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De postre en Estocolmo, por Arturo Almandoz

Por Arturo Almandoz Marte | 11 de Marzo, 2012
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1. En la primavera de 2004 había estado yo por vez primera en la capital sueca, invitado a dar una conferencia en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo, después de impartir un curso en Helsinki las semanas previas. El domingo que precedió a la charla del lunes, apenas pude asomarme a algunos distritos de la así llamada metrópoli del Báltico, con más excitación y ansiedad que orientación y conocimiento. Puesto que además del corto tiempo disponible en este caso, siempre es un desafío de organización y eficiencia viajar a una gran ciudad, que no es lo mismo que una ciudad grande – como bien sabemos los caraqueños – la posición del adjetivo contando mucho en términos urbanos. Por lo demás, el nombre de etimología desconocida era sinónimo en esta visita no sólo de bienestar social y nobeles académicos, sino también de cosmopolitismo nórdico, al menos tal como lo advocan sus vecinos. Porque aunque no llega a los tres millones de habitantes, Estocolmo es la gran metrópoli en todo sentido no sólo para los fineses y noruegos, que estuvieron bajo su dominación por largos períodos, sino también para los daneses, aunque éstos la sojuzgaran entre finales del siglo XIV y comienzos del XVI.

Mis anfitriones me reservaron en el hotel Arcadia, en el más bien residencial distrito de Norrmalm, cuya quietud y bucolismo modernizados, casi alegóricos del nombre, llegaron a inquietarme un poco la primera noche de mi estadía, por hacerme sentir demasiado lejos de la céntrica heterogeneidad de la que procuro aproximarme al viajar. Renovado a comienzos de la década de 1950, cuando Estocolmo dictaba la pauta modernista en la devastada Europa de posguerra, Norrmalm era un barrio propiamente barroco del siglo XVII, con mezcla residencial y comercial en los elegantes palacetes y tiendas, muchos de los cuales fueron sustituidos por bloques funcionalistas de baja altura, en uno de los cuales se encuentra el hotel. Después del copioso desayuno de panes de trigo y centeno, de tarros de mermelada de mora y frambuesa, de salamis daneses e italianos, el domingo por la mañana viajé tan pronto pude hacia la estación Central, en aquel metro impoluto y decorado con obras de arte; en los vagones asomaban escasos pasajeros que se me antojaban entre absortos y angustiados, como sacados de las películas de Bergman que por años vi en los cines de plaza Morelos y La Candelaria.

Descendí en la estación Gamla Stan, la isla a la que Estocolmo permaneció reducida desde que, con el apoyo de comerciantes de Lübeck, fuera fundada en 1252 por Birger Jarl, miembro de la prominente familia Folkunga; controlando el pasaje entre el mar Báltico y el lago Mälaren, la isleta ponía a buen resguardo el intercambio de sal, hierro y cobre, entre otros minerales de la región de Bergslagen que interesaron a la Liga Hanseática en los siglos XIII y XIV. Perdiéndome con frecuencia entre el dédalo de callejones y tabernas medievales, que llegaron a ser 800 en la ciudad de finales del XVIII, visité entonces la Storkyrkan o Catedral gótica de fachada barroca; pude adentrarme después un en ala del palacio renacentista de Kungliga Slottet, que había visto engalanado para recepciones reales en las páginas de la revista ¡Hola! No tenía esperanza de toparme con los secularizados monarcas Bernadotte, los reyes Gustavo Adolfo y Silvia – guapa alemana otrora aeromoza – porque residen en el castillo de Drottningholm, al oeste de la capital.

En una de las plazuelas me sorprendió el edificio barroco, también de finales del XVIII, cuya planta baja sirve de corro a la Bolsa, mientras la superior alberga la academia sueca de las Letras, fundada en 1786 para preservar ese idioma tonal y abstruso que tanto asocio con Liv Ullman; desde sus balcones son proclamados y saludan los premios nobel de Literatura, elegidos por los 18 académicos. La combinación de usos del edificio, que además alberga el museo Nobel, ya cerrado aquel domingo por lo avanzado de la tarde, me pareció trasuntar los atributos de esa sociedad capitalista y benefactora, socialista y culta, los cuales resultan irreconciliables, por cierto, en la Venezuela del siglo XXI. Debía ya regresar al hotel a revisar la conferencia del lunes, la cual imposibilitaría otra visita a la ciudad, más allá del campus universitario de los años setenta en Frescati; por ello, al partir de Estocolmo el martes en vuelo de SAS, sentía yo que la visita, a todas luces insuficiente y acaso la única, había sido tan sólo el abreboca de la metrópoli escandinava.

