Parece el comienzo de otro libro. Y ha de entenderse. Era una novela por entregas. Y en esa modalidad, se supone que cada fragmento concluido debe dar paso a un nuevo trasunto.

Lo que sí me impactó, recuerdo, fue el canibalismo y la manera en que el marinero Parker despachaba, de una puñalada en la espalda, al compañero de infortunio que se iban a comer, luego de echarlo a suertes. Ése fue mi bautizo, mi primera redención.

A Poe lo siguieron no los cuentos de Poe, como correspondía, sino un texto plañidero de Sofía Fiódorovna Rostopchina, (alias) la condesa de Ségur: La posada del Ángel de la Guarda, una nouvelle llorosa y afligida como sólo puede concebirla un ruso, la cual me llevó a las puertas de la autoconmiseración. Trataba de las desventuras de dos hermanitos huérfanos. Y yo, al vivir lejos de mis padres, me sentía de esa forma.

Inmediatamente después tuve acceso a otras narraciones accidentales que entiendo fueron acrisolando una visión de apego por el valor de la historia y los personajes, y me abrieron los ojos ante elementos tales como la sorpresa, la gracia, el humor. Eso que, bien empleado, Adriano llamaba “el sobresalto de la realidad”. Autores como Nathaniel Hawthorne, cuyos cuentos de contenido siniestro leí con devoción, adentrándome, a veces en su aproximación a lo fantástico, a veces en su romanticismo. A él lo menciono en un pequeño ensayo sobre la tríada de relatos que considero los más enigmáticos de la literatura norteamericana. El suyo es Wakefield. Los otros dos son el Bartleby de Melville y el Flitcraft de Dashiel Hammet, que aparece como losa suelta, de fragmentarismo independiente, acaso para romper el contrato mimético, en esa extraordinaria novela llamada El halcón maltés.

A Hawthorne le siguió William Sidney Porter, mejor conocido como O.Henry, el rey de los finales, y uno de mis cuentistas angulares. Con él advertí, al paso del tiempo, el mandato de la estructuración de la historia, del rompecabezas armado con ingenio.

Descubrí, además, al narrador que escribe para comer. O.Henry, reconocido pelabolas, huyó con la hija de una familia adinerada, se casó con ella y trabajó en varias actividades hasta que en 1891 consiguió el puesto de cajero del First National Bank en Austin, Texas. En 1895 fue acusado de meter la mano en la caja y de embolsillarse una buena suma de dinero. Pasta larga, dirían los españoles. Antes del juicio, O.Henry huyó como el Joe de Hendrix, way down to Mexico, pero terminó en Honduras. Al año se entera de que su mujer está agonizando. Vuelve para estar con ella y logra acompañarla hasta su deceso. Infortunadamente lo atrapan, lo procesan por desfalco y es condenado a cinco años, de los cuales paga tres, beneficiado por su buena conducta. En la cárcel retoma la tarea del relato corto que había iniciado antes de conocer a su amada. Escribe y vende cuentos a diversas revistas, como único medio de mantener a su hija. En 1932 Pavese escribió un bello artículo sobre él. Lo tituló: O.Henry, o sobre el truco literario, del cual rescato este párrafo: “Hasta ahora, este original narrador ha sido bastante maltratado por nuestras revistas ilustradas, que de vez en cuando, escasas de novedades, terminan por echar mano de sus mil y una noches y extraen de ella, traduciendo a mocosuena, recortando y añadiendo, desconcertantes páginas casi anónimas, que así y todo introducen un poco de brío entre las cansadas lucubraciones de nuestra narrativa”.

