Actualidad

En un lugar llamado Santa Mónica, por Juan Carlos Méndez Guédez

Por Prodavinci | 23 de abril, 2012

Uno de los rastros que deja en nosotros el paso por ciertas novelas es la constitución de su territorio. Personajes, imágenes, acciones, se despliegan en torno a un espacio que incluso cuando evoca la presencia de un lugar real, posee una energía propia, como si las palabras lo revistiesen de una presencia más sólida, más sugerente. Nunca más volvemos a caminar por París, para citar un ejemplo, sino que caminamos por el París de Bryce Echenique, o por el de Teresa de la Parra, o por el de Hemingway, o por el de Kiki de Montparnasse, o por el de Patrick Modiano o el de Vila Matas. La palabra edifica un territorio propio: un lugar donde el verbo ejercita sus tensiones; elabora sus descubrimientos mágicos; deletrea conexiones que el ojo propio jamás podrá detectar.

No se trata, por supuesto, de la descripción meramente documental o periodística, de los lugares por los que se despliegan ciertas historias, sino de un frenesí de la subjetividad; de un espacio absolutamente reconfigurado. En estos tiempos de Internet; videos de YouTube; fotos; mapas; satélites; tiene menos sentido que nunca describir el inventario obvio de un paisaje urbano o rural. Ahora más que nunca lo que interesa es el espacio intervenido por el ojo del autor; espacio manipulado; escamoteado; mezclado; espacio superpuesto; yuxtapuesto; frotado con la imaginación más íntima de quien se le aproxima y lo utiliza para colocar allí el despliegue dramático de sus personajes.

La literatura venezolana tiene brillantes ejemplos de estos territorios. Pienso en la Sabana Grande de Massiani; en el Delta del Orinoco de Balza; en el centro de Caracas configurado en las novelas de Salvador Garmendia; en la Catia de Israel Centeno; en el Caribe degradado de Rubi Guerra; en los Jardines del Valle de Liendo; en la Valencia hiperbólica de Slavko Zupcic. Espacios que se transforman en lugares para el mito, para la hondura, para el frenesí sensorial, para la resignificación del vivir.

Creo que Liubliana (Ediciones B, Caracas, 2012), nueva novela de Eduardo Sánchez Rugeles sumará un nuevo espacio a este inventario: Santa Mónica. Y no me refiero ni lejanamente a la “Santa Mónica de los Venados” del moroso, espesísimo y cada vez más olvidado Alejo Carpentier, sino a la urbanización Santa Mónica de Caracas.

La frontera norte se prolongaba hasta Cumbres y se perdía en el laberinto de las Rutas. Los Próceres, al sur, eran parte de una encrucijada prohibida por la que se llegaba al peligroso Valle. Detrás del edificio había una montaña gigante y el otro borde, al este, lindaba con el colegio Cristo Rey. De ahí en adelante nada nos pertenecía. Los Chaguaramos formaban parte de otra república.

Ya esta delimitación: lugares de la euforia, de la sabiduría, lugares del peligro, son la creación de un territorio para que la luminosidad de una historia ocurra en su plenitud: el afuera/ el adentro, convocan la voz para que el génesis de las pasiones, para que el microcosmos de un universo se expanda y edifique sus argumentos y sus contradicciones. En Santa Mónica ocurre la amistad, el amor, el deseo; en sus calles el aire protege; salva. Fuera de ellas sucede el horror; el horror de los sueños cumplidos a medias (Liubliana); el horror de los pasos iniciáticos con los que la adultez descubre sus argumentos de muerte y venganza (La Guaira).

Porque resulta destacable el hecho de que esta novela viene a sumarse a diversas piezas de ficción en las que el deslave en Vargas ocupa lugar protagónico. Recuerdo alguna novela de Chocrón; o la película de Frank Spano: Hora menos, o ese cuento de excelencia devastadora: “Indio desnudo”, escrito por Antonio López Ortega.

Esa tragedia; las tragedias; trazan marcas temporales de la venezolanidad y Sánchez Rugeles construye buena parte del nudo dramático de su historia a partir de la elipsis y de la posterior recuperación de lo acontecido a un grupo de personajes en esos días del deslave.

Suceden en esas fechas buena parte de los grandes momentos de esta historia: escritura torrencial, armado milimétrico de la tensión dramática, dosificación del suspenso, descenso a los infiernos íntimos y externos. Porque es esta una novela que tras su historia amorosa, es esencialmente un viaje a la oscuridad de las pasiones, de los abismos, de los secretos innombrables. Un penetrar en el lado más siniestro de la vida familiar; de las historias que guarda el silencio y la impunidad de la noche.

Sánchez Rugeles confirma en esta nueva pieza narrativa que es un escritor situado en la solidez de un mundo personal, de una indescriptible riqueza. Su universo posee la ferocidad, la ternura, el encanto, de lo que es una mirada nítida sobre el momento generacional donde se expanden sus personajes.  Y en esta obra, exhibe además el virtuosismo de un armado que hace de la fragmentación y del entreveramiento su principal herramienta para movilizar la curiosidad y las ansias del lector.

Los lectores de Blue Label tienen aquí otro motivo para el festejo y el regocijo.

***

Lea un fragmento de Liubliana pulsando aquí

Prodavinci 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.