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Dos casos clínicos, por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 15 de marzo, 2012

Los tíos políticos aparecen tarde en nuestra vida. Son tíos de la esposa que heredamos cuando ya están algo viejos y cansados. Por algún misterioso mecanismo de compensación, ellos suelen ofrecernos visiones insólitas, totalmente distintas a las de los tíos de nuestra niñez. Su oficio suele ser el darnos una última sacudida.

En una sobremesa de tabacos y oporto, mi tío, Augusto Olalde, me describió la visita de un próspero textilero de San Sebastián al consultorio del doctor Gregorio Marañón en Madrid.

—Digiero mal, Doctor; siento como una pesadez continua… un ahogo.

—Pero a ver, ¿qué es lo que usted se come? Descríbame un día cualquiera?

—Pues poca cosa, lo normal. Al despertarme, café con leche con unas plantillas. En el desayuno dos huevos fritos con tocino entreverado, cuatro rebanadas de pan, y a trabajar. A la 1,30 p.m. camino por la Avenida hasta mi sagrada tertulia en el café. Conviene tener una buena conversación antes de ir a casa, porque hay cosas que si no se cuentan es como si no pasaran. Allí, en el café, a lo sumo unos pinchos de tortilla, trocitos de chistorras y unas dos cervezas. A las 2.30 p.m. el almuerzo en casa; eso sí, puntual, bien completo y con la familia entera, para que los chicos aprendan modales, buen juicio y vocabulario. Traen a la mesa un caldo de vainitas, una merlucita rebosada sin mucho ajo —que me da pálpitos—, una buena chuleta de buey gallego, algo de patatas que ayuden a digerir, verduras como Dios manda, y luego mi arroz con leche, para rememorar la infancia. Vino siempre, del bueno, o chacolí. Luego la siesta, que la hago con pijamas —que no por breve menos seria—. Me doy un baño, cuando hace calor, y camino de vuelta a la oficina; a buen paso para despertar las ideas. En la tarde una meriendita: bajamos a la plaza a buscar churros, picatoste y no más de una taza de chocolate. De regreso a casa, me doy una vuelta por la Concha y me acerco a la Plaza de la Constitución. Tenemos una peña y charlamos de temas banales mientras tomo unas aceitunas, calamares fritos y mis dos martinis. La cena siempre en la calle, con alguna pareja de buenos amigos. Con buena disposición y apetito para no ser aguafiestas. Solemos ir a la tasca de Juanito Kojua, en la parte vieja, donde ordeno algo frugal. Tienen un lechoncito que es pura ternura, y siempre, al final, fruta y natilla. Finalmente llego a casa y leo lo que se me escapó de la prensa. Antes de entrar a la cama, mi mujer me sube un caldito de cebolla con migajas para que el estómago duerma con su calorcillo.

El doctor Marañón dio en seguida su diagnóstico:

—¡Usted lo que necesita son dos culos!

 

El caso siguiente ocurrió en Caracas. A la consulta del doctor José Luis Vethencourt llega un exitoso ejecutivo.

—Doctor, siento un gran vacío. Es algo aquí adentro que nunca logro llenar.

—A ver cuénteme, ¿cómo es un día cualquiera de su vida?.

—Bueno Doctor, la verdad no debería quejarme porque me ha ido bien y tengo una vida muy organizada. Tenemos un penthouse en el Montañadeoro, un edificio en Colinas de Valle Arriba, con excelente vista —no se ve ni un rancho—. Los domingos en la tarde puedo ver los aviones llegando a La Carlota, ¡una belleza! Me levanto muy temprano y hago media hora en la caminadora mientras veo a la Colomina; luego mi desayuno de avena y afrecho, un jugo de piña, y a trabajar. Tengo la oficina en la Torre Vendeven. Llego antes que nadie para evitar el tráfico y dar el ejemplo. Trabajo de corrido. Almorzamos en la oficina; una empresa, “Rapid-delivery”, nos manda un menú bien balanceado. A las 8,30 PM. es hora de irme. Bajo por un ascensor ejecutivo que sólo funciona para nosotros; no hay que meterse con un gentío que uno no conoce. Llego directo al estacionamiento, casi al lado de mi carro, y salgo con mi tarjeta magnética. A veces todavía hay cola a esa hora. A la entrada de la urbanización tenemos una barrera; cada propietario tiene su calcomanía en el vidrio: “Asoprivate”. A quien no la tiene le piden hasta la cédula. Llego frente al Montañadeoro; es mejor vivir en un buen condominio, bien seguro, que en una quinta, lo digo por lo de los asaltos. Abro la puerta con mi control y llego al estacionamiento. El ascensor es privado, cada quien tiene la llave de su piso. Llego al apartamento; del hall de entrada paso directo a mi cuarto. Los niños por su lado con su zaperoco. Llego a mi vestier y a mi baño, me ducho, me pongo algo ligero y me meto en la cama a ver televisión. Estoy suscrito a todos los canales que existen. La mujer de servicio me trae al cuarto un sanduchito planchado y mi cocacola light. Mejor imposible. Pero es entonces, doctor, justo mientras cambio de canal en canal, cuando siento ese vacío tan extraño.

Esta vez el diagnóstico fue aún más certero:

—Usted lo que necesita es otra ciudad.

