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La fantasía solar de Alemania, por Bjørn Lomborg

Por Prodavinci | 20 de Febrero, 2012
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Uno de los mayores experimentos de política pública en materia de energía verde del mundo está llegando a un amargo final en Alemania, con importantes enseñanzas para las autoridades de otros países.

En otro tiempo, Alemania se enorgullecía de ser la “adalid del mundo fotovoltaico”, al repartir subvenciones generosas –por un importe total de más de 130.000 millones de dólares, según las investigaciones de la alemana Universidad del Ruhr– a los ciudadanos para que invirtieran en la energía solar, pero ahora el Gobierno alemán ha prometido recortar las subvenciones antes de lo previsto y abandonar progresivamente ese apoyo a lo largo de los cinco próximos años. ¿Qué ha fallado?

Subvencionar una tecnología verde ineficiente plantea un problema fundamental: sólo es asequible, si se hace en pequeñas cantidades simbólicas. El año pasado, los alemanes instalaron, gracias a las generosas subvenciones estatales, 7,5 gigavatios de capacidad fotovoltaica (FV), más del doble de lo que el Gobierno había considerado “aceptable”. Se calcula que tan sólo ese aumento provocará una subida de 260 euros en la factura eléctrica anual de los consumidores.

Según Der Spiegel, incluso algunos miembros del equipo de Angela Merkel están calificando ahora esa política de agujero sin fondo para enterrar dinero. Philipp Rösler, ministro de Economía y Tecnología de Alemania, ha llamado “una amenaza para la economía” las disparadas subvenciones de la energía solar.

El entusiasmo de Alemania por la energía solar es comprensible. Si pudiéramos captar tan sólo una hora de la energía del Sol, podríamos satisfacer las necesidades energéticas mundiales de todo un año. Aun con la ineficiencia de la actual tecnología FV, podríamos atender toda la demanda de energía del planeta cubriendo 250.000 kilómetros cuadrados, el 2,6 por ciento, aproximadamente, del desierto del Sahara, con placas solares.

Lamentablemente, Alemania –como la mayor parte del mundo– no está tan soleada como el Sahara y, si bien la luz del Sol es gratuita, las placas y la instalación no lo son. La energía solar es al menos cuatro veces más costosa que la producida por combustibles fósiles. También tiene la clara desventaja de no funcionar durante la noche, cuando se consume mucha electricidad.

Como ha dicho la Asociación Alemana de Física, “la energía solar no puede substituir a ninguna de las centrales eléctricas suplementarias”. En los cortos y muy nublados días del invierno, los 1.100 millones de sistemas de energía solar de Alemania no pueden generar electricidad alguna. Así, pues, el país se ve obligado a importar cantidades considerables de electricidad procedente de las centrales nucleares de Francia y de la República Checa. Cuando el Sol no brilló el pasado invierno, un plan de refuerzo puso en marcha una central austríaca alimentada con gasóleo para compensar el déficit de suministro.

De hecho, pese a la enorme inversión, la energía solar representa sólo el 0,3 por ciento, aproximadamente, de la energía total de Alemania. Ésa es una de las razones principales por las que el oneroso precio que pagan los alemanes ahora por la electricidad ocupa el segundo puesto del mundo desarrollado (sólo superado por Dinamarca, que aspira a ser la “adalid mundial de la energía eólica”). Los alemanes pagan tres veces más que sus homólogos americanos.

Además, esa considerable inversión contribuye muy poco a contrarrestar el calentamiento planetario. Aun con supuestos de una generosidad carente de realismo, el insignificante efecto neto es el de que la energía solar reducirá las emisiones de CO2 en ocho millones, aproximadamente, de toneladas métricas –es decir, el 1 por ciento, más o menos– en los veinte próximos años. Cuando se calculan los efectos con un modelo climático normal, el resultado es una reducción de la temperatura media de 0,00005 grados centígrados (un veintemilavo de grado Celsius o un diezmilavo de grado Fahnrenheit). Dicho de otro modo: al final de este siglo, los 130.000 millones de dólares de subvenciones de placas solares habrán retrasado en 23 horas los aumentos de temperatura.

Mediante la energía solar, Alemania está pagando unos 1.000 dólares por tonelada de CO2 reducida. El precio actual del CO2 en Europa asciende a ocho dólares. Alemania habría podido reducir 131 veces más CO2 por el mismo precio. En cambio, los alemanes están despilfarrando mas de 99 céntimos de cada euro que entierran en placas solares.

Peor aún: como Alemania forma parte del sistema de compraventa de emisiones de la Unión Europea, el efecto real del exceso de placas solares de Alemania hace que no haya reducciones de CO2, porque ya se ha cubierto el tope de emisiones. En cambio, los alemanes permiten simplemente a otros países de la UE emitir más CO2. Las placas solares de Alemania sólo han conseguido que a Portugal o Grecia les resulte más barato el uso del carbón,

Los defensores de las subvenciones de la energía solar de Alemania afirman también que han contribuido a crear “empleos verdes, pero cada uno de los empleos creados por las políticas de energía verde cuesta por término medio 175.000 dólares: muchísimo más que la creación de empleo en los demás sectores de la economía, como, por ejemplo, el de las infraestructuras o el de la atención de salud, y se están exportando muchos “empleos verdes” a China, lo que quiere decir que los europeos subvencionan puestos de trabajo chinos, que no reducen las emisiones de CO2.

El experimento de Alemania con la subvenciones de tecnología solar ineficiente ha fracasado. Lo que los gobiernos deben hacer es, al contrario, centrarse en primer lugar en intensificar la investigación e innovación para lograr que la tecnología de energía verde sea más barata y competitiva. Más adelante es cuando se debe acelerar la producción.

Entretanto, Alemania ha pagado unos 130.000 millones de dólares por una política en materia de cambio climático que no tiene efectos en el calentamiento planetario. Han subvencionado puestos de trabajo chinos y la dependencia de otros países europeos de las fuentes de energía sucias y han impuesto cargas innecesarias a su economía. Como incluso muchos funcionarios alemanes probablemente atestiguarían, los gobiernos de otros países no pueden permitirse el lujo de repetir semejante error.

 

Bjørn Lomborg es autor de The Skeptical Environmentalist (“El ecologista escéptico”) y Cool It (“No os acaloréis”), director del Centro del Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Escuela de Administración de Empresas de Copenhague.

 

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