Artes

El ídolo, por Mirtha Rivero

Por Mirtha Rivero | 12 de Marzo, 2012

La cita era en el patio central del museo. La entrada era libre y pensé que el local iba a estar repleto. No era para menos, el evento anual que durante dos días reunía a unos pocos escogidos cerraba esa noche con un acto abierto al público. El año anterior, me contó una amiga, había ido mucha gente, así que habría que llegar temprano. Planifiqué mis movimientos. Escogí con tiempo el vestido y me propuse salir con hora y media de anticipación. Por si acaso. Pero tanta planificación fue en vano; cual quinceañera que va a su primer baile, me retrasé. Pese a mis cálculos, nada de lo que me ponía me gustaba. Me cambié de ropa tres veces, para terminar saliendo de la casa a un cuarto para la siete de la noche, y el acto estaba pautado para las siete y media. ¡Tendría que volar!

Por fortuna no hallé tráfico y estacioné justo al lado del foro. Entré al edificio por el sótano, y al salir del ascensor encontré un auditorio lleno de sillas negras y de hombres y mujeres –con tipo de guardaespaldas- también enfundados de negro. Me impactó el color, por los treinta y nueve grados de temperatura que hacía en la calle y porque era lo único que llenaba la sala: el negro de los sacos, pantalones, faldas y sillas. De resto, el recinto estaba casi vacío. Conté veinte cabezas. Miré el reloj: siete y treinta y uno de la tarde.

Me senté en la penúltima fila. Detrás de mí, una monja y una colegiala conversaban en susurros. Adelante un par de hermanas sesentipiconas (era obvio el parentesco) buscaban acomodo: se sentaban, miraban el escenario, intercambiaban palabras y se rodaban. Al otro extremo, un señor mayor agarraba un portafolio y una dama con laca en el peinado se miraba las uñas. Poco a poco comenzó a llegar más gente. A mi lado, una delegación de ocho jóvenes enfundados en traje y corbata, acaparó asientos. No duraron mucho ahí. Hallaron mejor sitio cuatro filas más adelante y, de nuevo, en cambote se mudaron. Casi al instante, dos de esos puestos fueron ocupados por una señora con guilindajos en el cuello y una muchacha gordita. La señora comentó que había leído la noticia en el periódico: estaba emocionada. El salón se estaba llenando. Se oían saludos y palmadas a la espalda.

A un cuarto para las ocho de la noche, precedida por flashes, una coronilla calva se abrió paso hasta la tarima. Miré alrededor: no había un espacio vacío. Un sonoro aplauso explotó. El personaje de la velada, el hombre de la coronilla calva ocupó el puesto de honor en el medio del escenario. Como la ovación no cesaba, el hombre se incorporó, saludó y con una sonrisa de anciano iluminó toda la sala.

Los aplausos bajaron en intensidad porque la gente empezó a tomar fotos. Cámaras y celulares relucieron como banderas alzadas. Al frente mío, una joven de unos veinte años le pasó su cámara a una amiga. “Por favor –dijo- tómala tú; a mí me tiemblan las manos.”

Una vez que la estrella de la fiesta se sentó, el acto transcurrió sin sobresalto. Él no abrió la boca en toda la noche, él sólo estaba.

Al final, al nombrarlo, de nuevo retumbó el lugar, y cuando podría pensarse que todo había acabado, el jefe de ceremonias anunció: “Ahora, el maestro va a firmar…” No terminó la frase. El auditórium entero se dirigió a la dirección donde apuntaba una mano desde la tarima. Y empezó el zafarrancho.

Cayeron sillas, rodaron carteras, se derramaron botellas de agua. Hombres y mujeres nos abrimos paso para apretujarnos en improvisadas filas. Brotaron como cuatro distintas. Hubo choques, empujones, tropiezos, pero nadie se molestó. A cada pisotón seguía un “disculpe” o “lo siento” y se oía en respuesta “no se preocupe”, “descuide, está bien”.

De pronto, la multitud amenazó con ahogar al personaje de la noche, y dos tipos de negro salieron en su rescate. Pero la muchedumbre no cejó y lo cercó otra vez. Entonces se armó un tarantín y aparecieron vallas. Los guardias, cual porteros de discoteca, impusieron una sola cola.

Por suerte, quedé de décima. En el apretujamiento, como pude, saqué mi libro del bolso. Me alisé el cabello con una mano. Ensayé lo que diría. Cuando me faltaban dos puestos para pasar, una música de vallenato reventó detrás de mí y la cola entera empezó a bailar. En medio de ese barullo, al fin, me tocó el turno y debí decir mi nombre a una mujer sentada al lado del maestro. Me agaché, vociferé. La mujer no entendió. Grité. La dama dijo algo al oído de Gabriel García Márquez, pero él daba señas de que no oía. Ella gritó, y yo, insolente, me acerqué a él, lo toqué en un brazo -¡lo toqué!- y repetí el nombre… Fue lo único que pude hacer. El maestro garabateó la dedicatoria. Al terminar de firmar, me extendió el libro y sonrió cortés, como ya lo había hecho nosecuántas veces esa noche y como lo haría muchas más todavía.

Al irme, escuché que alguien dijo: ¡Parece un ídolo pop! Asentí satisfecha, aferrando contra el pecho mi tesoro.

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Publicado en Prodavinci por cortesía de día D, el suplemento dominical del Diario 2001

 

 

Mirtha Rivero 

Comentarios (3)

Juvenal Freites
12 de Marzo, 2012

Mirtha, ¿no le dijiste, soy Mirtha Rivero, la historiadora, la de “La Rebelión de los Náufragos”? Seguro que El Gabo, lo leyó y esta de acuerdo, con lo que planteaste.

Alix Elena Rosales
13 de Marzo, 2012

Comprendo el silencio que prosigió a la pronunciación de tu nombre. Lo conozco bien, en ese momento no hay palabra que sea justa, necesaria y apropiada. La luz que emanan estos seres así de “especiales”, nos callan con los destellos de admiración. Lo mejor es saber que nuestro artísta idealizado cantará sus obras (“pop”)en cada puesta de sol, en aquellos donde los atardeceres no acaban.

luz sierra
20 de Marzo, 2012

Bellísimo articulo, es mi ídolo, tienes razón Mirtha. Gracias!!! que emocionante me imagino por Dios !!!!!

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