2. Afortunadamente pude volver a Estocolmo para degustar platos principales. A comienzos del otoño de 2006 asistí a un congreso de historia urbana en la misma universidad, decidiendo esta vez yo alojarme en el mismo hotel, que había probado estar, a través del Tunnelbana o metro, a discreta y funcional proximidad del centro demasiado turístico. Si bien las sesiones del evento fueron muy absorbentes para permitir escapadas, en la noche del jueves nos fue ofrecida a los participantes una recepción en la Stadshuset o Ayuntamiento, donde también son agasajados, salvando las distancias, los laureados nobeles. Diseñado por Ragnar Östberg entre 1911 y el 23 en ese estilo romántico normando tan en boga a la sazón, con toques medievales heredados de Artes y Oficios y otras corrientes de entre siglos, la sala ofrecía un gótico entorno para el banquete pantagruélico, principalmente compuesto de fiambres de carnes y pescados, desde cordero y reno hasta salmón y arenque. Ahíto del obsequio, al salir con los colegas a contemplar el arrebolado anochecer escandinavo, mirando los torreones y palacios reflejados en los límpidos canales del archipiélago; mientras cruzaban tranvías y autobuses las calles ordenadas y pavimentadas, tuve de nuevo la epifanía, como en Helsinki las semanas previas, de la serena civilización y el bienestar acendrado que merecidamente disfrutan los pueblos bálticos desde hace décadas.

Una vez terminado el congreso el viernes, tan sólo disponía del sábado para una visita que prefería fuera museística esta vez; teniendo que ser muy cuidadoso en la elección, preferí sacrificar el Nordiska Museet que abriga piezas de August Strindberg, así como la casa dedicada a Ibsen, a pesar de venerar al dramaturgo noruego después de leer Casa de muñecas. También descarté el museo de Arte Moderno, quizás por tener frescos algunos pintores suecos en las colecciones vistas en Helsinki; todo ello en pro de adentrarme en el museo Nacional, ubicado en el distrito financiero de Blasieholmen. Creo que fue una elección adecuada: desde el mismo vestíbulo presidido por los frescos de Carl Larsson, entre realistas e impresionistas, pude disfrutar la sucesión de salas artísticas, históricas y anticuarias, a pesar de mis grandes lagunas en la historia sueca. Estaba por supuesto la panoplia de las hazañas vikingas de los siglos VIII al XI, presididas por originales de los barcos y maquetas del fortificado Estocolmo medieval; pero lo que más me interesó, tal como ansiaba, fue el episodio de fundación del Estado nacional bajo la égida de Gustav Vasa.

A finales de la Unión Kalmar, que entre 1389 y 1521 sometiera Noruega y Suecia a la corona de Dinamarca, comenzaron los levantamientos nacionalistas que llevarían al “baño de sangre” de noviembre de 1520, cuando 82 próceres nobles fueron degollados en el centro de Estocolmo, tal como lo recuerda una placa en el número 20 de la Gran Plaza o Stortorget. A partir de allí la reacción fue liderada por Gustav Eriksson, quien llegó a sitiar el entonces bastión danés, del que se apoderara en 1523; adoptando el nombre dinástico de Vasa, fue exaltado como Rey el 6 de junio, que desde entonces se celebra como día nacional sueco. Un cercano retrato por Lucas Cranach el Viejo, de un Martín Lutero adusto y pensativo, recuerda la conversión que Vasa decretara a la religión protestante, mientras los privilegios de la Liga Hanseática decrecían y se consolidaba el poder nacional desde la ciudad que frisaba los 10 mil habitantes para 1560, cuando falleciera el “rey fundador”.