Conste que esas lecturas de la infancia y la adolescencia, que incluyen a Washington Irving y a Hemingway (ambos con cuentos en antologías de Penguin books, la editorial inglesa que se había propuesto editar literatura al precio de una cajetilla de cigarrillos) no eran dirigidas. Es decir, mi casa era una casa de las más comunes, de clase media baja, donde se compraba libros, pero raramente se leían. Mi padre estaba con sus aviones, pues trabajaba para una línea aérea, y mi madre cumplía labores secretariales en la misma empresa. Esos volúmenes estaban por ahí, en traducciones de medio pelo, yaciendo en vitrinas mohosas y poco revisadas de la casa, acumulando polvo. Yo simplemente los cogía, los abría, a veces me enganchaba, a veces no.

Lo amargo de la tierra

En el bachillerato llegó el encuentro con una literatura nativa que no decía mucho a un joven que, por efecto y por defecto del petróleo, desconocía la Venezuela de esas obras. Una Venezuela que había transcurrido casi un siglo en las escabechinas de una larga guerra civil que se inició con la de Independencia y que acumuló treinta y nueve sublevaciones armadas hasta el triunfo de Cipriano Castro.

Manuel Díaz Rodríguez, Urbaneja Achelpohl y José Rafael Pocaterra eran incompatibles con esos muchachos que queríamos ser Ginger Baker o Neil Young. No se salvaban el maestro Gallegos, autor de una obra colosal, ni Teresa de la Parra ni Enrique Bernardo Núñez. Sencillamente no había cómo. Empatía cero. Ni siquiera con novelas forjadas en la Venezuela petrolera, obligadas en los programas. Allí, estimo, surgió el desencuentro. Uno buscaba identificación, y en la era de Pink Floyd era contra natura conciliar con el criollismo de En este país o de Peonía, por ejemplo. Y vino la secesión. Un rechazo duro, que entrañó mucho agravio, mucha palabrota y que comenzó a ceder con Adriano, Salvador, Renato Rodríguez y Pancho Massiani, voces muy queridas, que nos fueron devolviendo paulatinamente la contemporaneidad.

Aunque había sorpresas. Puestos a ver, la violencia bovecista de Las lanzas coloradas no está muy lejos de la de Quentin Tarantino. Aunque el verboso doctor Úslar no sea santo de mi devoción.

Entonces llegaron los desvelos. La poesía, la bohemia, la noche. A Rimbaud, Lautréamont y Baudelaire los acompañó el primer nativo: José Antonio Ramos Sucre. Habíamos experimentado una mutación. Una mutación aprovisionada por los artistas y escritores de la República de Este. Recuerdo que nos escapábamos de la universidad juntando el poco efectivo de que disponíamos para tomar unas cervezas en el Camilo´s, Il vecchio mulino, el Franco o La bajada, en cualquiera de los bares en que oficiaban nuestros dioses, porque eso eran para nosotros aquellos hombres: dioses amanecidos que bebían y volvían del baño con las braguetas chorreadas de orina, decían primores y lo sabían todo de memoria, para reinar entre copas y estrofas y bellas mujeres. Y cuando decían un poema y lograban comunión, lloraban como niños y brindaban, y nosotros conmovidos perdíamos el temor de que nos sacaran de los sitios porque éramos menores de edad, y alzábamos nuestras cervezas calientes desde un rincón de la barra para celebrar sus performances. Orlando el furioso, Caupolicán presidente, Adriano el memorioso, el del verbo perfecto, el chino Valera, Ludovico, el ángel enfermo. Esos fueron nuestros padres. Y cuando tienes padres así dejas de ser parricida. También así fue Venezuela y no me canso de verbalizarlo. Porque tenía alma, talento, formación y belleza, y aunque no era París y en las mesas no veíamos a Soutine ni a Modigliani, ni a Fujita ni a Kiki de Montparnasse, de alguna manera estaban, porque aquellos hombres que tragaban mares espirituosos, nos los evocaban con sus cuentos, porque sabían todas las historias, todas las verdades, todas las ficciones.

