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Culpar al capitalismo del corporativismo, por Edmund S. Phelps y Ammous
Se vuelve a preguntar por el futuro del capitalismo. ¿Sobrevivirá a la presente crisis en su forma actual? En caso de que no, ¿se transformará o tomará la iniciativa el Estado?
El término “capitalismo” solía significar un sistema económico en el que el capital y su comercio eran de propiedad privada; correspondía a los propietarios del capital decidir la forma mejor de usarlo y podían recurrir a las previsiones y las ideas creativas de los empresarios y de los pensadores innovadores. Dicho sistema de libertad y responsabilidad individuales daba poco margen para que el Estado influyera en la adopción de decisiones económicas: el éxito significaba beneficios; el fracaso; pérdidas. Las empresas podían existir sólo mientras los individuos libres accedieran a comprar sus productos y, de lo contrario, habían de cerrar rápidamente.
El capitalismo llegó a ser un triunfador mundial en el siglo XIX, cuando desarrolló capacidades para la innovación endémica. Las sociedades que adoptaron el sistema capitalista obtuvieron una prosperidad inigualada, gozaron de una generalizada satisfacción laboral, consiguieron un aumento de la productividad que maravilló al mundo y acabaron con la privación en masa.
Ahora el sistema capitalista se ha corrompido. El Estado gestor ha asumido el cometido de ocuparse de todo: desde los ingresos de la clase media hasta los beneficios de las grandes empresas y el progreso industrial. Sin embargo, el sistema no es capitalismo, sino un orden económico que se remonta a Bismark, al final del siglo XIX, y a Mussolini, en el siglo XX: el corporativismo.
En sus diversas formas, el corporativismo ahoga el dinamismo que contribuye al trabajo atractivo, un crecimiento económico más rápido, mayores oportunidades y menos exclusión. Mantiene empresas letárgicas, despilfarradoras, improductivas y bien relacionadas con el poder a expensas de emprendedores dinámicos y ajenos a él y prefiere objetivos declarados, como, por ejemplo, la industrialización, el desarrollo económico y la grandeza nacional, a la libertad económica y la responsabilidad de los individuos. En la actualidad, se ha llegado a considerar que compañías aéreas, fabricantes de automóviles, empresas agrarias, medios de comunicación, bancos de inversión, fondos de cobertura y muchos más eran demasiado importantes para afrontar por sí solos el mercado libre, por lo que han recibido ayudas del Estado en nombre del “bien público”.
Los costos del corporativismo resultan aparentes a nuestro alrededor: empresas disfuncionales que sobreviven pese a su flagrante incapacidad para servir a sus clientes; economías escleróticas con un lento aumento de la producción; escasez de trabajo atractivo y de oportunidades para los jóvenes; Estados en quiebra por las medidas adoptadas para paliar esos problemas y una concentración en aumento de la riqueza en manos de quienes están lo suficientemente bien relacionados para beneficiarse del pacto corporativista.
Esa substitución del poder de los propietarios y los innovadores por el de los funcionarios estatales es la antítesis del capitalismo y, sin embargo, los defensores y los beneficiarios de este sistema tienen la temeridad de reprochar todos esos fracasos al “imprudente capitalismo” y a la “falta de regulación”, que, según sostienen, necesita mayor supervisión y reglamentación, lo que significa, en realidad, más corporativismo y favoritismo estatal.
Parece improbable que un sistema tan desastroso sea sostenible. El modelo corporativista carece de sentido para las generaciones jóvenes que se han criado usando Internet, el mercado de mercancías e ideas más libre del mundo. El éxito y el fracaso de las empresas en Internet es la mejor publicidad para el mercado libre: los sitios web de redes sociales, por ejemplo, ascienden y caen casi instantáneamente, según sirvan bien o no a sus clientes.