Estocolmo fue proclamada capital en 1634, al inicio de la dominación sueca en el Báltico que consolidaran la reina Cristina y la guerra de los Treinta Años, ganando posesiones en Finlandia, Rusia y Alemania, refrendadas por el tratado de Westfalia; si bien había en el museo óleos y leyendas de la Minerva del Norte que recordaban su hospedaje de Descartes, entre otros mecenazgos y atributos, privaban en mi memoria hollywoodense los fotogramas de Greta Garbo vistiendo hopalandas de terciopelo en la versión de MGM junto a Jonh Gilbert. Ese fue el período imperial cuando las islas alrededor de Gamla Stan, de Nybroplan a Skeppsholmen, se poblaron de marmóreos palacios y mansiones que, sobre el elegante trazado rectangular, sustituían las construcciones tradicionales en madera. Ese apogeo duraría hasta comienzos del siglo XVIII, cuando los conflictos con Rusia probaron ser desastrosos a finales de la primera década, conllevando la pérdida de Finlandia para después abortar el intento de conquistar Noruega en 1718; y si bien a finales del siglo habría cierto florecimiento urbano en la ilustrada era de Gustavo III, la decadencia de Suecia como potencia imperial báltica estaba sellada en lo político y económico.

3. Las lecciones del pequeño gran país continuarían, sin embargo, en la modernidad industrial y política del Estado de bienestar, aunque no siempre lo mostrara la parafernalia de objetos del museo. A la par de una industrialización y urbanización lentas pero tempranas, escenificadas desde finales del siglo XIX en distritos obreros y burgueses como Sundyberg y Östermalm, Suecia dio muestras, como sus vecinas escandinavas, de precursoras legislaciones en materia de higiene pública y vivienda social, antecesoras de las de Gran Bretaña y Alemania, los países de reformas más influyentes en Europa y las Américas. Pero fue después de la Segunda Guerra Mundial, como se sabe, cuando la socialdemocracia sueca, a medias entre el capitalismo y el socialismo tan polarizados después de la Cortina de Hierro, probó ser uno de los modelos más logrados del welfare state occidental. Apoyado en la productividad de una industria selectiva y eficiente en las ramas metalmecánica y eléctrica, de las que son muestras los artefactos Electrolux y Ericsson, además de los Volvo que no caben en el museo, Suecia pudo construir un rico estado con gran preocupación por la redistribución del ingreso y los altos estándares de servicios públicos. Bien lo resumió Olof Palme ante un líder izquierdista latinoamericano cuyo nombre no recuerdo, quien para aproximarse de la Tercera Vía sueca, le habría dicho en un encuentro que quería “acabar con los ricos”; “curioso”, pero “nosotros queremos acabar con los pobres”, habría ripostado el gran estadista y primer ministro, para distanciarse de los resentimientos revolucionarios que han sido propalados en nuestras latitudes hasta el presente.

Toda esa preocupación socialista y cívica se plasmó en el urbanismo sueco, del cual Estocolmo devino referencia durante la segunda mitad del siglo XX, cuando se construyó el Kulturhuset o casa cultural de la City; modernistas ciudades satélites como Välingby, así como numerosos parques que, aunados a la herencia barroca, alcanzaron las 5 mil hectáreas, colocando a la capital sueca entre las mejor dotadas de áreas verdes en el mundo. Todavía recuerdo cuando estudiaba mi posgrado en urbanismo en Madrid, a finales de los ochenta, y los profesores señalaban en las clases los estándares de servicio de Estocolmo como los más altos de ese continente que acababa de acoger a España en la entonces Comunidad Europea, aunque Suecia no fuera parte de la misma hasta 1995. Percibía yo entonces que, al menos en urbanismo y servicios públicos, Suecia ostentaba ese valor canónico que los Estados Unidos tienen para nosotros en Latinoamérica.