Una tarde, bostezando en Montalbán, un gran maestro, Ítalo Tedesco -a quien nunca dejaré de bendecir-, después de Berceo y del Arcipreste, de los Nibelungos y el Mio Cid, me regaló los Goliardos. Y pasé meses estacionado en la alta edad media cotejando traducciones del Archipoeta, tarareando el Carmina Burana, y gritándole a las adolescentes que iban al estacionamiento o al cafetín:

Como todos los jóvenes me voy por el ancho camino
Me enredo en los vicios olvidándome de la virtud
Busco el placer más que la salvación y,
Como el alma ya está perdida,
Sólo me preocupo de mi cuerpo.
¿Quién no arde dentro el fuego?
¿Quién puede ser casto viviendo en Pavia
Donde Venus anda a la caza de jóvenes,
enredándolos con su mirada y con su bello rostro?

Enloquecido con aquellos monjes paganos que escribían en latín, me dio por acuñar un ensayo para entregárselo a Tedesco, donde formulaba la urgencia de añadir al Mester de Juglaría y al de Clerecía, un Mester de Goliardía que hiciese justicia a los mejores poetas de entonces.

La timidez me impidió entregárselo.

El salto a la narrativa lo dí en un taller de poesía. Fue en el año 83 en la vieja casa de Altamira donde funcionaba el Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallegos. El primero que dictaba Rafael Cadenas. La historia la he referido ya muchas veces. Yo tenía compuesto un librito de versos e iba tan campante camino de ningún lado, cuando a Rafael se le ocurre una tarde invitar nada menos que a Eugenio Montejo. El poeta leyó sus textos y con su voz de cisne se enzarzó en una conversación con los talleristas. El corazón de árbol del buen Eugenio nos regaló la paz de la belleza. Confieso que no abrí la boca durante toda la tarde, pero a las cinco ya estaba seguro: ni era ni podía ser poeta. Los poetas son otra cosa. Los verdaderos poetas, como los músicos, no provienen de este mundo. Caen de la estrella Sirio, la estrella gemela, o vienen de la Atlántida. Viven el misterio que cantan e inauguran estuarios con la palabra. No es un problema de imágenes o de metáforas, créanme. Y yo no tenía ese tenor, esa factura. Mi reino era más prosaico, más mundano. No iba yo a engrosar la lista de falsarios y deserté.

Sumido en una honda tristeza, accedí a la publicación de mis versitos, a sabiendas de que sería mi único libro en el género. Después me sobrevino el Nigredo. La noche oscura del alma. Sabía que mi destino estaba atado al garabateo de algo. El problema era de qué. De modo que tizné papeles. Rayé y borroneé, y a los diez años tuve un breviario de textos, larvas que parecían relatos y que llevaban aún en el lenguaje, el fardo de lo que no había podido ser.

Hasta que cayó en mis manos un libro. El tomito de un niño viejo que había aterrizado de barriga y tarde en la narrativa. Un texto que daba cuenta de los incidentes de un homeless de la literatura, un nativo de Brooklyn que encontró en el París de 1930 la libertad, el pundonor y la energía para construir una obra vigorosa, orgánica, desestructurada y vital.

Días tranquilos en Clichy me salvó la vida. Me mostró la libertad. Se constituyó en la chispa de un fuego que creía extinto. Su desparpajo me aleló. Luego me curó. Imaginen a un sujeto cuyo dolor es su alegría. Alguien que confiesa no tener caudales, ni posibilidades, ni esperanzas, y asegura ser el hombre más feliz. Imagínenlo llegar a casa muerto de hambre, sin nada qué comer, revisar la basura, conseguir un mendrugo de pan seco, ir al baño a defecar y, en un trato despojado con la creación, limpiarse con el trozo de pan para después ingerirlo.

Ése fue mi portal. Después vinieron los Trópicos, Sexus, Nexus, Plexus, toda su obra narrativa, ensayística, luego sus cartas, y finalmente sus espantosas acuarelas.