Sitios como, por ejemplo, Friendster y MySpace intentaron conseguir beneficios suplementarios comprometiendo la intimidad de sus usuarios y fueron castigados instantáneamente con el abandono de los usuarios, que optaron por competidores más seguros como Facebook y Twitter. No hizo falta reglamentación estatal alguna para llevar a cabo esa transición; de hecho, si los modernos Estados corporativistas hubieran intentado hacerlo, actualmente estarían apoyando a MySpace con dólares de los contribuyentes y haciendo campaña con la promesa de “reformar” sus características en materia de intimidad.
Internet, como mercado de ideas en gran medida libre, no ha tenido piedad con el corporativismo. Las personas que se criaron con su descentralización y libre competencia de ideas han de considerar ajena a ellas la idea del apoyo estatal a las grandes empresas e industrias. Muchos son los que en los medios de comunicación tradicionales repiten la antigua consigna de que “lo que es bueno para la empresa X es bueno para los Estados Unidos”, pero no es probable que semejante consigna tenga demasiados seguidores en Twitter.
La legitimidad del corporativismo se está erosionando, junto con la salud fiscal de los gobiernos que han contado con él. Si los políticos no pueden revocarlo, el corporativismo se destruirá a sí mismo y quedará enterrado bajo las deudas y las suspensiones de pagos y de los desacreditados escombros corporativistas podría resurgir un sistema capitalista. Entonces “capitalismo” tendría de nuevo su significado verdadero, en lugar del que le han atribuido los corporativistas que procuraban ocultarse tras él y los socialistas que deseaban denigrarlo.
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Project Syndicate
Saifedean Ammous es profesor de Economía en la Universidad Americano-libanesa y miembro extranjero del Centro para el Capitalismo y la Sociedad de la Universidad de Columbia. Edmund Phelps, premio Nobel de economía en 2006, es el director del Centro.
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3 de Febrero, 2012
Antecedentes:
Consultando a DRAE y WikipediA me entero que al término corporativismo se le ha dado disimiles acepciones, y deduzco, que lo conlleva la intencionalidad natural humana a asociarse para fortalecer sus acciones y defenderse de sus debilidades individuales o de grupos pequeños. La debilidad natural a la sobrevivencia y el instinto de conservación ha conducido a los humanos a convivir en comunidades, sociedades, grupos religiosos, políticos y económicos, hoy con alcance corporativo.
Por otra parte, el humano en su proceder actúa con acciones que perjudican o benefician a su entorno humano o de cualquier otra naturaleza. Es el comportamiento que eternamente ha tenido que confrontar el humano entre el bien y el mal. No obstante, en la convivencia democrática los perjuicios y los beneficios de unos y otros se equilibran con la negociación razonada y, de esa manera, se llega al bien común o bien público. No hay norma, regla, o ley que sea permanente y más efectiva que el “estira y encoje” de la negociación y acuerdos entre las partes afectadas. En ese sentido, nada es más efectivo que el mecanismo del mercado para los acuerdos económicos, y entre ellos, los contratos individuales o corporativos del trabajo.
Ahora bien, cuando se trata de la relación del Estado con empresas y ciudadanos, y su resultado, el bien público, comienza el pugilato entre la economía y la política, o sea, entre las empresas de producción y servicios (comercio y de cualquier otro tipo) que defienden su libertad para desarrollar sus potencialidades y protegerse de sus debilidades, y entre las organizaciones políticas que tienen como misión preservar la organización social establecida y dotar los servicios sociales o colectivos nacionales, que quedan fuera del alcance, misión y objetivos de las empresas.
El pugilato se ha dado, porque los políticos han tergiversado la misión del Estado, y las empresas han tergiversado la manera de competir con ventaja. Los políticos se han apartado de la verdadera misión del Estado para hacerse acreedores del bien público y las empresas han buscado competir de manera desleal al buscar la protección del Estado.
El bien público es un concepto etéreo por su conformación y alcance general por ser el resultado de la acción de todos los agentes sociales. Es el resultado del encuentro social entre tantos desencuentros de sentimientos e intereses. En consecuencia, ninguna institución pública o privada tiene competencia para imponer nuevos mecanismos o normas que predeterminen un resultado que debe ser producto de la interacción espontánea o consensuada entre agentes e instituciones sociales. El bien común o público no puede ser estable, lo que es permanente es la dinámica evolutiva para adaptarse a nuevas circunstancias. Y es el sistema democrático la forma de interacción que más lo favorece o que permite su viabilidad y expresión espontánea.