La industrialización y modernización suecas fueron alcanzadas además con criterios de diseño depurados y funcionalistas, tal como lo probaban vestidos y muebles, artefactos y adornos del museo; entre estos últimos alcancé a ver algo de la cristalería de Orrefors y de la cerámica de Rörfland, dos de cuyas piezas han reposado por décadas en el recibo de mi casa en San Bernardino, para solaz de nuestra diaria contemplación. Muestras menos sobrias de los setenta y ochenta, pero con toques entre psicodélicos y disco, siempre llamativos por lo nórdico, ocupaban las últimas salas del museo; recordaba al recorrerlas la pegajosa musicalidad de las canciones de ABBA, que aunque no fuera depurado estilísticamente, mostró mucho al mundo juvenil de ese bienestar popular sueco.

4. Se había hecho tarde y, después de comprar algunas cosas en los imponentes almacenes de Nordiska Companiet, necesitaba regresar al hotel de cara a prepararme para la temprana partida del día siguiente. La cena no fue gran cosa en cantidad: un gustoso filete de lenguado servido con pimientos y encurtidos, pero en porción algo magra, como ocurre a veces bajo el pretexto de la nouvelle cuisine. De ojos azules y cabello negro – en esa seductora combinación que florece tanto como los rubios rozagantes en las calles de Estocolmo – la guapa camarera quizás notó que había quedado yo con apetito, por lo que me invitó a pedir un postre con queso que, a su juicio, sería muy satisfactorio.

Dicho y hecho: se presentó con un solo plato grande, en el que había un grueso tolete de queso gruyère, acompañado de una generosa porción de mermelada de cerezas; y para mi sorpresa, eran ambos guarnecidos por una ligera ensalada a base de albahaca, perejil y laurel, aderezada con aceite balsámico. Debido al embeleso ante aquella combinación inusitada para mí – aunque quizás sea habitual para otros – no me ocupé de fijar el nombre de ese plato heterodoxo y funcional, trasunto de la ciudad toda; sólo sé que, quizás por ser el último de mi segunda visita, me satisfizo tanto como uno principal. Y también sé que se come de postre en Estocolmo.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (8)

Odart
11 de Marzo, 2012

Gracias Arturo por deleitarnos y hacernos imaginar un poquito acerca de como se ve, como huele, como se siente todo por esas latitudes. Así como seguirnos enseñando mientras nos entretienes con tu narrativa. Saludos de un Ex-alumno de la USB (Ciudades Latinoamericanas).

Orlando Jiménez
12 de Marzo, 2012

lmuchas gracias por esta articulo no tan solo pedagógico sino muy real y totalmente acertado. Todo lo que Ud. Nombra en su articulo es una fiel descripción de la historia y cultura sueca. Con la humildad del caso me atrevo decírselo, porque yo he vivido parte de esta realidad, en los casi cuarenta años que llevo residenciado en Estocolmo. Me alegra mucho que Ud hacer esta descripción en un diario de Venezuela y anime años lectores a que se encaminen hacia estas latitudes y miren los logros del pueblo sueco en casi tods las áreas que hcen que una sociedad sea sana para sus ciudadanos. Sobre todo en la forma de coincidir las ideas y rivalidades en la política y convivencia social entre los ciudadanos. Y por ultimo, si en Estocolmo se como gran ciudad cosmopolita, se come muy bien.

Arturo Almandoz
12 de Marzo, 2012

Complacido, Odart, de tenerte como compañero en el viaje narrativo. Bueno saber que tu talento y formación nutren la docencia universitaria; saludos.

Belkis López
12 de Marzo, 2012

Gracias mil por tan excelente crónica. Tan buen escrita y descrita la ciudad y su espíritu, que quedamos con la sensación de haberlo acompañado en esas visitas. Extraordinaria y hermosa su narración. Enhorabuena, Profesor

Arturo Almandoz
13 de Marzo, 2012

Viniendo, Orlando, de un veterano residente como usted, sus comentarios son más que apreciados; gracias.

Arturo Almandoz
14 de Marzo, 2012

Gracias a usted, Belkis, por acompañarme de nuevo en la lectura de la crónica; estimulantes comentarios.

Joy Rodriguez
15 de Marzo, 2012

Gracias por ese recorrido tan interesante e ilustrado de la esa bella ciudad, siempre me he interesado por su historia. I

Arturo Almandoz
16 de Marzo, 2012

Feliz, Joy, por la compañía de otra lectora ilustrada como tú; saludos.

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