Prendado de un autor que, más que autor era una personalidad literaria, un profeta perturbado y altruista, me fui a París con un solo objetivo: visitar y fotografiar cada uno de los sitios donde desparramó sus nalgas el gran Henry Miller. Cafés, hoteles, estancos, cementerios, paseos, sus dos estudios: el del número 4 de la rue Anatole France que compartió con Fred Perlès, el autor de Round Trip y Sentimientos Limítrofes en el barrio de Clichy, donde conoció a Blaise Cendrars y a Celine y escribió Trópico de Cáncer, y el del número 18 de la Villa Seurat en el Catorce donde, mantenido por Anaïs Nin, fue vecino de Chagall, Chaim Soutine y Salvador Dalí.

¿Qué pasa con Miller?, me preguntaban ansiosos mis amigos allá. ¿Por qué la obsesión? Por qué no lo sé, explicaba. Acaso porque me entraña una forma honesta y desbocada de emprender la vida. Acaso porque tiene la inesperada destreza de iluminar cuanto tropieza: un campanario, un niño caído, el llanto de una meretriz. Miller entusiasma lo mismo hablándote del Verrocchio que dictándote una dirección.

De modo que visité y fotografié todos sus templos parisinos. Navegué como un bongo no en el Arauca sino en su obra, al punto que en 1991, en la celebración de su centenario, a instancias de Joaquín López Mujica, di una farragosa charla en el Celarg sobre sus libros, acompañado de los que le conocieron y fueron sus amigos en Venezuela: Daniel González y Andrés Boulton. Allí se exhibieron las dichosas fotos de mis locaciones millereanas ampliadas a tamaños descomunales.

(Por cierto, jamás me las devolvieron).

En esa estampida, tratando de atar cabos y reflexionando sobre lo que iba a ser de mí y de mis futuros intentos volví intempestivamente a mis primeras lecturas. Un gringo, libre y desenfrenado como el dios Pan, me daba la clave: vuelve a tus norteamericanos. Y retomé a O.Henry. A Hawthorne. A Irwing. A Hemingway. A Poe.

Y comprendí.

De allí enfilé a mansalva al encuentro de ese largo río que se nutre de Inglaterra pero también de los rusos. Que bebe alternativamente de Dostoievski y de Chejov. Y comprendí el pragmatismo. La necesidad implícita de generar resultados aquí y ahora, sin aguardar el más allá. Admiré la sencillez, la huida de la pomposidad, de la verborragia y de esa concepción del lenguaje como castigo y expiación que viene del catolicismo y que se aposentó en el castellano. Supe que su eficacia correspondía al acoplamiento casi intuitivo con un patrón: el de la estructura del drama clásico, presente en casi todos sus autores. Casualmente no en Miller, porque su obra es un galimatías, un exordio exaltado y con las vísceras al aire, al hombre y a los dioses.

Entendí que por su eficacia, la norteamericana es una forma que llega y que determina, en términos globales -para bien o para mal- la actual forma de comunicarnos. Y ha propiciado en algunos, del boom para acá, un mejor encuentro con nosotros mismos, con nuestra americanidad del sur y con nuestra venezolanidad, conscientes de que habitamos en los suburbios de occidente, pero que concurrimos de un modo equitativo y con arrojo equivalente a la contemporaneidad. Nuestra contemporaneidad. Es por esta vía que me entronco con el pasado. De modo que el regreso a la tierra, a la tradición, al mainstream, se llevó a efecto de un modo natural. No aterricé de emergencia ni tuve que desalojar inquilinos para hacerle sitio. El encuentro con Fermín Toro, Calcaño y Romerogarcía, resultó casi una velada familiar. La de parientes lejanos que no tienen recuerdos comunes, pero que saben que algo sagrado los enlaza, por encima de sus cabezas. Llegué a Idolos rotos, La casa de los Abila, Ifigenia, tomado de la mano de la historia y de los personajes. Y descubrí que rasgos tales como “el desacato, la hipérbole, la relativización carnavalesca, el gesto irónico, la atención a los ámbitos privados, el intertexto, y la metaficcionalidad”, de los que habla Carlos Pacheco en su brillante trabajo sobre Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez(1) y que de un modo inexplicable llevo conmigo, se los debo a ese olor a café negro y a tarde venezolana que, de no ser por mis gringos, no me hubiese percatado.