 

Escuchando al tío Augusto, y siguiendo la ruta de aquel glotón vasco que avanzaba devorando por San Sebastián, se me hacía la boca agua mientras aguardaba envidioso por la explosión final. Nada más digno que morir de calle, de amistad, de tascas, de tertulias, de plazas, de roce, caminatas y churros. Nada más triste que morir de salud, de negación, de ascos, de asepsias, aislamientos, paranoias y tarjetas magnéticas.

El paciente de Marañón sobrevivió con sólo dejar el chocolate y el lechón. Más incierta es nuestra suerte en esta ciudad que ha abandonado el placer por el miedo, la congregación por la disgregación, y todo ejecutado con un insulso estoicismo. Caracas ha asumido con pasmosa inconciencia el abandono de su herencia hispana, mediterránea y latina. Se margina el pobre por necesidades terribles; se automargina el rico por posibilidades mal concebidas, por creer que el lujo está en eximirse, en vivir en su “pequeña casa de la pradera”, lejos de todo y cerca de nada.

Lo advertía Aristóteles hace ya mucho tiempo: “La ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, ya que el conjunto es necesariamente anterior a parte… Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por creerse autosuficiente, no puede llamarse miembro de la ciudad, sino que es como una bestia o como un Dios.”

Allí está el problema del segundo paciente, en creer que aquello que lo hace una bestia lo convierte en un Dios.

Federico Vegas 

Comentarios (20)

José Miguel Roig
15 de marzo, 2012

Yo conocí a tu tio Augusto Olalde. Era un hombre inteligente, culto y gran conversador. Tenía una memoria prodigiosa y la cualidad única de ser irreverente cuando la anecdota lo requería. Como siempre, Federico, fue un placer leer tu “escrito”.

Magdalena
15 de marzo, 2012

Ay! Federico como gozo con tus cuentos. Me he reido un mundo ¡gracias!

Fernando
15 de marzo, 2012

Estupendo¡¡

Ramón Viggiani
15 de marzo, 2012

Un artículo corto y bueno, es decir, dos veces bueno. Me ha hecho recordar las charlas de mis mayores en la placita del Panteón, en las que me colaba de entrépito cuando era todavía un niño. Agradecido por el buen rato.

Juan
15 de marzo, 2012

una fotografía dramática

Silvia Salvato
15 de marzo, 2012

Maravilloso

Maripili
16 de marzo, 2012

A mi me encantaba escuchar las habladur{ias de los mayores. Me hiciste ecordar muchos episodios de mi inancia, (y muchas sonrisas) gracias!

juan
16 de marzo, 2012

Este artículo es como una película de Chaplin, en la que el público se ríe para no llorar. Muy bueno, justo e inmensamente triste.

Eduardo
16 de marzo, 2012

Me anoto con el primer pacie nte!,,, que buenos esos cuentos!

Luis Gonzalez Paez
16 de marzo, 2012

Tardaremos en recuperar el ritmo pero como relatas en tu libro “Falke” en la carta de Gallegos a Rafael Vegas: Hasta el mas cruel y obstinado presente se convierte en pasado. De nosotros depende recuperar la ciudad, el pais, la vida.

Marialesia
17 de marzo, 2012

Excelente!!!! comico y tragico , lo disfrute mucho!!!

Atamaica Mago
18 de marzo, 2012

Escuchar como leer; leer es escuchar. Las obras de Federico Vegas son un enganche de principio a fin. Tiene ese don de escribir como si nos susurrara la ciudad al oido contándonos sus vivencias; revelándonos un secreto de aquel recuerdo o porvenir que no se marcha. El carisma de la curiosidad convertida en jocosa y en ocasiones nostálgica anécdota ¡Todo un genio!

Marlene M. Izquierdo O.
18 de marzo, 2012

Me quito el sombrero! excelentisima historia, se trasluce una pluma entrenada, con un don especial. Me alegro de haber leido a un escritor tan bueno, y me siento orgullosa, Gracias! P.d: espero que algun dia pueda ser tan buena como tu!.

Nerio J Morillo M
19 de marzo, 2012

Es un gusto leerte Federico, esta aproximación hecha contraste, me genera una tristeza genuinamente bestial y una nostalgia absolutamente terrenal.

Georgette Marrero
20 de marzo, 2012

Excelente, asì como conversas escribes, maravilloso don de la palabra. Siempre gratamente sorprendida.

Alberto Veloz
16 de abril, 2012

Texto impecable, es la cruda realidad nuestra.

David
16 de abril, 2012

Un drama llamado CCS, maravillosa reflexión.

Begoña Aristimuño
20 de abril, 2012

Tu tio era colega y amigo de mi padre, Joaquin Aristimuño en Caracas. Me rei mucho con tus relatos…puedo verle contandolos. El nos hizo retratos a todos en mi familia (madre, padre, hermana y yo) y despues de la muerte de mis padres, yo herede muchas de sus pinturas que tengo por toda la casa! Todo el que visita comenta sobre ellas!! Que recuerdos tan buenos!! Gracias por tus escritos. Una sorpresa verdaderamente agradable.

sonia mendez
7 de junio, 2012

Excelente!

Ertish
6 de agosto, 2012

Gracias.

Otro restaurante que queda cerca del Juanito Kojua es Ubarrechena, también en la Parte Vieja. Había otro en el centro (calle San Martín) pero parece que cerró.

Saludos

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