Respuesta a la pregunta del artículo:
El capitalismo es inherente y mejor expresión del sistema democrático, en consecuencia, lo más factible y razonable es que se encuentren nuevas formas de adaptación que satisfaga el bien público, lo contrario, que la iniciativa la tome el Estado, o que la sociedad le otorgue al Estado el privilegio de tal responsabilidad, sería entonces imaginarse que el peligro lo corre el sistema democrático y no el capitalismo. Particularmente me inclino por la transformación del capitalismo al encontrarse nuevos canales de interacción como el ejemplo de Internet expuesto por el articulista.
La crisis global no es del Capitalismo:
La tendencia general es achacarle las crisis actuales, presentes en países capitalistas y socialistas, al capitalismo, pero como ya se ha empezado a deducir, la crisis es global y no tiene un origen común ni determinado. Parece más bien un desequilibrio entre recursos, mayor población y las nuevas tecnologías de difícil asimilación por todos los habitantes del globo terráqueo.
Bismark, Mussolini y Venezuela: Corporativismo.
Para evitar confusiones es menester aclarar que el Corporativismo recibe diferentes grados de influencias de las empresas y de los políticos. Al recibir mayor hegemonía de las empresas se podría calificar de Corporativismo Capitalista; al recibir mayor hegemonía de los políticos, de Corporativismo Estatista; y el beneficio compartido, de Corporativismo Simbiótico.
Percibo que en USA hay actualmente un pugilato entre el Capitalismo y el Estatismo, de donde debe resurgir la transformación del Capitalismo. En Venezuela, el Estatismo es el determinante desde la fundación de la República, donde el Orden Social fue concebido por el Orden de las Élites Políticas, quedando la libertad económica de las empresas y la responsabilidad de los ciudadanos bajo la normativa impuesta por los políticos. Percibo muchos conflictos y años por venir para alcanzar, por lo menos, el corporativismo simbiótico.
En USA, compañías aéreas, fabricantes de automóviles, empresas agrarias, medios de comunicación, bancos de inversión, fondos de cobertura y muchos más llevan mucho peso de responsabilidad social para afrontar por sí solas el mercado libre, por lo que han recibido ayudas del Estado en nombre del “bien público”. En Venezuela no existe la ayuda, sino la corrupción confabulada y la protección contra la competencia extranjera. Y las empresas básicas y de servicios públicos deficitarias por ser propiedad del Estado, reciben subsidio de la única empresa generadora de divisas, la petrolera, también propiedad del Estado.
Tendencia General:
Las mayorías de ciudadanos inclinan su opinión por el Corporativismo de Estado al pensar que obtienen mayor beneficio bajo la protección del Estado, sin sopesar el beneficio que obtienen los políticos al aumentar sus atribuciones hasta la regulación económica de las empresas. Al no entender el equilibrio espontáneo de las interacciones entre empresas y ciudadanos, y entre empresas y el Estado, que en la práctica de las interacciones resulta un control automático, obtienen un perjuicio mayor, porque su bienestar o bien común recibe el peso de los costos sociales del corporativismo: empresas disfuncionales que sobreviven pese a su flagrante incapacidad para servir responsablemente a sus clientes; escasez de oportunidades de trabajo atractivo para los jóvenes; servicios estatales deficitarios y de mala calidad al ocuparse de otras funciones que no corresponden a su competencia; y aumento en la concentración de la riqueza en manos de quienes están conectados o amparados por el Estado. Estos, y mucho más costos sociales se desprenden de la corrupción y la burocracia.
Ese mal entendido, o percepción falsa, es la que aprovechan los socialistas y comunistas para denigrar del capitalismo e imponer el Corporativismo Estatista para sacar su propio beneficio. Así como también los corporativistas capitalistas para huir a la competencia y obtener un beneficio mayor al sacar ventaja del Estado.