******

(1) Carlos Pacheco Cubagua: el ojo de la ficción penetra la historia.

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (18)

Luis Yslas
28 de Septiembre, 2010

Un hermoso texto éste de Oscar, que nos revela con emocionada inteligencia que su oficio narrativo proviene de largas, fecundas y agradecidas horas de vuelo lector. Bienvenidas estas redenciones de la literatura.

Francia Casique
28 de Septiembre, 2010

Maravilloso, después de leerlo, provoca correr a…leer.

jose antoniogonzalez
28 de Septiembre, 2010

Excelente confesion de la vivencia diaria,en el quehacer de la vida.Es un calendario,hoja a hoja en el labioroso,deber ser de obrero de la palabra.Felicitaciones Maestro…………

Armando Coll
28 de Septiembre, 2010

Oscar:

Tiene tanta sustancia esta confesión tuya (y soy de los que puede compartir la culpa generacional con todo merecimiento) que voy a ir entregando mis comentarios por parte: Primero a lo primero: ¡El año pasado en Marienbad! Tú como yo, la vimos en alguna copia llena de teipe de la Cinemateca, muriéndonos de calor, con unas ganas irresistibles de levantarnos de aquellas butacas estilo “sea breve” y salir corriendo, pero con el deber de verla hasta el final y hacerse la ilusión de que la entendimos. En relación a esa película siempre recuerdo una anécdota de mi madre: la fue a ver con mi abuelo. A la salida mamá le preguntó a mi abuelo “¿Qué te pareció?” A lo que mi abuelo respondió: “Me quedé en Marienbabia”.

(continuará)

Armando Coll
28 de Septiembre, 2010

Es esta la tag line que IMDB prodiga a El año pasado… “The point of this film is that the leading character and the audience are experiencing the feeling of deja vu throughout. The plot itself is not really important”.

O sea, nada.

Coincido con Oscar en haber sido discípulo de Tedesco, que me enseñó a leer con más deleite que rigor, pese a ser él tan riguroso.

carlia
28 de Septiembre, 2010

Gracias Oscar por hacernos complices de tu historia.

Moises P. Ramirez
29 de Septiembre, 2010

Gracias Oscar por este “forward to the past” en el que tu travesía me indica que no soy el único que se ha relacionado con la literatura y la poesía de una manera que parece desordenada, pero que resulta de una rara sucesión de impulsos que vistos en secuencia como que cobran sentido, un sentido que no sabría explicarte pero que así como Lautreamont refería a aquel encuentro de un paraguas y una máquina de escribir sobre una mesa de planchar (por cierto hace una semana me encontré en el último sótano del estacionamiento del Eurobuilding una mesa de planchar e imaginariamente le coloqué encima las imágenes de un paraguas y una máquina de escribir en un rápido e improvisado homenaje al maestro Isidore Ducasse), en mi caso también he visto generacionalmente a formas tan aparentemente distantes (intelectualmente) como el surrealismo y el pragmatismo sobre una imaginaria mesa. En un viaje a Paris recorrí muy joven calles buscando estar en sitios en los que Andre Breton estuvo, sentado con Nadja o simplemente discutiendo con su patota de artistas irreverentes. Desde lejanos territorios del ensayo, o como los gringos le dicen, del non-fiction, he topado con referencias al pragmatismo clásico y desde allí he terminado recorriendo temas filosóficos, linguísticos, estéticos, políticos o literarios, como metiendo la cuchara en una cacerola con comida vaquera que en plena noche estrellada, en la intemperie de una planicie de Arizona, se me hace el platillo más delicioso que no cambiaría por los de un académico menú, en un estructurado restaurante de saberes universitarios.

Digiletras
29 de Septiembre, 2010

¡Qué texto tan sabroso! Lo estamos disfrutando que ni te imaginas. Conmovedor en verdad. Gracias mil, Oscar, un fraterno abrazo, te invitamos cordialmente a nuestro blog, Abraliteradura.¡Salud!

Héctor Torres
30 de Septiembre, 2010

Grato recorrido a través de los accidentes que cimentaron tus certezas estilísticas, Oscar. Gracias por compartirlo. Esa reconciliación con la literatura venezolana, que autores como los mencionados (a los cuales, en lo particular, incluiría a Liendo) facilitaron y que las actuales generaciones asimilan con orgullo (en parte debido al ejemplo recibido) nos ha hecho muy bien a todos; lectores, autores, críticos. Entendernos parte de un correaje que siempre va dejando cosas valiosas a los que vienen detrás. Es una de tus prédicas más frecuentes, por cierto. Además de eso, qu ya es vital, concido en celebrar los hallazgos de la literatura norteamericana a la hora de contar con efectividad. Estos recuentos siempre valen la pena. Sería ineresante leerlo de otros autores.

Douglas Gómez Barrueta
30 de Septiembre, 2010

Generoso sin indulgencias con sus lecturas y vivencias. Una invitación a leer a otros autores para acercarnos,conocer y asumir a los nuestros. Sin falsos parricidios, ni irreverencias de supermercado. Asumiendo también la ciudad que escribieron Adriano González León, Orlando Araujo, Caupolicán Ovalles, El “Chino” Valera Mora, Ludovico Silva y Eugenio Montejo en sus libros y también en sus andanzas. Reconociendo la labor de Ítalo Tedesco, con su memoria rigurosa e infalible, dispuesta siempre a dar un nocaut. Este texto invita a redimirnos de la falsa vanguardia, la retaguardia y de cualquier guardia, sobre todo la nacional. Gracias Don Oscar.

Mariahé Pabón
30 de Septiembre, 2010

Oscar: Has escrito :El corazón de árbol del buen Eugenio nos regaló la paz de la belleza. Confieso que no abrí la boca durante toda la tarde, pero a las cinco ya estaba seguro: ni era ni podía ser poeta. Los poetas son otra cosa. Los verdaderos poetas, como los músicos, no provienen de este mundo. Caen de la estrella Sirio, la estrella gemela, o vienen de la Atlántida. Viven el misterio que cantan e inauguran estuarios con la palabra”. Parecido, pero en lenguaje terrenal, se lo dije en un Taller de Poesía a mi admirado Armando Rojas Guardia. Me encantó leerte porque durante años fui una enamorada de Miller y un día,un familiar me llevó a conocer lo que fue su casa en Brooklyn, ocupada ahora por un dentista. Ahí en esa casa la madre de Henry le quemó sus libros. Los cuentos de O.Henry me los aprendí de memoria, especialmente dos: aquel del menú escrito a mano , con el que pretendía un enamorado encontrar a su novia en NY y el de “Un regalo de reyes “entre una pareja, Jim y Delia.Ella vendió su larga cabellera para comprarle a su amado una cadena destinada a su reloj de leontina y él vendió su reloj para obsequiarle a ella una peineta para adorno de sus trenzas.Después me atrapó Kafka y ahora mismo leo El Silencio de las sirenas con algunos de sus escritos póstumos. Me marcó una película. ” Padre Padrone”. En fin que no es mi historia, sino la suya que he leído con deleite disfrutando de cada palabra. Gracias por ese regalo bonito.

Asdrúbal Álvarez
1 de Octubre, 2010

Quisiera tener la memoria lectora de Oscar Marcano. Se que los libros han influido en mi, pero no se exactamente cuales ni en que medida. Gran texto.

Alejandro Sebastiani Verlezza
3 de Octubre, 2010

Un escritor. A secas. Grande. Punto.

Rubén Machaen
4 de Octubre, 2010

“Vengo de una generación que…”, frase que, a pesar de mi corta edad, estoy seguro que todos llegamos a decir en algún momento. La memoria y el recuerdo son tus aliados y decantar cuáles han sido tus grandes influencias y diatribas generacionales entre Pink Floyd y lo nuestro, lo de aquí, es, además de una tarea loable, una confesión. Este texto invita a dejar caer las máscaras o ponernos muchas máscaras en público y frente al espejo. Grande. Un abrazo.

ATAMAICA MAGO
7 de Noviembre, 2010

Es increible que la gran mayoría de nosotros como escritores y lectores procedamos de una generación que guardaba un exacerbado respeto por lo foráneo y sólo bombas peyorativas hacia lo nuestro cuando, en realidad, cruzando la mar de lecturas que es toda experiencia literaria, nos damos cuenta que “desde afuera” en ese aparente destierro, enfadados, huraños al “Castellano y Literatura” por ser parturienta de textos fragmentados y formulaciones cuestionarias, desde esa comunión reveladora con otros autores, nos fuimos reconciliando con nuestras víctimas literarias, las que asesinamos a sangre fría a través de nuestras renuencias y falacias intertextuales consecuencia de esa terrible necesidad imitativa, de calcomanía, por pertenecer a algo, sentir el boom erudito y el champage de las letras rodeados de celebridades, pomposidades y espejismos construidos muchas veces de publicidades falsas, vanas y de exageradas pleitesías. Yo vengo de una generación tomada de la mano de mi inquieta personalidad y no delpatrimonio a leer. Sí, también crecí en un ambiente coacervado que dio vida, frutos narrativos valiosísimos que no merecen una comparación discriminatoria, despotricada, con la finalidad de afamar otras pretensiones. Ahora lo entiendo así. Volver al concilio desinhibido con la Literatura Venezolana -la pretérita y contemporánea- es una recompensa infinita, más aún cuando mi vía de expiación fue y sigue siendo la lectura extranjera quien ha tendido un puente de comunicación con lo autóctono, con esa herencia que ahora se transforma, sin visiones ni sentencias cluecas. Habitamos este Continente, este territorio, pero concurrimos en el mundo que es arte, manifestación, ironía, carisma, hipérbole, crisis pero también poesía. Por algo seguimos escribiendo y leyendo en imágenes lo que nos brinda las historias de sus protagonistas… Gracias Oscar por estas redenciones que me liberan de una gran culpa que antes obviaba por temor a sentirla.

María Eugenia
19 de Marzo, 2011

disfruté mucho leyendo a Oscar aunque no comparto sus gustos ni sus disgustos

Leopoldo Tablante
24 de Abril, 2012

Y sin embargo, a mí Alain Resnais, con sus atmósferas inexplicables y engoladas, a lo Marienbad, me sigue pareciendo un cineasta genial.

Savi Vila
26 de Abril, 2012

“Cuando la tarde languidece renacen las sombras…” Llegué a la literatura venezolana cuando comprendí la exactitud de esta porción de una estrofa de una canción muy común que cantaba, Alicia, la mujer que trabajaba en la casa. Previo a este descubrimiento, me negaba a leer autores venezolanos. Antes, a los 9, ya tarde me había tropezado con Frantz Krömer, personaje funesto de Demian. Oscar Wilde, Victor Hugo, Thomas Man, El Quijote estaban de primero en mis desordenadas lecturas de cuanto libro le quitaba a mi hermano. Sin orden ni concierto, Ingleses, Rusos y Norteamericanos estaban de primero. Mucho tiempo después vino Doña Bárbara. Respeté esa catedral. Y comprendí. Celebro la coincidencia con este articulo. Y como dice mi mentor: ” El Azar Sabe Lo Que Hace”. Savi Vila

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